por Saúl Escobar Toledo
Desde la semana pasada, el gobierno de la república ha anunciado “buenas
noticias que muestran la fortaleza de la economía mexicana”. Entre ellas, ha
señalado que la tasa de desempleo alcanzó apenas un 2.5%, “una de las más
bajas del mundo”.
De acuerdo con cifras de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE)
que levanta y publica el INEGI, el dato más reciente es aún menor: en marzo la
tasa de desocupación “abierta” fue de 2.4% de la PEA (Población
Económicamente Activa). Sin embargo, este indicador no es la única variable que
debe tomarse en cuenta para observar la marcha de nuestra economía y la
situación del mercado laboral.
Primero, es necesario aclarar que ese indicador se obtiene tomando en cuenta
aquellas personas que contestaron que no trabajaron ni una hora en la semana,
estaban disponibles para trabajar, y estuvieron buscando un empleo o una
ocupación remunerada. Es decir, la encuesta incluye a las personas que laboran
por cuenta propia, como patrones, o como asalariados.
Con base en esos datos, se puede observar que uno de los problemas
estructurales más graves que vive el país desde hace décadas, es lo que el INEGI
llama la “tasa de informalidad laboral”, es decir los trabajadores que laboran sin
seguridad social y son “laboralmente vulnerables”, ya sea porque laboran por
cuenta propia con medios de producción muy rudimentarios, por ejemplo,
vendedores ambulantes o campesinos en condiciones de subsistencia , pero
también aquellos trabajadores cuyo patrón no reconoce la relación laboral y no los
registra en el IMSS.
El caso es que esa tasa de informalidad en México registró en marzo un índice del 54.8%, lo que quiere decir que más de la mitad de los trabajadores mexicanos laboran en condiciones precarias: si trabajan por cuenta propia, sus ingresos laborales son irregulares y generalmente escasos; y si laboran para un patrón, lo hacen sin contrato escrito o por temporadas y, generalmente, sin ninguna prestación. En ambos casos, carecen de los beneficios del seguro social: su protección por enfermedad general o profesional; accidente de trabajo; maternidad de la trabajadora o de la esposa del trabajador; y pensión por invalidez o jubilación.
En las últimas décadas, el trabajo informal, como se describe más arriba, ha
absorbido a las personas que no encuentran un empleo formal, de tal manera que
la tasa de desempleo abierto puede mantenerse muy baja en la medida en que las
personas encuentran cabida en las ocupaciones y los empleos informales,
generalmente obteniendo un ingreso reducido, para apenas sobrevivir.
Hay otros indicadores que publica la ENOE que también muestran las fallas del
mercado laboral: la subocupación, por ejemplo, que en marzo alcanzó el 6.7% de
la PEA. O las “condiciones críticas de ocupación” que se refiere a las personas
trabajadoras que declararon tener condiciones inadecuadas de empleo por el
tiempo que les exige o por los ingresos que obtienen. En ese mismo mes, este
indicador llegó al 39.6%.
Vistos estos indicadores en su conjunto, puede observarse que la situación del
mercado laboral mexicano no se ubica entre “las mejores del mundo”. Además, el
panorama ha empeorado en el último año incluyendo la tasa de desempleo abierto
que era menor en marzo de 2025. Por su parte la tasa de informalidad laboral
aumentó entre 2025 y 2026, del 54.3% al 54.8%. Y las condiciones críticas lo
hicieron del 38.4 al 39.6% en ese periodo.
Sin duda, sobre todo la segunda mitad de 2025 y lo que va de 2026 han sido
desfavorables, aunque no catastróficos, en materia de empleo. Según datos de la
ENOE, el número de trabajadores asalariados y remunerados entre marzo del año
pasado y marzo del actual aumentó casi nada, apenas en 46 mil personas. El
sector secundario (la industria) perdió más 180 mil puestos de trabajo y, en
especial la manufactura observó una disminución de casi 150 mil. La construcción
por su lado perdió poco más de 76 mil empleos.
