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2da vuelta electoral: Colombia decide entre la guerra y la paz

2da vuelta electoral: Colombia decide entre la guerra y la paz

Segunda vuelta electoral: Colombia decide entre la guerra y la paz

María Fernanda Barreto

Ya iniciada la segunda vuelta electoral en los consulados de Colombia, y a pocos días de la jornada final en el país, la política colombiana está inmersa en el dinamismo de una contienda que, como hace muchos años no lo hacía, tiene partida en dos a la escena política nacional e internacional.

La tradicional repartija de la presidencia de la República de Colombia entre las familias del partido conservador y el liberal que se prolongó más allá del Frente Nacional, fue rota solo entrado el siglo XXI por el disidente del Partido Liberal, Álvaro Uribe Vélez, quien ocupó el poder para beneficio del narcotráfico y el paramilitarismo.

El uribismo logró encontrar el equilibrio necesario para ser funcional al establecimiento colombiano, a la vez que fortalecía el poder del narcotráfico en la política y la economía, mientras daba más poder a las fuerzas militares y paramilitares, batiendo récords históricos en violación de los derechos humanos de la población, y fomentando el negocio de la guerra para consolidar la entrega de las riquezas del país a los intereses transnacionales.

Desde entonces y hasta ahora, Uribe ha alimentado una doctrina política de derecha que se ha convertido en un fenómeno electoral y, ahora, levanta de la nada a Iván Duque para llevarlo a la Presidencia de la República.
Del otro lado, Gustavo Petro es el primer candidato con posibilidades reales de ganar que no proviene de los partidos tradicionales, ni de las familias que han heredado el poder político en Colombia durante más de un siglo, pero que tampoco emerge de las filas de los poderes fácticos que dominan Colombia, como el narcotráfico, y que, sin embargo, llega vivo a las elecciones.

Durante la presidencia de Uribe, el entonces senador Gustavo Petro fue uno de los más activos denunciantes de las vinculaciones de su gobierno con el paramilitarismo y el narcotráfico, por lo que la relación entre Petro y el uribismo es una enemistad de vieja data.

La guerra o la paz: dos proyectos en pugna

A pesar de las diferencias radicales entre las propuestas de Iván Duque y las de Gustavo Petro, estas divergencias programáticas no pueden calificarse como verdaderas contradicciones ideológicas. Sin embargo, son suficientes para hablar de dos proyectos históricos diferentes, definidos por la dicotomía entre la búsqueda de la paz o la perpetuación de la guerra.

Aunque una nueva etapa de uribismo sin Uribe comienza a hacerse cada vez más evidente. El ex presidente colombiano aún no cesa de intervenir en la campaña y tutorear a su delfín, Iván Duque. Como bien lo sintetiza Vladdo: “Uribe es Uribe y Duque también”.

Uribe marca la pauta electoral colombiana desde 2002, y ahora trata de reducir la campaña a las mismas tácticas que usó para ganar en el Plebiscito por la Paz, llevando a su mínima expresión el debate, limitando la campaña a una serie de calificativos e indicadores de vinculaciones al “terrorismo” o al “castrochavismo” y demás caricaturas sostenidas en su doctrina de seguridad democrática.

Objetivamente, hay que asumir que la guerra no finalizaría con la eventual llegada de Petro a la presidencia, porque hay poderes fácticos que garantizan su continuidad, pues de ella se lucran y dependen. Pero el cumplimiento de los acuerdos con las FARC, la continuidad del diálogo con el ELN (que es ahora la más grande organización guerrillera de Colombia y la más antigua de América Latina), la ruptura con el poder político que ha obtenido el narcotráfico a partir de 2002, así como una serie de medidas económicas y políticas para aumentar la inclusión, garantizar el respeto a los derechos humanos y proteger el ecosistema, significarían grandes avances para Colombia.

Para un país que tiene más de un siglo sumergido en la más terrible violencia interna, esta diferencia es fundamental. Pero, además, el hecho de que se pueda producir un viraje en un país que se ha convertido en la principal base militar estadounidense de América del Sur, el mayor exportador de cocaína y de organizaciones paramilitares y mercenarios, hacia sus países vecinos y el resto del mundo, le da relevancia geopolítica a lo que este domingo finalmente acontezca.

Segunda vuelta, negociaciones y alianzas

Tal como se dijo en un artículo anterior, el principio del balotaje electoral es la imposición de la negociación para que nada cambie a pesar de cualquier resultado electoral, para minimizar así la posibilidad de que acceda a la Presidencia una fuerza que rompa con la política hegemónica. Concluida ya la ronda de negociaciones para esta última vuelta electoral en Colombia, eso queda evidenciado.

En la recta final de estas elecciones, luego de las negociaciones pertinentes, los apoyos se repartieron. La izquierda y las fuerzas progresistas (algunas incluso vinculadas a partidos tradicionales como sectores de base del Partido Liberal) se han sumado desde sus bases a la campaña de Petro, en la que se resume un frente anti-uribista en defensa de la paz.

