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«Cuando la gente tiene las respuestas, el sistema cambia las preguntas»

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por Franco Machiavelo

No vivimos simplemente en una época de crisis, sino en un sistema que ha hecho de la crisis su forma de reproducción. El capitalismo neoliberal no domina solo por la fuerza o la propaganda: domina porque reorganiza el pensamiento. Su mayor triunfo es que los explotados no solo producen mercancías, sino que muchas veces reproducen el propio orden que los oprime, incluso en su forma de pensar, sentir y hablar.

En su lógica de dominio total, este sistema no solo determina cómo se produce la riqueza, sino también cómo se produce el sentido. Penetra las relaciones humanas, transforma el lenguaje, modela las emociones, redefine lo posible. Nada escapa a su capacidad de mercantilización: el amor se convierte en algoritmo, la amistad en red de contactos, la creatividad en contenido vendible. El sujeto, reducido a una marca personal, compite con otros en una guerra silenciosa por sobrevivir en el mercado de la existencia.

Sin embargo, los pueblos aprenden. Las masas, en su experiencia concreta de opresión, empiezan a comprender. Intuyen que la pobreza no es casual, que la deuda no es un error, que el sufrimiento no es culpa individual. Reconocen, desde abajo, que el sistema necesita producir miseria para sostener sus ganancias, necesita precariedad para multiplicar su control. Y entonces, cuando la gente comienza a tener las respuestas, el sistema cambia las preguntas.

Ese es su método más sofisticado: confundir. Desviar la atención desde las causas estructurales hacia culpables individuales o soluciones superficiales. Si las personas comienzan a entender que el problema es la acumulación en pocas manos, se introduce el discurso del “esfuerzo personal”. Si se desenmascara la violencia de clase, se responde con campañas de “tolerancia”. Si se identifica la raíz histórica de la dominación, se promueve el olvido bajo el disfraz de reconciliación.

Este sistema no corrige sus contradicciones: las disfraza. No resuelve los conflictos: los despolitiza. No enfrenta las demandas: las neutraliza en el lenguaje de la gestión. Cada vez que la conciencia social comienza a madurar, aparecen nuevas modas ideológicas, nuevos eslóganes, nuevas pantallas que ocultan las verdaderas relaciones de poder.

Pero los procesos sociales no son estáticos. En cada choque entre lo que se vive y lo que se promete, brota una tensión. En cada crisis, la realidad desmiente al discurso oficial. Y en ese choque, en esa contradicción entre apariencia y esencia, las verdades pueden emerger de nuevo, más claras, más colectivas, más radicales. Porque la historia no avanza por consenso ni por pactos: avanza por el conflicto entre los que tienen el poder y los que ya no aceptan seguir siendo dominados.

Por eso, en este tiempo de confusión programada, resistir no es solo marchar ni opinar: es pensar desde la raíz. Es volver a hacer las preguntas verdaderas, aquellas que revelan las causas y no solo los síntomas. ¿Quién trabaja y quién se enriquece? ¿Quién decide y quién obedece? ¿Qué es lo humano más allá del capital?

Porque cuando la gente tiene las respuestas, el sistema cambiará las preguntas. Pero si insistimos en interrogar al mundo desde su contradicción más profunda —la entre el capital y la vida—, entonces ni el espectáculo, ni el miedo, ni la mentira podrán detener lo que se está gestando: una conciencia que ya no se deja desviar. Una respuesta que se convierte en fuerza histórica.

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