Inicio Análisis y Perspectivas ¡¡¡El que Duda — Paga…!!!

¡¡¡El que Duda — Paga…!!!

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por Franco Machiavelo

En tiempos de definiciones históricas, la duda no es neutral: es funcional. Cuando el conflicto entre clases se agudiza, cuando la disputa por el sentido común se vuelve un campo de batalla, vacilar no es prudencia, es ceder terreno. La historia lo ha demostrado una y otra vez: mientras el pueblo se fragmenta en incertidumbres, la clase dominante avanza con claridad estratégica, disciplina y control de los aparatos de poder.
Hoy no estamos frente a un simple cambio de administración, sino ante un proyecto de restauración. El programa que encarna José Antonio Kast no es una improvisación: es la rearticulación de un bloque de poder que busca recomponer sus privilegios, desmantelar conquistas sociales y reinstalar el orden mediante la coerción y el miedo. No se trata solo de recortes en políticas públicas, sino de una ofensiva más profunda: redefinir qué es legítimo, quién merece derechos y quién debe ser disciplinado.
La correlación de fuerzas no es una abstracción académica; es la medida concreta de quién puede imponer su voluntad. Y hoy, esa correlación se disputa en todos los frentes: en la calle, en las instituciones, en los medios, en la cultura. La clase dominante lo entiende perfectamente: por eso no duda, no titubea, no se fragmenta. Construye hegemonía, instala su narrativa, naturaliza la desigualdad y convierte la represión en “orden”.
Frente a eso, la confusión en el campo popular es un lujo que se paga caro. Porque mientras algunos vacilan entre reformas tímidas o acomodos, el poder real ya está operando para restringir derechos, debilitar la organización social y criminalizar la protesta. La neutralidad, en este contexto, es una ilusión peligrosa: o se está del lado de la transformación, o se termina consolidando el statu quo.
Tener claridad hoy no es dogmatismo, es supervivencia política. Es comprender que los avances sociales nunca han sido concesiones generosas, sino conquistas arrancadas con organización, lucha y conciencia. Es entender que cada derecho retrocede si no hay fuerza que lo defienda. Y es asumir que el poder no se limita a gobernar: también moldea subjetividades, define lo pensable y margina lo disidente.
Por eso, el momento exige algo más que opinión: exige posición. Exige leer la realidad sin ingenuidad, reconocer al adversario sin eufemismos y actuar con coherencia. Y sobre todo, exige organización: en los territorios, en los sindicatos, en las asambleas, en cada espacio donde el pueblo construye fuerza colectiva. Porque en esta disputa no hay espacios vacíos: cada silencio, cada duda prolongada, cada ambigüedad, termina inclinando la balanza.
Y la historia, implacable, cobra ese costo. 

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