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Érase un Gato y un Ratón…

Érase un Gato y un Ratón…

Si un respiro de feminismo inteligente te motiva… he aquí una muestra. No tiene que ver con mutilar el idioma usando x, @, y otros signos pretendidamente incluyentes en lugar de las letras del silabario. Toca temas de fondo. Con argumentos. Una nota de Guisela Parra Molina.

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Érase un gato y un ratón


Escribe Guisela Parra Molina – junio 2017


Érase un mono el juez,
érase un gato y un ratón.
En violenta contienda tan reñida,
inmensa muchedumbre reunida
esperó la sentencia largo rato.
En contra del pequeño falló el mico:
-¡Déjese usted comer y calle el pico!
-¿Por qué?, dijo el ratón, jeremillento.
–Porque él es grande y usted es chico
¡y últimamente porque yo lo mando!

Visionarios versos. Visionaria mi abuelita.

A mi abuela tengo mucho que agradecerle: entre otras cosas, me enseñó a leer. Además, me contó muchos cuentos y muchas fábulas que, a diferencia de los cuentos, venían con un agregado al final, que se llamaba moraleja. Era algo así como una conclusión, como el ¡chan-chan! final de los tangos o de algunas músicas sinfónicas.

Siempre supe cuál era el propósito de esas moralejas: estaba claro que yo debía aprender algo y guardarlo en la memoria. Mi abuela era tan didáctica que nada de lo que me enseñó se ha borrado de mi recuerdo. Un ejemplo son los versos con que inicié este texto. Me los enseñó ella; no sé de dónde los sacó, pero nunca los olvidé. Sin embargo, hasta hoy, nunca había pensado en ellos como fábula. Sólo ahora tomo conciencia del legado que me dejó en estos versos: una moraleja de advertencia. Sabia y visionaria, no quería que me sorprendiera cuando la vida me enfrentara a casos como “el de ese pobre roedor, indefenso frente a un felino miserable a quien protege un mono con su martillo poderoso”.

Niña, no razoné ni interpreté: recitaba los versos como loro, imaginando al mico con su martillo en alto, muy por sobre un pobre ratón debilucho y aterrado, a quien ese mono maldito condena a morir bajo las garras y los colmillos de un gato erizado y feroz, que sonríe con malicia y aire de triunfo.

Así imagino la sonrisa de Pablo Ibarra al conocer el fallo de la jueza Liliana Acuña en Concepción, sentenciando con su martillo que Amelia fuera arrastrada por su padre a vivir con él, a miles de kilómetros de su madre y sus hermanas, aunque no quisiera.

Golpeó su martillo sin tomar en cuenta informes ni sugerencias de los especialistas; mejor dicho, sí consideró algunos: los que le dieran el favor al gato. Fundamentó también su veredicto en factores relacionados con financiamiento y con sus propios prejuicios territoriales y sociales.

Imagino cómo sintió Estrella el golpe de ese martillo en el útero. Lo puedo sentir en mi propio vientre. Imagino a una ratoncita jeremillenta preguntando una y otra vez por qué. Imagino, en el fondo, al animalito desprotegido, vulnerable, aplastado, prisionero, impotente, que todas las mujeres hemos sido en más de algún momento de la vida.

Imagino el desarraigo, el terremoto emocional que acarrearía esa sentencia para una ratoncita de 7 años. Para Amelia, ese martillazo no significa solo un cambio profundo y devastador en su vida presente; sino que marca su futuro y su cosmovisión. Con su fallo, la jueza le mostraba a esa mujer en ciernes quién manda, dónde está el poder, a quién debe temer.

Liliana Acuña la estaba obligando a protagonizar una fábula violenta, que le enseñaría a Amelia qué baile danzan los monos, a qué ritmo se mueve el martillo y cuál es el felino que le toca el bombo. En otras palabras, era también una condena a continuar bajo el dominio de los gatos. ¡Chan-chan! Porque las moralejas no se olvidan.

A estas protagonistas las conozco de cerca, porque igual que esa niña que imaginaba la ferocidad del gato, Amelia también tiene una abuela que quiere protegerla, que es mi amiga. Sin embargo, sería injusto y sesgado decir que los animales que aplasta el sistema de los monos son sólo mujeres: conozco dos casos, también cercanos, en que es el padre quien pregunta por qué.

