por Franco Machiavelo
La dominación no se sostiene solo con policías, jueces o ejércitos. Se reproduce, sobre todo, en la cabeza de los dominados. Allí donde el sentido común es fabricado, donde las palabras son vaciadas y vueltas a llenar con intereses ajenos, la clase dominante despliega su arma más eficaz: el mito. No gobierna únicamente quien controla la economía, sino quien define qué es “natural”, qué es “normal” y qué es “posible”.
La derecha no convence: adiestra. No argumenta: simplifica. Su proyecto cultural consiste en convertir relaciones históricas de explotación en verdades eternas, y en desplazar el conflicto real —la lucha de clases— hacia falsos enemigos, miedos morales y guerras simbólicas.
El negacionismo del cambio climático no es ignorancia: es estrategia. Negar la catástrofe ambiental permite proteger al capital extractivo, absolver a las corporaciones y culpar al individuo. Se reemplaza la responsabilidad estructural por la culpa personal, mientras el planeta se convierte en mercancía agotable. La naturaleza, como el trabajo, es presentada como un recurso infinito al servicio del lucro.
El mito contra el aborto no gira en torno a la vida, sino al control. Control de los cuerpos, especialmente de los cuerpos pobres. Moral selectiva que santifica al feto y abandona al niño nacido; que condena la decisión individual mientras naturaliza la miseria estructural. Aquí la biología se usa como coartada para una política de disciplinamiento social.
La ofensiva contra la diversidad sexual cumple una función similar: producir desviación para reafirmar una norma. Al inventar amenazas culturales, se refuerza una identidad rígida que oculta la explotación material. El odio funciona como cortina: divide a quienes comparten la misma precariedad, pero a quienes se les enseña a verse como enemigos.
Los montajes, las fake news y la fabricación del enemigo interno no son excesos: son método. La verdad deja de ser correspondencia con los hechos y pasa a ser lo que sirve al poder. La mentira repetida, amplificada y emocionalmente cargada se vuelve sentido común. No importa que sea falsa; importa que ordene la percepción.
La llamada “clase media” es otro gran espejismo. Un significante vacío destinado a negar la existencia de clases antagónicas. Se invita al trabajador a imaginarse empresario en potencia, a identificarse con quien lo explota, a temer caer antes que a organizarse para subir colectivamente. Así, el conflicto se borra y la desigualdad se vuelve paisaje.
La meritocracia es la teología secular del capital. Promete que el éxito es fruto del esfuerzo individual y que el fracaso es culpa personal. Invisibiliza herencias, privilegios y estructuras, y transforma la injusticia en destino merecido. Es la moral perfecta para un sistema desigual: culpa a la víctima y absuelve al beneficiario.
Las sectas evangélicas funcionales al poder cierran el círculo. Ofrecen salvación individual donde hay abandono social, consuelo espiritual donde hay explotación material. Desplazan la esperanza del aquí y ahora al más allá, neutralizando la acción colectiva. No cuestionan la injusticia: la justifican como prueba, castigo o voluntad divina.
Todos estos mitos cumplen la misma tarea: confundir, fragmentar y gobernar. No buscan convencer a mentes críticas, sino colonizar conciencias vulnerables, moldeadas por la precariedad y el miedo. La guerra cultural no es un debate de ideas: es una lucha por el control del significado.
Cuando los mitos se caen, el poder tiembla. Porque sin relatos que oculten la explotación, sin fantasías que reemplacen la realidad, la lucha de clases vuelve al centro, donde siempre estuvo. Y ahí, la derecha no tiene nada verdadero que ofrecer.










