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Setenta y uno de edad, 50 de internacionalista

Setenta y uno de edad, 50 de internacionalista

Setenta y uno de edad, 50 de internacionalista. Notas para un retrato

Por Pepe Gutiérrez-Alvarez

Pepe Rubianes decía que sí no hablaba de él se aburría, yo no puedo decir lo mismo, me encanta escuchar. Habría sido un buen confesor. Sin embargo lo personal agobia cuando creces bajo el estigma de la subestimación, cuando tienes que aprender a quererte sin pasarte, a ser posible con el mismo trazo irónico que caracterizaba al Pepe citado. Desde semejante punto de partida, sin más estudios que los primario, tienes que romper muchas cosas para no repetir la maldición de ser un derrotado como papá que perdió la guerra a pesar de tener que hacerla con los vencedores. Rupturas con la hipocresía religiosa, dándote de ostias con un “bullying” de tipo fascista, emigrando con la ilusión de nacer de nuevo, optando por los clandestinos.

Una dinámica que va del anarquismo mamado en adopción catalana al marxismo, a entender este como un antiestalinismo radical. Vivir desde aquí el mayo francés, exilio en París para conocer el exilio y frecuentas la “promoción Krivine” de la Ligue, regresar ser un “profesional” de una revolución que a veces parecía imposible, aunque otras parecía a la vuelta de la esquina.

Es un desarrollo marcado por un ámbito familiar entre unos nadies que tienen asumida la cultura de la pobreza, la decencia básica; crecido en una comunidad de la Andalucía sometida que respira conciencia de reforma agraria; componente asimilado por la mixtura entre la clase obrera catalana con toda su historia y els altres catalans. Desde estas bases crecer en todo lo que se mueve alrededor (en el barrio, en el trabajo y en la calle), pero también con el cine, la literatura y con todas las ideas expresadas en debates interminable y en lecturas febriles. Mirando para atrás me cuesta creer que lograra tocar tantas teclas, tanta intensidad, tanta dureza para soportar los embates familiares (estaban convencido que “estos me harían polvo”), y por supuesto, a pesar de una mochila llena: la de las inseguridades. Esta es una batalla personal librada con muchas complicidades amistosas. La Transición me coge “adulto” de manera que resisto el “desencanto” (la desactivación de lo que se movía), y consigo aprobar dos asignaturas que tenía pendiente, la sentimental (a los 33 años) y la de dedicarme a la divulgación cultural en cine-clubs, charlas, pero sobre todo, escribiendo en la prensa de la LCR, en diversos diarios y revistas. Todo empezaba a andar para atrás, pero para mí los ochenta es una década de plenitud y bienestar.

Pensaba que conmigo no iban a poder. Que nadie me arrebataría mi derecho a una cierta felicidad a pesar de seguir entre los perdedores. Una opción apoyada en el empeño de una relación sentimental creativa, una prolongada seguridad laboral…Todo en una casa grande y tranquila, un lugar cercano y asequible, y por supuesto, en una red de relaciones que aunque mucho menos cultivada de lo que debiera, siguen ahí. Había aprendido que tenía que aprender a envejecer, que quizás este sea el periodo más largo de mi vida, y eso estamos. Postdata: Escribo estas notas como muestra de agradecimiento de amigos y amigas de Facebook, con todos los que nos hemos correspondido durante un año largo. Gracias y que vosotros lo veáis.

En los años sesenta fui testigo de la recomposición del movimiento obrero y popular. Los veteranos –los que habían sido muchachos con la guerra-, se lamentaban que nuestra generación únicamente pensaba en el cine, los bailes, en un mundo en el “siempre era domingo”.

Pero el viento comenzó a soplar en otra dirección, así por ejemplo, en vísperas del mayo del 68 francés se hizo célebre la frase de un comentarista televisivo que anuncio: “Francia se aburre”. A los pocos días París se cubría de barricadas y los obreros ocupaban las fábricas. Allí habían conquistado muchas libertades, aquí estaba todo “en las catacumbas”. Todo fue por lo tanto más arduo. Recuerdo que el pesimismo y el miedo eran sentimientos generalizados bajo el peso abrumador del aparato represivo de la dictadura que nunca dejó de funcionar. En ninguna empresa de las que trabajé percibí la menor actividad sindicalista hasta que en 1966 empezamos a hacer algo en el ramo del vidrio, eso sí sabíamos de huelgas míticas como la de Harry Walker, luego la de Laminados en Bandas. Se hablaba de las huelgas –desesperadas- de Asturias, de las primeras Comisiones, pero la juventud obrera no empezó a frecuentar las comisiones hasta el 67-68…

