Inicio Análisis y Perspectivas Deconstrucción nacional: romper el espejo del poder

Deconstrucción nacional: romper el espejo del poder

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Por Carlos Pichuante

Toda nación es un relato, y como todo relato, tiene autor, estructura y silencios. Chile no es la excepción.

La historia que aprendemos en libros escolares, en discursos presidenciales, en las narraciones mediáticas, nos cuenta que este país nació del pacto de hombres libres y que su orden es fruto del mérito y la modernidad.

Pero, como señaló Jacques Derrida, todo texto se sostiene sobre exclusiones. La deconstrucción es el acto de abrir esas costuras, de dejar que lo no dicho irrumpa y muestre que la aparente coherencia se sostiene sobre el olvido y la marginación.

Gabriel Salazar lo ha demostrado con la precisión de un cirujano: la República fue un proyecto oligárquico desde sus orígenes. No nació como un contrato social entre iguales, sino como la administración de un botín político y económico por una minoría.

El pueblo campesinos, obreros, pueblos originarios, mujeres fue convocado solo como espectador, no como autor de la obra nacional.

Esa exclusión fundacional fue cubierta por el mito del “orden” y el “progreso”, convenientemente narrado por quienes se beneficiaban de él.Heidegger llamó Destruktion al desmontaje de las capas de tradición que han cubierto las preguntas esenciales.

Aplicado a Chile, significa desarmar la retórica patriótica y preguntarnos: ¿de quién es esta patria? ¿Quién decidió qué es ser chileno? ¿A quién se expulsó de la mesa donde se firmó el pacto?

La técnica, que podría haber sido liberadora, se convirtió en un instrumento de control y estandarización; el capital, que podría haber circulado para el bienestar común, se acumuló en pocas manos; el Estado, que debería ser la casa de todos, se amuralló para proteger privilegios.

Así, la nación se transformó en un espejo deformado: devuelve la imagen de unos pocos como si fuera el rostro de todos.

Deconstruir Chile no es destruirlo: es salvarlo del mito que lo aprisiona. Es reconocer que la verdadera unidad no surge de borrar diferencias, sino de permitir que convivan y se reconozcan.

Es aceptar que la democracia no se construye repitiendo la historia de arriba hacia abajo, sino escribiéndola desde abajo hacia arriba.

Mientras no rompamos el espejo del poder, seguiremos viéndonos en un reflejo ajeno. Pero si tenemos el coraje de hacerlo, podremos, por fin, mirarnos en el rostro real de nuestra diversidad y empezar a contarnos, por primera vez como un país que se reconoce entero.

Deconstruir Chile es recordar que la patria no es un mito, sino la vida concreta de su gente.Es rescatar las voces borradas, los nombres que no están en los monumentos, las manos que levantaron lo que otros firmaron.

Es desmontar el relato para que en su lugar nazca una historia común, tejida con todas nuestras diferencias. No es destrucción: es emancipación. No es nostalgia: es la primera vez que podremos llamarnos, de verdad, país

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