Inicio Economía ¡¡¡LA MANO INVISIBLE Y LOS INTERESES ECONÓMICOS DESPUÉS DEL INCENDIO EN PENCO!!!

¡¡¡LA MANO INVISIBLE Y LOS INTERESES ECONÓMICOS DESPUÉS DEL INCENDIO EN PENCO!!!

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por Franco Machiavelo

No hay fuego inocente cuando el territorio es mercancía. Cada hectárea quemada no es solo ceniza: es valor potencial liberado, es suelo “disponible”, es paisaje degradado que deja de ser comunidad viva para convertirse en objeto de inversión. En Penco —y en el sur de Chile— el incendio no aparece como accidente aislado, sino como episodio funcional dentro de un orden económico que convierte la catástrofe en oportunidad.

El discurso oficial habla de tragedia natural, de viento y sequía, de inevitabilidad. Pero ese relato oculta la estructura: décadas de monocultivo, de privatización del territorio, de planificación orientada al lucro y no a la vida. Cuando el fuego arrasa, no se quema el poder; se quema lo que estorba al poder. Se quema la biodiversidad, el arraigo, la memoria comunitaria. Y lo que queda —suelo desnudo, comunidades exhaustas— facilita la entrada del capital.

Aquí surge la duda razonable, la sospecha política: ¿a quién favorece el después del incendio? La respuesta no necesita conspiraciones, basta observar la lógica material. Terrenos calcinados pierden protección ambiental, se reescriben los informes, se flexibilizan los permisos, se redefine el “interés público”. Lo que antes encontraba resistencia social y argumentos ecológicos, ahora se presenta como “reconversión”, “rehabilitación productiva” o “desarrollo estratégico”. El lenguaje cambia, el objetivo permanece.

En Penco, donde existen concesiones y expectativas mineras, el fuego no crea el interés, pero lo despeja. Reduce el valor simbólico del cerro vivo y eleva el valor contable del cerro explotable. La catástrofe reordena la correlación de fuerzas: comunidades golpeadas, organización debilitada, urgencias inmediatas; empresas con tiempo, capital y abogados. Así opera la hegemonía: no por imposición directa, sino por naturalización. Se instala la idea de que, tras el incendio, “algo hay que hacer”, y ese “hacer” casi nunca es devolver el territorio a quienes lo habitan, sino entregarlo a quienes lo rentabilizan.

La mano invisible no apaga incendios; firma contratos cuando el humo se disipa. Mientras se militariza el espacio y se vigila a la población, se protege la infraestructura y se garantiza la continuidad del negocio. La reconstrucción se vuelve negocio, la prevención se posterga, y el ciclo se repite. El fuego no es el problema central: el problema es un modelo que produce condiciones para que el fuego sea rentable.

Por eso hay dudas serias. No porque alguien deba ser señalado sin pruebas, sino porque la historia material del territorio muestra un patrón: donde hay extractivismo latente, el desastre acelera la decisión; donde hay comunidades organizadas, el desastre las desgasta; donde hay bienes comunes, el desastre los privatiza. El incendio actúa como momento de verdad del sistema: revela quién pierde y quién gana.

En el sur de Chile, y en Penco en particular, la pregunta correcta no es solo cómo comenzó el fuego, sino qué intereses avanzan cuando termina. Porque si la ceniza allana el camino al capital, entonces la tragedia no es solo ambiental: es política. Y mientras no se dispute el modelo que convierte el territorio en botín, la duda seguirá ardiendo, incluso cuando las llamas se apaguen. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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