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El tecnócrata que cuida el gallinero: el significado político de Luis Eduardo Escobar como jefe económico de Jeannette Jara

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EL PORTEÑO

por Alejandro Valenzuela Torres

La designación de Luis Eduardo Escobar como jefe del equipo económico de Jeannette Jara no es un dato administrativo, sino un gesto político de alto calibre. No estamos frente a un “experto” cualquiera, sino ante un cuadro orgánico del aparato económico del capital internacional, formado en las entrañas del Fondo Monetario Internacional, donde sirvió durante más de veinte años. Su nombramiento condensa, en la forma de un nombre propio, el tipo de gobierno que la coalición oficialista —que aún se autotitula “de izquierda”— está dispuesta a ofrecer al gran capital: un gobierno de continuidad, de respeto a la institucionalidad burguesa y de subordinación al capital privado como “socio estratégico”.

Pero este fenómeno no es exclusivo del caso chileno. Lo hemos visto con la claridad de un espejo en otros procesos latinoamericanos que, bajo una estética progresista, han garantizado la reproducción del orden capitalista con nuevos rostros.

En México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) asumió con un discurso de ruptura, pero su equipo económico fue cuidadosamente escogido para tranquilizar a los mercados. Carlos Urzúa y Arturo Herrera, sus primeros secretarios de Hacienda, fueron hombres del capital financiero. Aunque AMLO se presentaba como un “reformador”, su modelo de acumulación dependía de una disciplina fiscal férrea, de no tocar los intereses del gran capital bancario ni de los monopolios energéticos.

En Brasil, el giro es aún más elocuente. Lula da Silva, al volver al poder en 2022, eligió como vicepresidente a Geraldo Alckmin, un hombre históricamente ligado a la derecha liberal paulista y al capital industrial. Este pacto con la fracción más orgánica del empresariado brasileño fue el precio de su «gobernabilidad»: un nuevo pacto de clases que incluyó a sectores que habían sido enemigos históricos del PT. Lula volvió, pero para garantizar la paz social desde arriba.

En Uruguay, durante el segundo mandato del Frente Amplio con José Mujica como presidente, el equipo económico liderado por Fernando Lorenzo y Mario Bergara se preocupó de sostener el crecimiento macroeconómico dentro de los límites del capital. Lejos de romper con el modelo extractivista, el Frente Amplio profundizó la inversión extranjera directa y defendió la banca central como órgano de autonomía técnica frente a las presiones populares.

En todos estos casos, lo que se presenta como una “racionalidad económica” es, en verdad, la racionalidad del capital. Luis Eduardo Escobar representa ese mismo dispositivo: un fusible tecnocrático que filtra y limita la voluntad de transformación detrás de una retórica de responsabilidad y “confianza” empresarial.

Cuando Escobar dice que su misión es “respetar la institucionalidad que tenemos hoy en Chile” y “encantar al sector privado para que vuelva a invertir”, está diciendo, sin decirlo, que no habrá ruptura, ni siquiera fricción seria con el poder económico. Es más: su sola presencia en el comando económico de Jara es una señal de paz enviada a los grupos empresariales y al capital transnacional. La candidatura de Jara no amenaza el orden; lo administra con rostro de mujer y lenguaje social.

Pero aquí la clave está en comprender que la economía es política por otros medios. Lo que se decide en ese equipo económico no son simples números, sino las fronteras del posible, el radio de acción de una eventual política popular. Al poner a un hombre del FMI a cargo del programa, Jara renuncia de antemano a toda política de ruptura, de democratización profunda de la economía, de control obrero o planificación racional de las necesidades sociales.

Por eso, el nombramiento de Escobar debe leerse como lo que es: la formalización del pacto con el capital. Una candidatura que ya no promete siquiera la transformación, sino que se resigna a administrar el descontento con mejores modales. El jefe económico no cuidará la gallina de los huevos de oro, sino el gallinero entero. Pero no para los trabajadores. Para los dueños.

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