Si tomamos en cuenta los datos del IMSS, que, a diferencia de la ENOE, no son
resultado de una encuesta sino de los registros efectuados, en marzo de 2026 en
comparación en comparación a abril del año pasado, hay un déficit de casi 300 mil
empleos menos registrados en el IMSS. En este periodo (marzo de 2025 – marzo
2026), los jóvenes sufrieron especialmente la caída del empleo ya que en ese
periodo se registró una disminución de 4.2% en el número de personas
trabajadoras menores de 25 años ocupadas. Tomando en cuenta los sectores,
aquellos que sufrieron las mayores reducciones fueron la agricultura, ganadería,
silvicultura y pesca con un retroceso anual de 3.2%, y la industria de la
transformación que cayó en 2.1%.
Al mismo tiempo, sin embargo, el salario mínimo volvió a aumentar notablemente
en enero de este año. Por su parte, el salario medio de cotización del IMSS
también lo hizo, aunque mucho más moderadamente, apenas 2,4% anual en
términos reales, es decir, descontando la inflación. Lo anterior, especialmente el
aumento al mínimo dio lugar a que la pobreza laboral en marzo de este año
presentara una disminución a nivel nacional del 33.9 al 30.7% y, aunque sigue
siendo elevada en la población rural, ésta se redujo del 48 al 44.2% mientras que
el área urbana bajó del 29,7 al 26.9%.
El problema es que, a mediano plazo, no es sostenible que siga cayendo la oferta de empleos formales y, simultáneamente, aumenten los salarios como ha sucedido en los últimos meses. El débil incremento del salario medio del IMSS da cuenta del agotamiento de esta situación. Especialmente, porque estas señales contradictorias se ubican en un contexto en el que la economía mexicana no crece, está casi estancada. Y no lo hace porque la inversión fija bruta, la que se traduce en la adquisición de maquinaria y equipo ha caído severamente. Este fenómeno se ha presentado con mayor fuerza en la inversión pública. Para el primer trimestre de 2026 la reducción del gasto público en inversión física era del casi 16%. Y representó como porcentaje del PIB el índice más bajo desde 2008.
Al festejar la cifra de desempleo abierto, el gobierno no sólo desestima otros indicadores oficiales que dibujan, con mayor puntualidad, el comportamiento del empleo. Tampoco parece aceptar que las condiciones están empeorando.
Pareciera ser que el gobierno en realidad quiere convencernos de que “vamos bien” en materia económica, es decir que el esquema de integración a Estados Unidos mediante la inversión extranjera directa y las exportaciones a ese país está dando resultados positivos. Y, por lo tanto, que no es necesario modificarlo. Sin embargo, vale la pena recordar que ese modelo de crecimiento es el que se heredó desde los años noventa. Sus resultados han sido insuficientes en materia de crecimiento, empleo y nivel de vida. Persistir en ese rumbo económico, aún con los aumentos al salario mínimo, es insistir en una ruta equivocada y en un dogmatismo neoliberal.
Para que los aumentos salariales mantengan su ascenso es necesario poner las
bases de un cambio estructural que permita abatir la informalidad laboral,
principalmente mediante la aceleración de la economía y el aumento de la
inversión pública en infraestructura productiva, y servicios sociales (educación,
salud, equipamiento urbano, transporte público). No es viable una ruptura de los
lazos económicos con Estados Unidos. Pero sí lo es llevar a cabo una serie de
modificaciones en la orientación y el monto del gasto público. Se ha creado un
círculo vicioso: austeridad -menor gasto- – menor inversión – estancamiento
económico- menores ofertas de empleos formales. Romper esa espiral mediante
una reasignación de las prioridades del gasto y una mayor recaudación, con una
reforma fiscal que grave las grandes fortunas y los ingresos más elevados y
aligere la carga de los salarios más reducidos, podría ser el inicio de un nuevo
camino de desarrollo.
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