por Jano Ramírez
Comité por una Internacional de Trabajadores, Chile
No era una advertencia exagerada. Lo dijimos antes de la primera alza y hoy la realidad lo confirma con más fuerza, el costo de la vida sigue subiendo y el golpe vuelve a caer, como siempre, sobre el mismo lado.
Las bencinas alcanzan niveles históricos, el diésel arrastra al transporte y con ello sube todo, el pan, la feria, la micro, los servicios básicos. No es un hecho aislado. Es una cadena completa donde cada alza se multiplica en la vida cotidiana de millones.
Y mientras tanto, los sueldos siguen estancados.
Nos repiten la misma cantinela, que es el precio internacional, que es la guerra, que es el mercado. Pero esa explicación es a medias, y por lo mismo, es engañosa. Porque lo que nunca se pone en cuestión es el modelo que nos hace depender de esas variables sin ninguna protección.
Chile no está condenado a esto por la naturaleza. Está organizado así.
Un país donde la energía está en manos privadas, donde no existe control real de precios en áreas estratégicas, donde todo, desde el transporte hasta los alimentos está atravesado por la lógica de la ganancia. Eso no cayó del cielo. Fue impuesto en dictadura y administrado durante décadas por distintos gobiernos.
Por eso, cuando hay ganancias, se concentran arriba.
Y cuando hay crisis, se distribuyen abajo.
Hoy lo estamos viendo con total claridad.
Mientras la mayoría enfrenta alzas, endeudamiento y precariedad, el gran empresariado sigue recibiendo beneficios, incentivos y protección. No hay “crisis” cuando se trata de resguardar sus utilidades. La urgencia aparece solo cuando se trata de ajustar al pueblo.
Este gobierno de ultraderecha no rompe con esa lógica. La profundiza.
Hablan de orden, de disciplina fiscal, de que “no hay plata”. Pero ese discurso siempre tiene el mismo destinatario, las y los trabajadores. Porque cuando se trata de defender al gran capital, la billetera del Estado sí aparece, rápida y sin condiciones.
Por eso, el problema no es solo la bencina.
Es la vida misma.
Es llegar a fin de mes con angustia. Es ver cómo el salario se achica frente a precios que no paran de subir. Es vivir endeudado, postergando, ajustando, sobreviviendo. Es un sistema completo que funciona a costa del deterioro de las condiciones de vida de la mayoría.
Y frente a eso, hay algo que también se repite, nos quieren aislados.
Nos quieren creyendo que esto es inevitable, que no hay alternativa, que cada uno debe arreglárselas como pueda. Pero la historia demuestra lo contrario. Nada de lo que hoy existe para las y los trabajadores se consiguió esperando.
Todo se conquistó luchando.
Por eso este Primero de Mayo no puede ser una conmemoración vacía.
Tiene que ser un punto de inflexión.
Un momento para organizarnos en los lugares de trabajo, en los barrios, en los sindicatos. Para coordinar fuerzas, para levantar demandas claras y, sobre todo, para preparar un paro general que enfrente las alzas y el deterioro de nuestras condiciones de vida.
Porque nadie lo hará por nosotros.
Ni el gobierno, ni el parlamento, ni los grandes empresarios.
Solo la movilización consciente y organizada puede frenar este abuso permanente.
Esto no es un problema técnico. Es un problema político.
Y cada alza lo vuelve más evidente, no es que la vida esté cara…
es que este sistema hace imposible vivir con dignidad.
Que este Primero de Mayo no sea solo un día de discurso.
Que sea el comienzo de algo más grande.
Organizarse, luchar y preparar el paro general.