Si bien no lo hacen en estado jeremillento, sino con más seguridad en sí mismos, se ubican en el lugar del ratón, porque, a diferencia de la madre de las creaturas, ni su situación económica ni su postura ética les permiten tocar el bombo para hacer bailar los martillos (Quién sabe si otro gallo les cantara si las madres en cuestión vivieran en Chiloé…).

Tampoco sería exacto afirmar que el martillo del mico no discrimina. Por el contrario; el lugar del ratón puede obedecer a un sesgo de género, o también al poder político o pecuniario. A fin de cuentas, reproduce exactamente el cuento de mi abuelita: -Porque él es grande y usted es chico, y últimamente porque yo lo mando.

Los ejemplos abundan; pero, como sea, quienes siempre sacarán la peor parte en esta jungla jurídica; los que son como una alfombra invisible donde todos los animales pisan; quienes invariablemente terminarán en la ruina de tanto pagar platos lanzados por los micos, hechos trizas contra su cuerpo y su psique, son los cachorros.

La razón por la que me refiero al caso de Amelia tiene que ver con historia, con cultura y con identidad. Se debe a que mi empatía con esa niña, su madre y su abuela me nace desde el lado derecho del cerebro y me hace agarrar, por ende, un puñado de emociones con la mano izquierda; me surge desde la historia de la humanidad y desde mi historia particular.

Afortunadamente, trabajosamente, solidariamente, emotivamente, corajudamente, subversivamente, perseverantemente, las mujeres hemos ido aprendiendo a agruparnos, a apoyarnos, a solidarizarnos y a defendernos entre todas. Ya no somos un tímido ratón jeremillento, solito frente a monos poderosos y gatos erizados, esperando su sentencia de muerte.

Es así como entre todas, en red, aportando cada una su saber, su hacer y su sentir, hemos logrado muchos triunfos a lo largo de la historia, unos más grandes y visibles que otros. Esta vez, conseguimos asustar al gato y al mono: logramos que Amelia se quedara en su nidito sureño, con su mamá y sus hermanas, juntas las cuatro en torno a la cocina a leña (al menos así las imagino).

Así se estila por esas tierras con mar que, lejos de ser el lugar que describiera la jueza, tan poco acogedor y tan inadecuado para la vida de una niña, es uno más de los paisajes donde cualquiera querría estar: en calma, mirando un entorno natural que aún no ha sido tan pisoteado como otros, donde viven personas cuya idiosincrasia es particular; pero no en el sentido negativo que se desprende del argumento de aquella jueza, sino tan particular como la idiosincrasia de quienes habitan cualquier rincón de Chile o del mundo.

No sólo estos casos me han hecho pensar en el mono, el gato y el ratón. Por ejemplo, inmensa muchedumbre reunida esperó la sentencia largo rato en el caso de Nabila Rifo.

Vaya si danzó allí ese martillo… Y todos fuimos testigos de la violenta contienda tan reñida. Fuimos testigos del trato vejatorio a que se sometió a Nabila durante la audiencia en que dio su testimonio. Fuimos testigos también de su fuerza y resistencia. Nos manifestamos en las calles, opinamos en los medios, escribimos artículos, expusimos letreros y pancartas.

Cuando vimos la sentencia, creímos que habíamos mitigado en algo el poder de los gatos y el baile del martillo: Mauricio Ortega fue condenado a 26 años de presidio. Sin embargo, el gato alega que no se respetaron sus derechos, su compinche el mico agarra su martillo y van emprendiendo la danza nuevamente: estamos ante la posibilidad de otro juicio o de que le regalen al felino sonriente lo que en lenguaje de monos se llama una pena sustitutiva. ¡Porque él es grande y usted es chico, y últimamente porque yo lo mando! ¡Chan-chan!

¿Será posible cambiar la moraleja? En cierto modo, lo hicimos para Nabila. Quién sabe cómo habría sido el fallo para Mauricio Ortega si el caso no hubiera tenido la cobertura mediática que tuvo –aun cuando los medios no siempre se hayan movido por convicción, sino por morbo–; quién sabe qué baile habría bailado el martillo si no hubiésemos armado las mujeres el escándalo que armamos.

