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El Bonapartismo como forma terminal del capital: una lectura desde «El 18 de Brumario de Luis Bonaparte» de Karl Marx

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El Porteño

por Gustavo Burgos

En su célebre ensayo El 18 de Brumario de Luis Bonaparte (1852), Karl Marx disecciona uno de los momentos más ilustrativos de la política burguesa en crisis: la restauración del orden por medio de un «salvador» que, encaramado en la figura del Estado, pretende flotar por encima de las clases en conflicto. Pero lejos de tratarse de un proyecto político en sentido pleno, Marx nos muestra cómo el bonapartismo es, ante todo, la forma política que adopta el capital en su fase de descomposición social, cuando ni la burguesía ni el proletariado pueden imponer su hegemonía de manera directa.

Este fenómeno, que encontró su encarnación paradigmática en Luis Bonaparte —sobrino del emperador y bufón devenido dictador—, no ha desaparecido con el siglo XIX. Muy por el contrario, se revela hoy con nitidez inquietante en el ocaso del ciclo neoliberal. Las figuras grotescas y autoritarias que se alzan en la escena global —Donald Trump en Estados Unidos, Javier Milei en Argentina, Giorgia Meloni en Italia, entre otros— no representan una reedición del fascismo clásico ni mucho menos una alternativa al orden capitalista: son su caricatura, su descomposición autoritaria. Son, en rigor, la expresión de una crisis del capital que ya no encuentra salidas democráticas, ni siquiera funcionales.

Como en 1851, lo que vemos no es la ascensión de un nuevo proyecto histórico, sino la reconfiguración del Estado burgués para blindar el poder de las clases dominantes frente al desmoronamiento de las formas tradicionales de dominación. Marx advertía que el bonapartismo no suprime las clases ni su lucha, sino que suspende momentáneamente su resolución. En nuestros días, esta «suspensión» se manifiesta en una gestión estatal cada vez más represiva, cada vez más vacía de contenido programático, y cada vez más dependiente del espectáculo y del miedo.

Chile: bonapartismo bifronte y política contrainsurgente

En Chile, esta crisis se expresa de un modo singular, aunque no por ello menos bonapartista. El régimen postdictatorial ha llegado a su límite histórico. La revuelta popular de octubre de 2019 puso de manifiesto que la forma de dominación nacida de los Acuerdos de 1989 está agotada. Ante esa crisis de legitimidad, la clase dominante ha desplegado dos alas aparentemente opuestas pero funcionalmente convergentes.

Por un lado, la derecha pinochetista y su expresión más cruda —la familia Kast, Republicanos, y sectores ultraconservadores— agitan la bandera del orden, la patria y la seguridad, alimentando un proyecto de restauración autoritaria con tintes racistas, clasistas y militaristas. Como Luis Bonaparte, se presentan como los únicos capaces de poner fin al «caos», apelando a una nación imaginaria donde las clases no luchan, solo obedecen.

Por el otro, la izquierda progresista —hoy representada por el gobierno de Gabriel Boric y su constelación de asesores, tecnócratas y exdirigentes estudiantiles— ha desempeñado un papel esencialmente contrainsurgente. Lejos de canalizar las demandas de Octubre, su tarea ha consistido en encauzar la revuelta hacia una institucionalidad inofensiva, esterilizada, y profundamente antiobrera. La Convención Constitucional, la criminalización de la protesta (con leyes como Nain-Retamal), el aumento del presupuesto en seguridad, el trato infame a los presos de la revuelta, y la gestión neoliberal del Estado muestran que el progresismo funciona como el ala izquierda del bonapartismo criollo.

Ambas fracciones del régimen —la derechista y la progresista— cumplen funciones complementarias: una asegura el disciplinamiento social mediante el terror y la nostalgia de la dictadura, mientras la otra ejerce un poder paternalista y técnico, invocando la «gobernabilidad» como chantaje permanente contra cualquier expresión autónoma de lucha.

Una crisis sin resolución democrática

Como señalaba Marx, el bonapartismo emerge cuando las clases dominantes ya no pueden gobernar del modo habitual, pero tampoco pueden permitir que las masas gobiernen. En ese impasse, el Estado se autonomiza, aparece como árbitro, y refuerza su poder coercitivo. En realidad, lo hace al servicio de la reproducción del capital en decadencia.

Hoy, en todos los rincones del globo —y particularmente en América Latina— asistimos al derrumbe de las formas liberales de dominación. La democracia representativa ha dejado de ser funcional al capital financiero. En su lugar, avanza un bonapartismo de nuevo tipo, más cínico, más grotesco, pero igual de letal para los pueblos.

En Chile, el régimen ya no se sostiene por adhesión sino por miedo. Lo que queda del Octubre insurrecto vive sitiado por un aparato estatal reconfigurado para neutralizar, cooptar o reprimir cualquier intento de autonomía obrera o popular. La tarea de los revolucionarios es denunciar esta farsa, desenmascarar a sus dos rostros, y retomar la construcción de una alternativa clasista y socialista desde abajo. La delirante criminalización del perro Matapacos, que todo progresista debe arrepentirse haber visto con simpatía, para luego vergonzosamente condenarlo, es una muestra no solo de la miseria moral del progresismo, sino que una muestra, una biopsia del cáncer bonapartista que corroe la institucionalidad del régimen.

