por Franco Machiavelo
En la vieja granja, los animales creyeron que al expulsar al granjero iniciarían una nueva era de justicia. Con entusiasmo escribieron consignas sobre igualdad, solidaridad y libertad. Pero, con el paso del tiempo, descubrieron que el problema no era solo el amo que se había ido, sino la lógica de poder que permanecía intacta, disfrazada de buenas intenciones y promesas colectivas.
En la Chile actual ocurre algo parecido. Los discursos oficiales hablan de modernización, participación y bienestar, pero en el fondo la estructura sigue diseñada para que unos pocos administren los recursos de muchos. La élite política —más pulida que los viejos granjeros pero igual de eficiente en conservar privilegios— opera con un doble lenguaje: uno para la ciudadanía y otro para las cocinas del poder, donde se deciden los destinos del país sin transparencia ni control democrático real.
La granja chilena está llena de ejemplos: la concentración económica que define qué se produce y a qué precio; los medios de comunicación que funcionan como altavoces de narrativas cuidadosamente elaboradas; y un sistema político que a veces permite votar, pero rara vez permite decidir. Así, los animales trabajadores se ven atrapados en un ciclo donde cada elección parece distinta, pero la granja continúa funcionando bajo las mismas reglas.
La moraleja es clara y amarga: la emancipación no basta con cambiar de administrador. Mientras la comunidad no recupere la capacidad de cuestionar, organizarse y vigilar el poder—mientras no rompa la ilusión del discurso único y la obediencia automática—los nuevos líderes repetirán la historia. La igualdad prometida se transforma en un mantra vacío, y la granja sigue siendo un proyecto controlado desde arriba, donde las reglas se ajustan al gusto de quienes ocupan el establo central.
La verdadera transformación exige algo profundo: que los animales de la granja —los trabajadores, los estudiantes, las comunidades, los pueblos originarios, todos quienes realmente sostienen el país— se reconozcan como sujetos políticos capaces de reescribir las reglas, no solo de obedecerlas. Porque si no, la granja podrá cambiar de nombre, de bandera o de administrador, pero su destino será siempre el mismo: un lugar donde unos pocos caminan erguidos mientras el resto sostiene el peso del día.