No es nada improbable que el resultado fuera el mismo que en aquel juicio por violación en ese tribunal de Coyhaique, que por lo demás es igual en tantos otros casos de violencia hacia las mujeres, con o sin tribunal, con o sin denuncia: impunidad para el acusado.

Ahora, a empezar todo de nuevo: a enarbolar carteles, a instalarnos en la entrada de los Tribunales, a gritar por las calles y por los medios. No hay descanso.

Cabe preguntarse si influirá en la decisión de la corte la atinada afirmación de su defensor: a Mauricio Ortega “le habría salido más barato matarla” que dejar a Nabila en el estado en que la dejó. Desde el fondo de mi alma y mi razón espero que les juegue en contra. La ley debería sancionar un abogado que se expresa de esa manera, inconcebiblemente irrespetuosa, por decirlo de manera eufemística. Pero, claro, para eso faltan varias décadas, siendo optimista.

Optimista, porque nos hemos pasado siglos reivindicando derechos; haciendo esfuerzos incansables por despertar conciencia en la sociedad. “Sin embargo, nos vemos ante la indignante realidad de que no hay impedimento alguno para que sea candidato a la Presidencia de la República un hombre capaz de ver la violación como si fuera un divertido juego para hacer reír al público”.

Tampoco para uno que ríe al presenciar una ofrenda de hule en forma de mujer desnuda que se puede inflar y desinflar a discreción. Al darse cuenta del gafe, creen que basta con pedir disculpas, dar explicaciones y minimizar una aberración comparándola con otra. Lo peor es que para muchos sí es suficiente y ni siquiera tiene importancia.
¿Podemos esperar algún cambio –que pueda llamarse cambio– al sistema judicial –o a cualquier otro–, en un país regido por tales especímenes de la fauna social?

Como dijo uno de ellos, “el machismo es más profundo de lo que uno cree”. Lo felicito, señor candidato, por su incipiente proceso de toma de conciencia, más vale tarde que nunca. Además, afirmar que en Chile se está abriendo ese debate… ¿No será mucha ignorancia? O ceguera, o ambas.

Si bien me cuesta imaginar un Presidente de la República con el nivel de desconocimiento, desfachatez, insensibilidad, irrespeto –¿misoginia?– que han mostrado estos candidatos, sé que la probabilidad de algo tan inimaginable es aterradoramente real. Por lo demás, ni siquiera es de extrañar: las cosas más inimaginables y aterradoras han sido reales en Chile…

Quisiera creer que la mayor parte de la ciudadanía lo encuentra tan increíble y pavoroso como yo. Quisiera soñar siquiera con que en noviembre nos comprometamos en masa con la posibilidad de comenzar un cambio social verdadero, que termine con filosofías como “la medida de lo posible”, “es lo que hay”, “hay que tener paciencia” y todas las que producen políticas de cuatro patas y ratones jeremillentos mirando resignados la baba que chorrea de los colmillos del gato.

Cómo quisiera que, a la hora del recuento de votos, mi escepticismo se llevara la más sorpresiva y sorprendente sorpresa de su vida…

Sería como creer en el arcoíris. No voy a caer en una utopía que de tan utópica parece una cursilería. Hay que ser realista… ¡Porque él es grande y usted es chico, y últimamente porque yo lo mando!

En el mundo hay demasiados monos bailarines, con y sin martillo. En comparación con los ratones –unos más jeremillentos que otros–, el porcentaje de felinos miserables que tocan el bombo es mínimo, eso se sabe; pero ¡hay que ver lo bien que lo hacen!

©2017 Politika | diarioelect.politika@gmail.com

1 Respuesta a los comentarios

  1. Avatar
    noviembre 18, 2017

    Yo si dejo un comentario: Siempre pense’ encontrar esta fabula completa pero no habia dedicado tiempo para hacerlo. Hoy mas que nunca me he sentido identificada con ella por una injusticia que se asemeja mucho a la situacion del raton en cuestion. Tengo que pagar una cuenta que en justicia deberia de pagar alguien mas pero no quiero entrar en detalles. Asi que, “dejese usted comer y calle el pico…por que el es grande, por que usted es chico y ultimadamente, por que Yo lo mando”….Nunca tan acertadamente! Gracias!

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