Inicio Análisis y Perspectivas LA LEY DEL SOPLONAJE – RECETA DE LA DICTADURA DE PINOCHET

LA LEY DEL SOPLONAJE – RECETA DE LA DICTADURA DE PINOCHET

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por Franco Machiavelo
 
Hay una vieja fórmula que nunca se escribe en los manuales oficiales del poder, pero se practica con una constancia casi quirúrgica: dividir, vigilar y hacer que el vecino observe al vecino como si la vida en común fuera un tribunal permanente. No es un accidente histórico, es una tecnología política que reaparece cada vez que ciertos sectores sueñan con una sociedad ordenada no por justicia, sino por obediencia.

La lógica es simple y, precisamente por eso, peligrosa: convertir la desconfianza en norma social. Donde antes había comunidad, se instala sospecha. Donde había solidaridad, se instala cálculo. Y donde había organización popular, se instala el miedo a hablar.

En ese modelo, el “soplón” no es una figura marginal, sino una pieza central. Se premia la delación como virtud cívica, como si informar sobre el otro fuera un acto de patriotismo y no una erosión profunda del tejido social. Se normaliza la idea de que trabajadores vigilen trabajadores, estudiantes vigilen estudiantes, vecinos vigilen vecinos. Incluso se intenta que los niños crezcan entendiendo que la lealtad no es hacia la comunidad, sino hacia quien castiga más rápido.

Cuando una sociedad comienza a ser empujada hacia ese punto —cuando se vuelve deseable que todos vigilen a todos— no estamos frente a una simple política de seguridad ni a un exceso administrativo. Es una advertencia histórica brutal: es el síntoma clásico de un desplazamiento acelerado hacia formas de fascismo social, donde el control ya no se ejerce solo desde arriba, sino que se delega horizontalmente para contaminar cada relación humana.
El resultado es una sociedad fragmentada, donde la política deja de ser un espacio de disputa de ideas y se transforma en una administración del silencio. El miedo reemplaza al debate. La autocensura reemplaza a la organización. Y la obediencia reemplaza a la conciencia crítica.

Este tipo de arquitectura social no es nueva. Ha sido probada en distintos momentos históricos bajo distintas banderas, siempre con el mismo objetivo: neutralizar cualquier forma de disenso antes de que se convierta en fuerza colectiva. No importa el nombre que se le dé; el mecanismo es reconocible: vigilancia extendida, sospecha permanente y castigo ejemplar.

En ese clima, los primeros en ser señalados no son los extremos violentos que el discurso oficial dice temer, sino los que cuestionan, los que organizan, los que no se adaptan. Primero vienen los incómodos, luego los críticos, después los que no se arrodillan. La frontera entre “seguridad” y persecución se vuelve cada vez más borrosa, hasta desaparecer.

Y lo más inquietante es que este tipo de racionalidad no necesita masas fanatizadas: le basta con individuos aislados que crean que informar sobre el otro es un acto de orden. Es una política que no solo gobierna cuerpos, sino que intenta reconfigurar la conciencia misma, enseñando que la desconfianza es prudencia y que el silencio es supervivencia.

La historia ya ha mostrado a dónde conduce ese camino: sociedades donde el miedo se vuelve estructura, y donde la vigilancia deja de ser una excepción para transformarse en cultura. Allí, la libertad no se prohíbe de inmediato; primero se vuelve sospechosa. 
 
 
 

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