La crisis del capital es su verdadero rostro. El bonapartismo, su máscara de hierro.

por Gustavo Burgos

En su célebre ensayo El 18 de Brumario de Luis Bonaparte (1852), Karl Marx disecciona uno de los momentos más ilustrativos de la política burguesa en crisis: la restauración del orden por medio de un «salvador» que, encaramado en la figura del Estado, pretende flotar por encima de las clases en conflicto. Pero lejos de tratarse de un proyecto político en sentido pleno, Marx nos muestra cómo el bonapartismo es, ante todo, la forma política que adopta el capital en su fase de descomposición social, cuando ni la burguesía ni el proletariado pueden imponer su hegemonía de manera directa.

Este fenómeno, que encontró su encarnación paradigmática en Luis Bonaparte —sobrino del emperador y bufón devenido dictador—, no ha desaparecido con el siglo XIX. Muy por el contrario, se revela hoy con nitidez inquietante en el ocaso del ciclo neoliberal. Las figuras grotescas y autoritarias que se alzan en la escena global —Donald Trump en Estados Unidos, Javier Milei en Argentina, Giorgia Meloni en Italia, entre otros— no representan una reedición del fascismo clásico ni mucho menos una alternativa al orden capitalista: son su caricatura, su descomposición autoritaria. Son, en rigor, la expresión de una crisis del capital que ya no encuentra salidas democráticas, ni siquiera funcionales.

Como en 1851, lo que vemos no es la ascensión de un nuevo proyecto histórico, sino la reconfiguración del Estado burgués para blindar el poder de las clases dominantes frente al desmoronamiento de las formas tradicionales de dominación. Marx advertía que el bonapartismo no suprime las clases ni su lucha, sino que suspende momentáneamente su resolución. En nuestros días, esta «suspensión» se manifiesta en una gestión estatal cada vez más represiva, cada vez más vacía de contenido programático, y cada vez más dependiente del espectáculo y del miedo.

Chile: bonapartismo bifronte y política contrainsurgente

En Chile, esta crisis se expresa de un modo singular, aunque no por ello menos bonapartista. El régimen postdictatorial ha llegado a su límite histórico. La revuelta popular de octubre de 2019 puso de manifiesto que la forma de dominación nacida de los Acuerdos de 1989 está agotada. Ante esa crisis de legitimidad, la clase dominante ha desplegado dos alas aparentemente opuestas pero funcionalmente convergentes.

Por un lado, la derecha pinochetista y su expresión más cruda —la familia Kast, Republicanos, y sectores ultraconservadores— agitan la bandera del orden, la patria y la seguridad, alimentando un proyecto de restauración autoritaria con tintes racistas, clasistas y militaristas. Como Luis Bonaparte, se presentan como los únicos capaces de poner fin al «caos», apelando a una nación imaginaria donde las clases no luchan, solo obedecen.

Por el otro, la izquierda progresista —hoy representada por el gobierno de Gabriel Boric y su constelación de asesores, tecnócratas y exdirigentes estudiantiles— ha desempeñado un papel esencialmente contrainsurgente. Lejos de canalizar las demandas de Octubre, su tarea ha consistido en encauzar la revuelta hacia una institucionalidad inofensiva, esterilizada, y profundamente antiobrera. La Convención Constitucional, la criminalización de la protesta (con leyes como Nain-Retamal), el aumento del presupuesto en seguridad, el trato infame a los presos de la revuelta, y la gestión neoliberal del Estado muestran que el progresismo funciona como el ala izquierda del bonapartismo criollo.

Ambas fracciones del régimen —la derechista y la progresista— cumplen funciones complementarias: una asegura el disciplinamiento social mediante el terror y la nostalgia de la dictadura, mientras la otra ejerce un poder paternalista y técnico, invocando la «gobernabilidad» como chantaje permanente contra cualquier expresión autónoma de lucha.

Una crisis sin resolución democrática

Como señalaba Marx, el bonapartismo emerge cuando las clases dominantes ya no pueden gobernar del modo habitual, pero tampoco pueden permitir que las masas gobiernen. En ese impasse, el Estado se autonomiza, aparece como árbitro, y refuerza su poder coercitivo. En realidad, lo hace al servicio de la reproducción del capital en decadencia.

Hoy, en todos los rincones del globo —y particularmente en América Latina— asistimos al derrumbe de las formas liberales de dominación. La democracia representativa ha dejado de ser funcional al capital financiero. En su lugar, avanza un bonapartismo de nuevo tipo, más cínico, más grotesco, pero igual de letal para los pueblos.

En Chile, el régimen ya no se sostiene por adhesión sino por miedo. Lo que queda del Octubre insurrecto vive sitiado por un aparato estatal reconfigurado para neutralizar, cooptar o reprimir cualquier intento de autonomía obrera o popular. La tarea de los revolucionarios es denunciar esta farsa, desenmascarar a sus dos rostros, y retomar la construcción de una alternativa clasista y socialista desde abajo. La delirante criminalización del perro Matapacos, que todo progresista debe arrepentirse haber visto con simpatía, para luego vergonzosamente condenarlo, es una muestra no solo de la miseria moral del progresismo, sino que una muestra, una biopsia del cáncer bonapartista que corroe la institucionalidad del régimen.

La crisis del capital es su verdadero rostro. El bonapartismo, su máscara de hierro.

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