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Bolivia en el umbral: La descomposición del MAS y el espejo anticipado para Chile

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por Fernando López MacKenzie

La escena política boliviana se encuentra hoy sumida en una crisis múltiple —económica, política y social— que expresa, en forma particularmente aguda, el agotamiento histórico del reformismo en América Latina. El colapso del Movimiento al Socialismo (MAS), fuerza hegemónica durante dos décadas, es mucho más que el ocaso de un ciclo político nacional: se trata de un fenómeno de alcance continental que debe ser comprendido no como accidente, sino como producto inevitable del intento de conciliar el capitalismo dependiente con las aspiraciones históricas de las masas explotadas.

La evolución de Bolivia bajo el MAS ofrece una advertencia crucial para Chile: el agotamiento de los proyectos reformistas no genera espontáneamente un ascenso de la izquierda revolucionaria, sino que puede —y suele— abrir el camino al retorno de la reacción, cuando no se construye a tiempo una alternativa independiente de clase.

El agotamiento histórico del reformismo

El MAS boliviano nació del fuego revolucionario de las guerras del gas y del agua, pero, al no tener como norte la destrucción del Estado burgués, canalizó la energía insurreccional de las masas hacia un programa de conciliación de clases y colaboración con el imperialismo. Bajo el liderazgo de Evo Morales y el barniz académico de Álvaro García Linera —quien defendía una etapa de desarrollo capitalista previa al socialismo— el MAS abrazó un farsesco “capitalismo andino-amazónico” que nunca logró desarrollarse.

A lo largo de 20 años, el MAS no hizo sino administrar el subdesarrollo estructural del país, sosteniéndose durante un tiempo gracias al ciclo alcista de las commodities, principalmente por la demanda china de materias primas. Pero esa bonanza terminó en 2014, y con ella se evaporaron también las bases materiales del reformismo. Desde entonces, el MAS ha vivido de préstamos, subsidios y falsas ilusiones como el litio, que ahora también fracasa como tabla de salvación.

El resultado es el colapso económico y político actual: una deuda creciente, una escasez aguda de divisas y combustibles, una minería descompuesta bajo el dominio de mafias y un agrocapitalismo depredador, impulsado por subsidios estatales que no revierten en dólares, sino en concentración de tierras y deforestación. El litio, presentado como maná salvador, se convierte en nuevo vehículo del imperialismo —esta vez chino y ruso— mediante contratos que consagran el saqueo financiado por deuda.

La anticipación para Chile: el espejo invertido

Si Bolivia representa hoy el ejemplo de la descomposición de un reformismo largo, Chile ofrece su imagen invertida: la parálisis de un reformismo prematuro, incluso antes de consolidarse. El gobierno de Gabriel Boric, nacido como expresión amortiguada del proceso insurreccional de Octubre de 2019, renunció desde el primer momento a romper con la institucionalidad heredada de la dictadura.

La estrategia del Frente Amplio y el Partido Comunista fue clara: canalizar la revuelta hacia una “nueva normalidad” constitucional, buscando un pacto con la derecha y el gran empresariado. La Convención Constitucional naufragó en dos ocasiones precisamente porque su arquitectura política fue subordinada a los tiempos del capital, no a las urgencias del pueblo. De esta forma, como en Bolivia, el proceso revolucionario fue abortado en nombre de la “gobernabilidad” y de la etapa democrática.

La consecuencia de este fracaso, como en Bolivia, no es la estabilización del reformismo, sino el ascenso de la reacción. La derecha chilena, que estaba desacreditada tras la revuelta de 2019, ha recuperado terreno político gracias al desgaste del gobierno y la frustración de las expectativas populares. Al igual que en Bolivia después del MAS, la oposición burguesa se reorganiza sin haber cambiado un ápice de su programa: ajuste, privatización, represión.

La diferencia está en el momento histórico: mientras Bolivia experimenta ahora el agotamiento de dos décadas de progresismoChile se encamina hacia una posible restauración reaccionaria sin haber pasado siquiera por un ciclo progresista consolidado. El estallido social se diluyó en la bruma del Acuerdo por la Paz, y la izquierda reformista se convirtió en garante del orden heredado.

El problema estratégico: la ausencia de una dirección revolucionaria

En ambos países, la clave de la crisis reside en la ausencia de una organización revolucionaria con programa, táctica y estrategia de clase. Ni en Bolivia ni en Chile ha existido una fuerza que transforme la energía de las masas en poder político revolucionario, que proponga la expropiación de los capitalistas, el control obrero de la economía, y la construcción de un nuevo poder basado en órganos de democracia directa.

El proletariado boliviano, con su larga historia de lucha —encarnada en la COB, el POR, la Tesis de Pulacayo y la Asamblea Popular del ’71— se encuentra hoy desorganizado, con su central sindical capturada por burócratas. La clase trabajadora chilena, por su parte, ha demostrado una impresionante capacidad de movilización, pero carece aún de una estructura política de independencia de clase.

El tiempo corre, y la historia no ofrece repeticiones exactas. Pero la lógica del capital es mundial, y la crisis orgánica del capitalismo no perdona a los países que no se preparan para la guerra de clases. Mientras las masas sufran, y sus direcciones vacilen o traicionen, la derecha encontrará oportunidades para volver, disfrazada de orden y eficiencia.

¿Qué camino tomar?

La lección boliviana es clara: no hay desarrollo nacional, ni “austeridad progresista”, ni salida ecológica dentro del capitalismo dependiente. El reformismo no es solo insuficiente: en contextos de crisis mundial, se vuelve reaccionario. La única alternativa real es la construcción de una fuerza revolucionaria internacionalista, enraizada en la clase trabajadora, capaz de levantar el programa de la revolución socialista.

Chile tiene una oportunidad que Bolivia no tuvo: actuar antes del colapso total, aprender en cabeza ajena, prepararse para el momento decisivo. Si la historia tiene alguna pedagogía, es que los pueblos no se salvan con pactos, sino con poder.

 

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