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¡¡¡CAMBIO DE MANDO!!!: LA ULTRADERECHA GOLPEA Y PATEA LA MESA… LA SERVIDUMBRE DE LA PSEUDO IZQUIERDA SE ARRODILLA

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por Franco Machiavelo
 
El llamado “impasse” del cambio de mando no es un accidente protocolar. Es la expresión visible de una correlación de fuerzas que hace rato se viene inclinando. Cuando la ultraderecha —representada hoy con claridad por José Antonio Kast— golpea la mesa, no lo hace por capricho: lo hace porque sabe que el terreno fue previamente allanado.
Y ese terreno no se allanó solo.

El episodio del cable chino oceánico —un proyecto estratégico que pudo haber redefinido la inserción tecnológica de Chile en el Pacífico— terminó convertido en símbolo de vacilación. La incapacidad de sostener una política soberana frente a las presiones externas mostró algo más profundo: la dificultad estructural de una élite gobernante que administra el modelo pero no se atreve a transformarlo.

Aquí no se trata de geopolítica técnica, sino de hegemonía. Quien define con quién nos conectamos digitalmente, define también dependencias futuras. Renunciar a una decisión estratégica bajo presión internacional no es prudencia: es aceptar el marco impuesto por el poder global.

Lo verdaderamente vergonzoso no es que la ultraderecha avance —eso es coherente con su proyecto— sino que quienes prometieron cambios estructurales terminen suplicando que se “reinicien los programas de cambio de mando”, como si la historia se resolviera con gestos administrativos.

El problema no es el protocolo. Es la claudicación.

Cuando un gobierno modera su programa para tranquilizar a la élite económica, cuando prioriza la estabilidad de los mercados por sobre la transformación social, cuando retrocede en reformas estructurales para evitar conflictos con el capital financiero y los grandes grupos empresariales, lo que hace no es gobernar con realismo: es consolidar el sentido común del adversario.

Y ahí se produce el fenómeno más peligroso: la derecha no necesita ganar el debate cultural si sus adversarios ya hablan su lenguaje.

Las “volteretas” no son anécdotas tácticas. Son pedagogía política inversa. Enseñan a la ciudadanía que las promesas son negociables, que los principios se ajustan, que el cambio es decorativo. Ese desencanto pavimenta el camino para el discurso duro, simple y autoritario que ofrece orden frente a la frustración.
Así se construyen las victorias conservadoras: no solo por su fuerza propia, sino por la inconsistencia de quienes debían disputar la hegemonía.
El cambio de mando, entonces, es más que un traspaso institucional. Es el espejo de una crisis de proyecto. Cuando quienes se dicen transformadores actúan como administradores del mismo modelo que criticaban, generan desmovilización social y desconfianza popular. Y en ese vacío, la ultraderecha avanza sin com
plejos.
No hay nada más funcional al poder económico que una izquierda que teme incomodar.
La verdadera disputa no está en reiniciar ceremonias, sino en recuperar coherencia política. Sin claridad estratégica, sin convicción programática y sin voluntad de confrontar los intereses estructurales que sostienen la desigualdad, cualquier proyecto progresista termina orbitando alrededor del mismo centro de gravedad: la estabilidad del modelo.

La historia enseña algo simple y duro: 

El problema no es que la ultraderecha golpee la mesa.

El problema es que nadie se la quite. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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