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Por Carlos Pichuante
La educación chilena atraviesa una crisis profunda que no se resuelve con reformas curriculares ni con el debate estéril entre gratuidad y pago. Su raíz está en el corazón mismo del modelo: se educa para aprobar exámenes, para acumular credenciales, para sostener un sistema que ha convertido el acto de aprender en un trámite burocrático. La escuela dejó de ser un espacio de crecimiento humano para transformarse en una maquinaria que produce certificados, no personas.
En este escenario, la educación se vuelve un elefante blanco: gigantesco, costoso, imposible de mover y profundamente irrelevante. La inversión en nuevas leyes, programas y evaluaciones es monumental, pero no altera el concepto básico. Lo que se ofrece hoy es una educación muerta, incapaz de despertar la creatividad, la empatía, la pertenencia o el sentido de comunidad. La transversalidad de valores,tan repetida en documentos ministeriales no pasa de ser una aspiración; no se encarna en la praxis cotidiana de las aulas.
El problema es que seguimos mirando la educación como marketing académico: rankings, puntajes, acreditaciones y certificaciones. El valor del estudiante y del profesor se mide en números y no en humanidad. No se forma para la vida, ni siquiera para el mundo del trabajo, sino para sobrevivir al próximo examen.
Frente a este agotamiento, vale la pena observar lo que sucede fuera del sistema formal: espacios alternativos, terapéuticos y comunitarios de formación, donde lo académico no es fin en sí mismo, sino un medio para el desarrollo integral. Allí, los profesores no son burócratas del currículum, sino acompañantes en procesos vitales; allí se experimenta con pedagogías que rescatan la dimensión emocional y espiritual del ser humano.
Quizás la verdadera reforma educativa no vendrá desde el Ministerio ni desde un nuevo decreto, sino desde la dinamita de estas experiencias paralelas que, tarde o temprano, interpelarán a una educación fosilizada. Solo reescribiendo el orden de lo que hoy entendemos por escuela será posible romper con la inercia que nos condena a producir credenciales en lugar de personas.
La educación debe volver a ser encuentro, comunidad y transformación; de lo contrario, seguirá siendo un cadáver vestido de reforma.











