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Estado de excepción mediático

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Resumen.cl  14 mar 2026

Para el autor de esta columna, «el periodismo de los medios masivos termina volviéndose una de las piezas clave de la cultura mística, reaccionaria y anti-científica a partir de la cual germinan y se propagan las noticias falsas, compuestas de rumores y prejuicios».

Por Danilo Billiard B. | Licenciado en Comunicación Social y magíster en Comunicación Política

En memoria de Manuel Cabieses.

Aunque son varias las hipótesis que maneja la PDI sobre el ataque contra el exconvencional Rodrigo Rojas Vade la madrugada del lunes 12 de marzo, solo una de ellas ha suscitado la especial atención de algunos medios de prensa. Nos referimos a la posibilidad de un autoatentado. La hipótesis se ha viralizado creando un clima de opinión pública al respecto (como ocurre en tantos otros casos) que tensiona todo el proceso investigativo, alimentándolo con sesgos que finalmente entorpecen la búsqueda de la verdad. 

La hipótesis en cuestión supone varias cosas cuya coherencia habría que verificar. Esa es la labor que le compete al periodismo, labor a la que peligrosamente algunos profesionales de esta disciplina han renunciado por privilegiar los golpes noticiosos con toda su estela de sensacionalismo.

  1. En primer lugar, un autoatentado implica que Rojas Vade quedó en riesgo vital bajo su propio consentimiento, salvo que en realidad no se encuentre en riesgo vital, por lo que el personal de salud que lo atiende está mintiendo. Descartada esa deriva, habría que indagar en la forma en que se concretó el autoatentado. 
  2. De tratarse efectivamente de un autoatentado, habría al menos dos posibilidades: la primera es que Rojas Vade se confabuló con terceros y les solicitó golpearlo hasta dejarlo en riesgo vital. 
  3. La segunda posibilidad es que Rojas Vade se golpeó él mismo, sin embargo, fue encontrado con amarras en sus manos. En ese caso, tendríamos que preguntarnos cómo se golpeó estando con las manos amarradas, o bien cómo se amarró las manos tras quedar inconsciente.

Parece un relato de ciencia ficción el que ha construido el sector de la prensa aludido a partir de esta hipótesis, en la medida que la ciencia ficción significa que algo es posible sin que necesariamente sea verificable. Sobre esta base estaría modificándose radicalmente todo el estatuto ético que sostiene al periodismo desde hace siglos, transitando desde la investigación de los hechos acontecidos (qué sucedió, quién está implicado, cuándo sucedió, dónde sucedió, cómo sucedió y por qué sucedió), a la construcción de la noticia a través de supuestos y especulaciones. 

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Esta manera de proceder ante sucesos de tal magnitud formaría parte de un verdadero estado de excepción mediático que atenta de facto contra el debido proceso.  Tras difundirse masivamente los hallazgos que apenas dan indicios de que podría tratarse efectivamente de un autoatentado, la hipótesis pasó a funcionar como un veredicto social. Y aunque la verdad jurídica diga otra cosa con el pasar del tiempo, Rojas Vade seguirá siendo un chivo expiatorio para nuestro país.

Se trata solo de un ejemplo, pero más casos como este existen en Chile.  La diferencia es que, en esta ocasión, el sector de la prensa especialmente interesado en la difusión de la hipótesis descrita no ha disimulado. Coincide esta actitud con el momento político por el que atraviesa nuestro país, con un gobierno de extrema derecha que ya ha anunciado su disposición a entregar indultos a los agentes condenados por su responsabilidad en las violaciones a los derechos humanos cometidas durante el estallido social. 

En ese sentido, la noción de un periodismo cortesano (como la formulada por el Profesor Eduardo Santa Cruz) parece ir adquiriendo cada vez más protagonismo en la configuración de un espacio público mediatizado. Pero los medios de comunicación masiva no solo estarían actuando de forma servil a tal o cual gobierno de turno. Más bien son responsables políticos del desenlace que ha tenido la coyuntura reciente porque operan como un poder factual. 

Diría que uno de los rasgos de ese periodismo cortesano es justamente su afinidad con la “cultura de derecha” compuesta de clichés, estereotipos y consignas que convierten el espacio público en un ámbito de propaganda y mistificación que se alimenta de las teorías conspirativas, empobreciendo el lenguaje común. 

La hipótesis sobre el autoatentado es eso y no otra cosa, pues lo que está en juego no es verificar un supuesto, sino instalar una creencia compartida que refuerza la división de la sociedad entre buenos y malos, entre amigos y enemigos. Si en realidad Rojas Vade fue capaz de agredirse hasta quedar inconsciente, debería causarnos compasión su comportamiento, la misma compasión que el gobierno actual nos pide con los violadores de derechos humanos que están cumpliendo condena en la cárcel de Punta Peuco.

En esos términos, el periodismo de los medios masivos termina volviéndose una de las piezas clave de la cultura mística, reaccionaria y anti-científica a partir de la cual germinan y se propagan las noticias falsas, compuestas de rumores y prejuicios al igual que las noticias -no diré verdaderas- tradicionales. En efecto, las noticias falsas serían solo noticias no tradicionales. 

Pero hay más hipótesis, y una de ellas es el ataque de odio con motivaciones políticas. Hace muchos años (años que parecen seguir vigentes), el dictador Augusto Pinochet sugirió que Rodrigo Rojas de Negri y Carmen Gloria Quintana, quemados vivos por una patrulla del Ejército, serían cómplices de un autoatentado. Pinochet dijo “no se sabe nada”, y después difundió su retorcida hipótesis que esa misma prensa no tardó en difundir. 

Afortunadamente durante la dictadura existían una diversidad de medios comprometidos con la búsqueda de la verdad, entre ellos la propia revista Punto Final dirigida por el periodista recientemente fallecido, Manuel Cabieses. El lema de este medio fue “la revista que ayuda a pensar”, lo que hoy tanta falta nos hace. 

Es paradójico que en más de 30 años de vida democrática gran parte de esos medios, uno por uno, fueron desapareciendo, con la magra consecuencia de que el pluralismo informativo se ha transformado en un triste recuerdo, a veces echado al olvido como la verdad que alguna vez fue lo más importante para el periodismo. 

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