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Cuba bajo las bombas silenciosas

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Embargo, petróleo y amenazas militares en la nueva Doctrina Monroe
 
Por Patricio Arenas, abril de 2026
 
Hay guerras que se libran sin declarar. Hay sitios que se imponen sin soldados visibles, al menos en un primer momento. Lo que padecen en este momento los nueve millones de habitantes de Cuba pertenece a esa categoría particular de violencia organizada: la que las cancillerías occidentales prefieren llamar «presión» o «sanciones», y que el derecho internacional denomina, sin ambages, bloqueo.
 
Desde el 29 de enero de 2026, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que califica a Cuba de «amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad de los Estados Unidos», abriendo la puerta a una escalada sin precedentes desde la crisis de los misiles de 1962. Pero esta última ruptura se inscribe en una continuidad que merece recordarse con precisión: el 3 de febrero de 1962, el presidente Kennedy imponía el embargo contra Cuba. Sesenta y cuatro años después, la administración Trump ha endurecido este símbolo de hostilidad entre Washington y La Habana, en un contexto descrito como la crisis humanitaria más grave que ha conocido la isla desde los años noventa.
 
 
El petróleo como arma de destrucción masiva
 
Desde finales de enero de 2026, Washington ha asumido una política de estrangulamiento energético de Cuba: amenaza de sanciones contra los países proveedores, interrupción de los flujos venezolanos hacia la isla y presión creciente sobre los buques susceptibles de transportar petróleo hacia La Habana. El Comando Sur de los Estados Unidos y el Comando del Indo-Pacífico coordinaron la captura de al menos diez petroleros vinculados a la red de abastecimiento cubana entre diciembre de 2025 y febrero de 2026 — buques interceptados en alta mar, sin declaración de guerra, sin mandato internacional, en una operación que constituye una flagrante violación del derecho del mar.
 
El resultado es catastrófico para la población ordinaria. Las importaciones de petróleo cayeron a cero en enero, según los datos de Kpler, marcando el primer mes sin abastecimiento exterior en más de una década. La población ha sufrido largas horas sin electricidad, lo que ha afectado la conservación de alimentos, el acceso a los servicios y la actividad económica en general. En marzo, dos desconexiones totales y una parcial del sistema eléctrico nacional sumieron a toda la isla en la oscuridad.
 
En la vida cotidiana, la crisis del combustible se traduce en una restricción creciente del acceso a la gasolina, ahora distribuida según modalidades más selectivas y en volúmenes limitados, mientras que los circuitos de distribución ordinarios aparecen profundamente desorganizados. Esta escasez ha provocado un sensible aumento de los costos de transporte, afectando tanto los desplazamientos como el traslado de mercancías. En varias regiones de la isla, las dificultades de abastecimiento pesan directamente sobre la actividad comercial, alargando los plazos, encareciendo los costos logísticos y acentuando la parálisis de una parte de la economía local.
 
Las consecuencias sobre los servicios esenciales van más allá del simple malestar para alcanzar el nivel de la urgencia humanitaria. El bloqueo petrolero afecta las unidades de cuidados intensivos y las salas de emergencias, pero también la producción, distribución y almacenamiento de vacunas, las transfusiones de sangre y los medicamentos sensibles a la temperatura. Más del 80 % de los equipos de bombeo de agua dependen de la electricidad, de modo que los cortes comprometen el acceso al agua potable, al saneamiento y a la higiene.
 
Human Rights Watch ha confirmado este cuadro. «La situación humanitaria en Cuba ya era extremadamente frágil, pero la crisis eléctrica está empujando muchos servicios esenciales al límite», declaró Juanita Goebertus, directora para las Américas de HRW. «Las personas no tienen acceso fiable al agua potable, los hospitales no pueden funcionar con seguridad, los productos básicos son cada vez más difíciles de conseguir y la basura se acumula en las calles.»
 
Sesenta años de un embargo sin legitimidad internacional
 
Conviene situar estos hechos en su larga duración. Desde más de sesenta años, los Estados Unidos mantienen un vasto régimen de restricciones económicas, comerciales y financieras contra Cuba — la política de sanciones unilaterales más prolongada de la historia de las relaciones exteriores estadounidenses, según la Relatora Especial de la ONU Alena Douhan. Una estimación del gobierno cubano en 2021 calculó que el embargo le ha costado a la isla cerca de 144.000 millones de dólares.
 
La comunidad internacional ha condenado esta política por una aplastante mayoría, año tras año, sin efecto. En octubre de 2025, la Asamblea General de las Naciones Unidas exigió por trigésima tercera vez el fin del embargo estadounidense contra Cuba, con un apoyo casi unánime. Los expertos independientes de la ONU calificaron el bloqueo petrolero de «grave violación del derecho internacional y grave amenaza para un orden internacional democrático y equitativo». El secretario general António Guterres se mostró «extremadamente preocupado» por la situación humanitaria en Cuba, que «empeorará o incluso colapsará» si no se satisfacen las necesidades petroleras del país.
 
Este aislamiento diplomático de los Estados Unidos no parece incomodar a Washington. Es parte del cálculo.
 
 
«Sería un gran honor para mí tomar Cuba»
 
Lo que distingue sin embargo el momento actual de todas las crisis anteriores es la naturaleza de las declaraciones del propio presidente estadounidense. Ya no pertenecen a la diplomacia de coerción. Pertenecen a la amenaza de anexión colonial.
 