El horizonte social parecía insuperable fuera de las luchas anticoloniales. Se aceptaba que el neocapitalismo había acabado integrando a la clase obrera, y que aquí el “desarrollismo” había desviad las inquietudes sociales hacia el consumismo.
El régimen parecía más sólido que nunca bajo el paraguas de los USA. En el Este, la disidencia quedaba reducida a algunos grupos de intelectuales, por ejemplo se percibía en cierto cine. Pero el 68 marcó un antes y un después. El desafío del Vietnam a los USA había creado un amplio frente de rechazo en los EEUU…Aún y así, todo marchaba lentamente pero todo cambió con la revolución portuguesa de 1974. Esta hizo evidente que más pronto que tarde el régimen tendría que caer o cambiar. En los años siguientes, el Estado español se situó entre los más conflictivos socialmente del globo.

La movilización no solamente se mostró posible, se hizo inevitable, arrolladora, enorme, aunque a ellos siempre les quedó lo fundamental: los cuerpos de represivos. Después de la muerte de Franco, hasta los de la derecha cuando asistían a algún acto público nos trataban de “compañeros”. Era evidente que en poco más de una década el paisaje político, social y cultural había cambiado de base.

Me gustaría detallar algunas cosas: bolchevique sí, pero de la parte más herética; andaluz también, pero catalán de adopción. Son las memorias de un revolucionario desconocido fuera de sus ámbitos más cercanos, de un hijo de la segunda mitad del XX procedente de un pueblo andaluz que nació de nuevo en el L’ Hospitalet del urbanismo salvaje, de las luchas de las barriadas obreras que a veces eran conmovidas por empresas huelgas como la SEAT.

Se hizo hombre trabajando a destajo porque no hubo tiempo ni para estudios ni para oficios, estudiando en las escuelas nocturnas (hasta el 2ª de Bachillerato), viendo cine a destajo, leyendo y descubriendo el mundo de los libros en Els Encants, tropezando desde el primer momento con los libros prohibidos, lo que le añadía atractivos. Adolescente en busca de la República, conoció la CNT y el POUM y se inició en la aventura militante desde las nuevas izquierdas discutiendo en toda clase de asambleas y encuentros. En el 68 cruza la frontera huyendo de una búsqueda policiaca como “el Pecas”, y en París trabajará en toda clase de empleos, en la Renault y formará parte de la “promoción Krivine”, que estaba renovando la tradición trotskiata que asume más desde el estudio de la historia y como parte de la pluralidad del movimiento obrero.

De regreso con una amnistía, vivirá la aventura militar en Ceuta; asistirá al furor y a las crisis de la primera LCR que se divide lo que le provoca un cierto estado depresivo acentuado por otras carencias. Ocupará cargos, pero los combina con el activismo vecinal y cultural. Vive la Transición como una ruptura con la República, desde la resistencia pero también desde la reacción vitalista. Forma parte de la izquierda derrotada que ve cómo se cierran las asociaciones de vecinos, desaparecen ramas sindicales (los funcionarios se reúnen en los despachos para evitar ser desbordados por las asambleas), cierran las editoriales en las que había empezado a publicar, fracasan toda clase de proyectos culturales (como el de la revista “Marxa” que reunió a lo más granado de la izquierda rupturista), y cómo las mentiras del franquismo dan lugar a otra historia oficial que acabará olvidando la historia social y militante, arrinconando la memoria popular…

En los ochenta se asienta en una cierta dicha casera, desarrolla una intensa labor de divulgación cultural, a contracorriente, sobre todo desde el COMBATE, pero también en toda clase de revistas incluyendo algunas sudamericanas sin olvidar diarios que vivían aventuras independientes (El Diario de Barcelona, Liberación, La Hora de Euzkadi). Los noventa son de crisis personal y colectiva abierta. La contrarrevolución conservadora global se combina con el desplome local de la LCR, que coincide con una traumática separación sentimental, y en consecuencia con una crisis personal en la que todo es puesto en cuestión. Estas memorias están concebidas como un intento de explicar un tiempo y una generación. Un tiempo de ilusiones y derrotas, y una generación (la del 68) que creyó posible y necesaria la revolución, de alguien que formó parte de los que trabajaron para ganar su derecho a comenzar de nuevo.

Por sus páginas desfilan con prisas personajes de todas clases. Algunos de ellos han sido rescatados en profundo para unos RETRATOS EN ROJO Y NEGRO complementarios cuya edición está prevista para principios del año próximo en Renacimiento, Sevilla.

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