por Franco Machiavelo
El 11 de septiembre de 1973 no fue un accidente de la historia, fue la respuesta brutal de la burguesía chilena y del imperialismo norteamericano frente a un pueblo que había osado tocar los intereses de clase más profundos: la propiedad de los medios de producción, la soberanía sobre el cobre, la democratización real del poder. Ese día, con tanques y bombardeos, no se “interrumpió” la democracia, sino que se restauró la dictadura de clase de los dueños del capital bajo la forma militarizada de la contrarrevolución preventiva.
Lo que vino después no fue solo represión, sino la instauración de un modelo económico pensado para despojar y disciplinar al pueblo. La dictadura impuso el neoliberalismo como laboratorio global, liquidando derechos sociales, privatizando todo lo común, destruyendo sindicatos y entregando al mercado la vida entera de los trabajadores. Fue un experimento de acumulación por desposesión, un proyecto consciente de clase que convirtió a Chile en vitrina del capital transnacional.
Pero lo más vergonzante llegó con el llamado “retorno a la democracia”. La transición no desmanteló el modelo: lo consolidó. La burguesía comprendió que ya no necesitaba fusiles, sino administradores serviles que garantizaran la continuidad del orden bajo formas “democráticas”. Allí entró en escena la seudo izquierda, que con palabras de justicia y memoria se transformó en el garante político del neoliberalismo. Se habló de derechos humanos mientras se entregaban los recursos al capital extranjero; se celebraba la democracia mientras se mantenían las AFP, las Isapres, la privatización de la educación y de la salud.
Desde una lectura marxista, lo que se observa es la reproducción del bloque en el poder: la alianza entre burguesía nacional, capital transnacional e instituciones estatales. El Estado, lejos de ser un terreno neutral, funciona como el aparato de dominación de clase, y los partidos progresistas no son más que engranajes de esa maquinaria. Con reformas tibias, pactos parlamentarios y discursos vacíos, desmovilizaron al pueblo, neutralizaron la organización popular y garantizaron que la acumulación capitalista se perpetuara sin grandes sobresaltos.
La traición es evidente: los herederos del discurso de Allende se arrodillaron ante el mercado. Convirtieron la política en administración de lo posible, renunciaron a cualquier horizonte transformador y aceptaron como “natural” la mercantilización de la vida. La memoria de Allende es utilizada como ornamento simbólico, mientras sus enseñanzas centrales —la dignidad, la soberanía y la necesidad de transformar las estructuras de propiedad— son sistemáticamente olvidadas.
El presente vergonzante es un país endeudado hasta la médula, donde la salud y la educación son mercancías, donde la riqueza producida por los trabajadores se concentra obscenamente en unas pocas manos. Es un país donde la democracia se reduce al espectáculo electoral de administradores que compiten por ver quién gestiona mejor los intereses del capital.
Conmemorar el golpe, desde una perspectiva crítica, significa denunciar no solo a los golpistas de ayer, sino también a los continuadores de hoy. Significa señalar a la burguesía que sigue controlando el país, al imperialismo que dicta las reglas del juego y a la seudo izquierda que, con discursos vacíos, legitima la explotación.
La memoria no es nostalgia, es lucha de clases. Honrar a Allende no es repetir su nombre, sino retomar su horizonte: avanzar hacia una sociedad donde el poder político y económico esté en manos del pueblo trabajador. Esa tarea no la cumplirán los desertores ni los serviles del neoliberalismo, sino la organización consciente de quienes aún creen que la historia no está escrita, que el socialismo sigue siendo la única salida frente al despojo y la miseria.
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Considerar a la democracia para tales objetivos es un error estratégico. Donde se necesita hacer un movimiento de tierra para instalar industrias productoras de bienes para todos, es necesario maquinaria pesada. Para abrir una acequia y regar una parte del terreno bastan una pala y una picota. La democracia entonces sirve para trabajos menores; un clavo por aquí, una tabla por allá, y listo ya tenemos una media agua. Eso no es una revolución, esa es una salida de emergencia. Allende quiso hacer cambios profundos, pero sus intentos fueron frustrados por una fuerza reaccionaria mayor; eso debiera darnos por lo menos una idea de qué hay que hacer para evitar se interponga de nuevo esa reacción derechista. Para mi entender, mientras los pueblos no construyan una fuerza real independiente, no diplomática, no vendrán los cambios que se necesitan, porque la amenaza existe, y cada día se hace más fuerte.