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Los pobres votan por la derecha porque la centroizquierda se rindió

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por Franco Machiavelo

En América Latina y particularmente en Chile, el ascenso de la ultraderecha no es un accidente ni un fenómeno inexplicable. Es el resultado directo de décadas de traición política, capitulación ideológica y abandono por parte de una centroizquierda que renunció a transformar el sistema y se conformó con gestionarlo. Hoy, vemos a sectores populares votando por opciones autoritarias, punitivistas y ultraconservadoras no porque hayan sido “engañados”, sino porque ya no encuentran en la izquierda institucional ni fuerza, ni convicción, ni diferencia real.
 
Tras la dictadura, la llamada “transición democrática” chilena no desmontó el modelo neoliberal: lo consolidó. La Concertación —que alguna vez prometió justicia social y reparación histórica— se convirtió en una administradora del legado de Pinochet, privatizando derechos, entregando territorios al extractivismo y defendiendo un Estado subsidiario con discursos progresistas. En nombre de la gobernabilidad, se reprimió la movilización social, se despolitizó a la población y se criminalizó cualquier alternativa que pusiera en cuestión el orden establecido.
 
Esa rendición ideológica dejó un vacío. Y la ultraderecha lo llenó.
 
Mientras la centroizquierda hablaba de inclusión, pero firmaba tratados de libre comercio que empobrecían a las mayorías; mientras celebraba la democracia, pero mantenía una Constitución hecha bajo dictadura; mientras se decía feminista, indígena, verde y moderna, pero gobernaba como tecnócrata de los bancos y las mineras, la ultraderecha se preparaba para hablarle al pueblo desde el resentimiento, la rabia y el miedo.
 
Lo logró. No con propuestas, sino con enemigos: el “delincuente”, el “okupa”, el “mapuche violento”, el “inmigrante ilegal”, el “comunista”. En una sociedad fragmentada, precarizada y saturada de frustración, esa narrativa cala profundo. Más aún cuando quienes debieran ofrecer una alternativa clara —una izquierda popular, transformadora y valiente— están cooptados por la lógica del mercado, el cálculo electoral y la tibieza.
 
Los pobres votan por la derecha no porque ignoren sus intereses, sino porque ven que nadie más los representa con fuerza, coraje ni verdad. La política institucional se convirtió en un juego de élites, y en ese terreno la ultraderecha tiene las de ganar: ofrece orden donde hay caos, castigo donde hay impunidad, y pertenencia donde la izquierda se volvió distante y moralista.
 
Lo más grave no es que la ultraderecha avance. Lo más grave es que lo hace con el permiso, la complicidad o la cobardía de quienes debieron haberla enfrentado desde el primer día.
 
Si la centroizquierda sigue siendo una sombra útil del poder económico, si no se reconstruye una verdadera alternativa de clase, de pueblo y de dignidad, entonces el fascismo no solo avanzará: se normalizará, se legitimará y se vestirá de democracia.
 
Y ya no bastará con lamentarse por el voto de los pobres. Habrá que asumir que fueron empujados al abismo por los que decían estar de su lado… y nunca lo estuvieron.

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