escribe Luis Casado
Más de una semana de hospital te deja tiempo para discurrir sobre las miserias humanas, y sobre lo que pudo haber sido y no fue. Tiempo de rememoración de aquellos que por voluntad ajena ya no están y cuya evocación renueva viejos dolores mal cicatrizados y peor apaciguados.
Como de costumbre piensas que tal vez pudiese ser posible reencontrarles, amarles de nuevo, sonreír como cuando todo era futuro en construcción, sensación de ser útil, participación en un sueño colectivo del cual eras partícipe, investido de una misión no por modesta menos generadora de trascendencia.
La razón se interpone, ordena poner los pies en la tierra, niega una y otra vez esos “si”, conjunción introductora de la prótasis de una cláusula condicional: “si pudiera abrazarles un instante…”.
¡No!, resuena en tu mente la fría razón que dice que están muertos y desaparecidos para siempre…
Rodeado de la pesada carga emocional de otros pacientes jugándose el pellejo, sumada a la que intentas negar pero que llevas de contrabando cuando te juegas la existencia en el quirófano, renació en mi memoria una bella melodía acompañada de un canto ignoto, oída tiempo atrás y que seguía vehiculando un mensaje, una esperanza.
El culpable fue Roberto Molina, periodista cubano que unos días antes me había enviado una versión de Журавли (en ruso se lee Yuraslí), o bien Las Grullas, si prefieres el nombre castellano de esas bellas aves.
Como soy buen público, busqué esa canción con visos de himno para todo ser humano que alguna vez fue soviético, y traduje la letra compuesta por el poeta daguestaní Rasul Gamsatov quién tuvo dos fuentes de inspiración:
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Conoció una familia de Daguestán cuyos 7 hijos partieron a la guerra contra los invasores nazis. Ninguno de ellos regresó vivo…
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Más tarde, visitando Japón, supo de una niña japonesa –enferma de leucemia como consecuencia de la radiación provocada por una bomba atómica yanqui– que se propuso hacer mil grullas blancas de papel antes de morir.
De vuelta en la URSS, escribió un poema que llamó la atención del cantante y actor Mark Bernes. El poema está escrito en la lengua materna de Gamsatov, el Abar, y la versión que conocemos es la traducción al ruso que hizo Naym Grebnev, con música de Yan Frenkel.
El poema dice:
“A veces me parece que los soldados que no regresaron de los sangrientos campos de batalla, no cayeron en nuestra tierra… sino que se convirtieron en blancas grullas.
Desde aquellos lejanos tiempos siguen volando y haciéndonos llegar sus voces, y es por eso que a menudo, y con tristeza, nos quedamos en silencio al mirar el cielo.
Vuela por el cielo una cansada bandada, entre la niebla y el fin de la jornada, y en esa bandada hay un hueco que será mi lugar algún día.
Llegará el instante en que, junto a una bandada de grullas, navegaré en esa misma bruma grisácea, llamándoos a volar, desde lo alto del cielo, a todos vosotros que dejé en la tierra.
A veces me parece que los soldados que no regresaron de los sangrientos campos de batalla, no cayeron en nuestra tierra… sino que se convirtieron en blancas grullas.”
La comprensión del texto tuvo el mérito de enviar la razón al carajo y de devolverme a los nuestros. No murieron. Todos se transformaron en grullas y continuan volando por el cielo. ¡Vuela Salvador! ¡Volad todos, Pablo, Carlos, Ariel, Miguel, Pepe, Dagoberto, Arnoldo, Exequiel, Víctor, Michelle, Carolina…!
Gracias a más de 20 millones de soviéticos muertos en combate, el nazismo fue derrotado: triunfó la libertad y los músicos y los poetas se encargaron de proyectar los héroes hacia la inmortalidad.
De ahí me agarré yo, que sigo sufriendo la ausencia de tantos compañeros y compañeras ahora que me acerco al día de comenzar a volar al lado de aquellos que me precedieron en las alturas.
олга валентиновна me ofreció la versión en español de Журавли (en ruso se pronuncia Yuraslí), versión que podrás escuchar yendo a you tube:
También incluyo la versión del cantante Марк Берне́с (Mark Bernes) en ruso:
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