El 16 de marzo de 2026, en un intercambio con periodistas tras la firma de un decreto en la Casa Blanca, Trump declaró: «Estaría bien. Es un gran honor. Puedo liberarla o tomarla; creo que puedo hacer lo que quiera con ella.» Pocos días después, en un discurso en la Cumbre Prioritaria del FII en Miami, encadenó los tres expedientes en el mismo aliento — Irán, Venezuela, Cuba — antes de añadir: «Construí estas grandes Fuerzas Armadas. Dije: «Nunca tendré que usarlas», pero a veces hay que usarlas. Y Cuba es la siguiente, dicho sea de paso… medios, por favor ignoren esa declaración. Muchas gracias. Cuba es la siguiente.»
 
Estas declaraciones tienen una lógica narrativa interna. Se producen después de que el senador Lindsey Graham declarara con satisfacción que el presidente atacaba a los regímenes autoritarios «uno por uno», y que Cuba sería el «próximo objetivo». Marco Rubio, secretario de Estado y arquitecto de la política caribeña de la administración, fue aún más explícito: «La economía de Cuba no puede cambiar a menos que cambie su sistema de gobierno. ¿Quién va a invertir miles de millones de dólares en un país comunista gobernado por comunistas incompetentes?»
 
¿Qué significa concretamente «tomar Cuba»? La ambigüedad del término deja abierta la puerta a interpretaciones que van desde una invasión militar hasta un bloqueo naval total. Esta imprecisión es probablemente intencional. La influencia de China en América Latina ha alcanzado niveles que Washington considera intolerables, y los informes de inteligencia sobre supuestas bases de escucha chinas en la isla, combinados con el ahondamiento de los vínculos militares cubanos con Rusia, han servido de caldo de cultivo para que Trump resucite la Doctrina Monroe con una vehemencia inusitada.
 
Irán, una «victoria» que no satisfará a los halcones
 
Para comprender por qué Cuba está hoy más que nunca en el punto de mira directo de Washington, hay que observar la dinámica de la política exterior trumpista en su conjunto — y en particular el expediente iraní, cuyo desenlace inminente reconfigura toda la ecuación geoestratégica.
 
Desde finales de febrero de 2026, los Estados Unidos e Israel han llevado a cabo bombardeos masivos contra Irán. El guía supremo Ali Jamenei y varios altos responsables del régimen fueron eliminados en esos ataques. Desde entonces, negociaciones indirectas se desarrollan por mediación de Pakistán y otros, pero permanecen estancadas.
 
Lo que resulta llamativo es el abismo vertiginoso entre los objetivos de guerra anunciados inicialmente por Trump — desmantelamiento total del programa nuclear, cambio de régimen, reapertura incondicional del estrecho de Ormuz — y lo que las negociaciones parecen poder producir realmente. Por un lado, los iraníes se consideran en posición de fuerza en la medida en que más de dieciséis mil ataques realizados contra ellos no han derrocado al régimen; exigen en particular garantías de que ni los Estados Unidos ni Israel volverán a atacarlos. Por otro lado, Trump necesita una salida rápida de esta guerra, pero tiene que poder ganar al menos en uno de sus objetivos declarados.
 
Tras varios ciclos de intercambios, las posiciones de ambas partes siguen muy alejadas. Las contradicciones internas de la delegación estadounidense — entre partidarios de la línea dura y actores dispuestos a ceder — han fragilizado desde el principio la coherencia de la posición americana. Trump pospone sus ultimátum día tras día, y sea cual sea el resultado, un acuerdo con Irán será necesariamente un acuerdo imperfecto — lejos de las promesas de «victoria total» repetidas durante semanas.
 
Es ahí donde Cuba entra en escena como variable de ajuste político interno. Un presidente que no habrá obtenido de Irán todo lo que prometió necesitará una victoria clara, visible, espectacular, antes de las elecciones de mitad de mandato. Una victoria que su electorado de Florida, profundamente marcado por el exilio cubano, lleva décadas esperando. Una victoria que Marco Rubio, él mismo hijo de exiliados cubanos, ha erigido en causa personal.
 
Una isla agotada frente a la lógica del imperio
 
El PIB cubano ha caído un 23 % desde 2019 y se proyecta una contracción adicional del 7,2 % para 2026. El país está de rodillas. Pero un país de rodillas no es un país resignado, y la historia del siglo XX enseña que las intervenciones militares en islas caribeñas «agotadas» rara vez han producido los resultados esperados por sus promotores.
 
Lo que está en juego, en el fondo, va mucho más allá de Cuba. Es la cuestión de si el orden internacional — el de las Naciones Unidas, el del derecho del mar, el de la soberanía de los pueblos — tiene aún un significado práctico, o si no constituye más que un decorado cómodo que las grandes potencias invocan cuando les conviene y pisotean cuando les estorba.
 
La Relatora Especial de la ONU lo ha formulado con una claridad que nuestras capitales europeas harían bien en escuchar: «La escasez de maquinaria esencial, repuestos, electricidad, agua, combustible, alimentos y medicamentos, combinada con la creciente emigración de trabajadores calificados — especialmente personal médico, ingenieros y maestros — tiene graves consecuencias para el disfrute de los derechos humanos, incluidos los derechos a la vida y a la alimentación.»
 
Mientras tanto, en Washington, Trump pospone sus ultimátum y perfecciona su retórica. Preguntado sobre el fin del conflicto con Irán, respondió: «Se los haré saber pronto. Pero ese país necesitará veinte años para reconstruirse…» Este cálculo cínico — reducir un Estado a la miseria para mejor «tomarlo» — se aplica ahora a Cuba con una implacable coherencia.
 
La historia juzgará si Europa, América Latina y las instituciones multilaterales habrán sabido, en 2026, decir no a esta lógica. Por ahora, su silencio es ensordecedor.

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