Con Gustavo Petro se resteó el Polo Democrático Alternativo, y aunque el Partido Alianza Verde dio libertad a su militancia para elegir entre el voto en blanco y Petro, sus dos figuras principales Antanas Mockus y Claudia López (quien fuera la fórmula presidencial de Sergio Fajardo) dieron su apoyo público en días recientes, lo que podría garantizar el triunfo de Petro en Bogotá, y en general implica que buena parte de los votos de Fajardo seguirán a Petro. Como consecuencia de esas negociaciones con Mockus, Petro presentó 12 acuerdos escritos en piedra. En el primero de ellos renunció a convocar a una asamblea constituyente.

Por su parte, con Iván Duque cerró filas todo el establecimiento. Partido Conservador, Partido Liberal, Centro Democrático, Cambio Radical y Partido Mira. Y hasta el famoso sicario de Pablo Escobar, conocido como Popeye. Alianzas de maquinarias muy fuertes que aumentan ciertamente la posibilidad de un triunfo de la opción uribista.

Por último, cabe mencionar a quienes optaron por la condena bíblica de ser vomitados por dios. Los tibios, Sergio Fajardo, Jorge Robledo, Humberto de la Calle y Ernesto Samper. Los dos últimos han tenido declaraciones ambiguas en las que parecieran inclinarse por las propuestas de Petro, pero no quisieron definir su voto públicamente. Los dos primeros llamaron al voto en blanco, que finalmente favorece al uribismo.

El peso geopolítico de estas elecciones

Santos se despide atando los compromisos del Estado colombiano con el capitalismo y sus aparatos militares. Anuncia la firma de sendos compromisos con la OCDE y la OTAN a pocas horas de la primera vuelta, y en plena campaña por la segunda vuelta, los firma.

Tranquiliza, así, a los poderes fácticos vinculados a la guerra y al despojo de Colombia, pero también a los países derechistas de la región que se reúnen en el Grupo de Lima. Se lleva las glorias relativas de la entrega de la soberanía nacional del país que debería defender, ata al gobierno que le suceda a sus planes y garantiza que, aunque Petro ganara la Presidencia, estos organismos multilaterales reforzarán la resistencia de un sistema que se niega a ceder y que ha conducido a Colombia a la debacle social y política en la que se encuentra.

Como siempre, el pueblo colombiano será la primera víctima. Pero también, con estas nuevas adscripciones, Santos compromete la estabilidad y la paz de toda nuestra América.

La continuidad del uribismo en el poder involucraría a todo el Estado colombiano en ese nuevo atentado contra la región que, sin duda, iniciaría con aumentar la injerencia en Venezuela para derrotar al Gobierno Bolivariano, pero que muy probablemente también fortalecería la arremetida contra Nicaragua y todos los países latinoamericanos que se han constituido en proyectos alternativos desde el sur.

Un gobierno de Petro, en cambio, podría significar una fisura dentro del Estado colombiano con ese proyecto. Desde figuras preponderantes del mundo intelectual se han dado pronunciamientos muy importantes en torno a las elecciones en Colombia. Desde el progresismo mundial hasta la izquierda, han decidido cerrar filas en torno a Petro. Intelectuales como Slavoj Zizek y Antonio Negri le han manifestado públicamente su apoyo, del mismo modo que lo hiciera Atilio Borón. También lo hizo el Premio Nobel de Literatura sudafricano John Maxwell Coetzee, mientras que el derechista Vargas Llosa lo hizo a favor de Iván Duque.

El sistema político colombiano se ha blindado durante décadas, cerrando los caminos democráticos a cualquier forma de disidencia o rebelión. Pero si, superando la maquinaria del uribismo, la guerra mediática y la trampa del sistema electoral, esa generación que ha recuperado su voluntad de poder lleva a Gustavo Petro a la presidencia del país, su principal reto será gobernar con un Congreso mayoritariamente opositor y contra los poderes fácticos nacionales y transnacionales que dominan Colombia.

En ese esfuerzo titánico deberá contar con el concurso de todas las fuerzas populares para gobernar. Se encontrará ante varias encrucijadas para elegir sus alianzas internas, pero también las internacionales. Las mismas fuerzas que hoy se suman a su campaña dentro y fuera del país deberán seguir presionando para que tome las decisiones correctas que conduzcan a la construcción de la paz y la recuperación de la soberanía perdida.

Parte importante del destino inmediato de América se define esta semana en las elecciones presidenciales de Colombia. Un triunfo de Iván Duque constituiría un retroceso a la Colombia de los falsos positivos y las invasiones internacionales para las que, según declaró Álvaro Uribe, “le faltó tiempo”. Habrá que confiar en que esa generación que recuperó su voluntad de poder, salga a votar contra Duque el próximo domingo y defienda su voto. Pero, sobre todo, que mantenga su capacidad de lucha para las batallas que vendrán en Colombia, con Petro o sin él.

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