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EL CORAZÓN CALIENTE, MENTE FRÍA: ASÍ SE VENCE

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por Franco Machiavelo
 
En el día después de las elecciones, la realidad cae como un balde de agua helada sobre cualquier ilusión de cambio profundo. La maquinaria del continuismo vuelve a funcionar con la precisión de un engranaje aceitado durante décadas. Para quienes observan críticamente el escenario político, nada sorprende: el aparato neoliberal, instalado a sangre y fuego y luego administrado con obediencia servil por todos los gobiernos posteriores, sigue intacto. No hay ruptura, no hay disputa real, no hay programa capaz de tocar los cimientos del poder.
 
La retórica electoral promete diferencias, pero lo que se ofrece es un catálogo de matices, no un proyecto que enfrente la estructura misma de la dominación económica. El voto se convierte en una ceremonia ritual donde los mismos grupos empresariales—los mismos dueños de todo—aseguran que, gane quien gane, ellos nunca pierden. Las élites políticas actúan como gerentes del modelo, defensores del equilibrio que garantiza su propia supervivencia. Un equilibrio que, por supuesto, excluye al pueblo.
 
Lo más grave es la ausencia de un horizonte emancipador. No existe hoy un programa político clasista que se atreva a romper con el estatus quo, a cuestionar la arquitectura completa del neoliberalismo. La discusión pública se reduce a administrar migajas, mientras los discursos críticos son encapsulados, desarmados o tachados de inviables. La maquinaria del poder no solo produce desigualdad: también produce consenso, resignación y obediencia. Un diseño perfecto para mantener las cadenas donde siempre han estado.
 
La democracia se vacía de contenido cuando la ciudadanía es reducida a espectadora. Y eso ha ocurrido por años. El pueblo fue disciplinado para creer que sus problemas son individuales, nunca estructurales; que sus fracasos son responsabilidad personal, nunca consecuencia de un sistema diseñado para proteger privilegios. Es una gran obra de ingeniería ideológica: un orden que se presenta como natural, inevitable, “lo único posible”. Nada más funcional para quienes mandan.
 
Así, las elecciones se transforman en una puesta en escena donde se debate lo accesorio, mientras lo fundamental nunca se toca. Se discuten rostros, no estructuras; se eligen administradores, no transformadores. El país se acostumbra a la desigualdad extrema como si fuese parte del paisaje, y cualquier alternativa real es marginada, ridiculizada o anulada antes de nacer.
 
Pero aunque el panorama sea oscuro, no está cerrado. La historia nunca ha cambiado por inercia; siempre ha cambiado cuando los de abajo han recuperado su fuerza, su voz y su proyecto. Para eso se necesita corazón caliente: indignación, dignidad, rabia justa, la voluntad profunda de no aceptar las cosas como están. Y también se necesita mente fría: claridad estratégica, análisis riguroso, organización consciente, esa capacidad de pensar más allá del ruido electoral y de ver las estructuras que realmente sostienen el poder.
 
Corazón para sentir la injusticia.
Mente para destruir su lógica.
Solo desde esa unión nace la fuerza capaz de quebrar las cadenas.
 
Hoy, mientras el continuismo celebra, mientras los lamebotas del poder declaran “estabilidad” y las élites cierran filas para seguir lucrando con la vida del pueblo, la pregunta sigue abierta:
¿cuándo volverá a surgir un proyecto que represente a quienes producen todo pero no poseen nada?
 
Hasta que ese día llegue, la consigna sigue siendo nuestra brújula:
 
¡¡EL CORAZÓN CALIENTE, MENTE FRÍA: ASÍ SE VENCE!!
 
 
 

1 COMENTARIO

  1. Hoy me levanté y cumplí mi palabra: anular. Y estoy seguro que miles también lo hicieron. La democracia se transformó, al poco tiempo de haber sido inventada, en una herramienta de dominación,; llena de mentiras y promesas. Que van a crear un millón de empleos; que los jubilados ya no van a necesitar hacer magia para comprar sus remedios, y una larga lista, cual de todas más encantadora. Recordar a la derecha que piñera también hizo las mismas promesas; y que los viejos pobres desde que son viejos siempre han hecho magia. También recordar al momiaje que el neoliberalismo no llegó por medio del voto, y que se abrió paso a sangre y fuego en septiembre de 1973. La democracia vale para la derecha cuando el capital manda, y en ese caso la defienden con todo lo que tienen, y lo tienen todo. Hacer nada es quedarse con el chichón en la cabeza. Hacer algo es tener dignidad. Nadie a dicho la última palabra. Todo depende de las sorpresas que nos tenga la nueva administración.

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