Felipe Portales
Estamos siendo testigos de un inusitado crecimiento de la barbarie en el mundo. Vemos
guerras y amenazas de guerra por doquier e incluso genocidios como en Gaza y Sudán. Sin
duda que la humanidad no ha avanzado en el camino de una auténtica civilización. Esto,
pese a que aquella ha progresado mucho históricamente en muy diversos ámbitos, como
el científico, tecnológico, económico, cultural y médico. Y también lo ha hecho en los
planos moral y político al abolir universalmente la esclavitud y la servidumbre; e ilegalizar
la tortura, y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes. E incluso ha avanzado
bastante en el establecimiento de sociedades más libres y democráticas. Sin embargo,
conserva una nefasta “institución” que no sólo nos ancla en la barbarie, sino que además
amenaza creciente y literalmente la supervivencia misma de la humanidad: la guerra,
como recurso legítimo para resolver los conflictos entre las naciones.
De partida, con la guerra se ponen en cuestión todos los fundamentos de la moral que
hemos ido adquiriendo poco a poco históricamente. Así, al entrar en guerra se pierde
completamente el respeto de todo derecho de los nacionales del bando antagonista.
Matar al “enemigo” desde luego, no sólo se convierte en un derecho sino incluso en un
deber. Asimismo, cuando los intereses del bando propio lo “exigen”, se convierte en un
deber bombardear, torturar, destruir, mentir, engañar, chantajear, espiar, despojar de
bienes y, en general, toda conducta destinada a dañar las posibilidades de triunfo de
nuestros adversarios. Es decir, podemos concluir que estando en guerra todo el mal que
podamos hacer a nuestros enemigos se convierte en bien para nuestra nación y, de este
modo, pasa a justificarse plenamente.
En la práctica, para los miembros de cada una de las naciones en guerra su propia nación
se convierte en una suerte de ídolo por el cual se relativizan todos los valores. Y más allá
del discurso de paz que se les enseñe, a la niñez y juventud de la generalidad de las
naciones se las adiestra para que justifiquen las diversas guerras en que aquellas se han
visto históricamente involucradas y, peor aún, para que estén completamente dispuestas a
participar en ellas en la medida que “estallen” en el futuro, sean cuales sean las causas
que las originen. Y, por cierto, a llevar a cabo todas las conductas mencionadas que se
estimen necesarias para derrotar a la nación “enemiga”.
Por otro lado, la legitimidad de la guerra impone de contrabando una concepción de la
vida que, vista crudamente, debiera avergonzarnos a todos. En definitiva, que las naciones
tienen tan mala concepción mutua que cada una de ellas percibe en las otras una
disposición eventual a hacerle todo el mal que pueda con tal de lograr sus objetivos. Es
decir, que las naciones se ven unas a otras como radicalmente inmorales y que la única
forma de evitar que las demás nos causen todo el daño a que están dispuestas, es
teniendo mayores dispositivos bélicos que las “enemigas”, para así “disuadirlas” de
llevarlos a cabo, lo que obviamente desemboca en una carrera armamentista que
aumenta el sentimiento de mutua amenaza y que resta crecientemente recursos para que
los Estados puedan satisfacer las necesidades básicas de sus ciudadanos. Y, de este modo,
¡cada una considera que sólo la otra es una potencial “malvada”! Y la única forma por la
que todas esquivan sentirse efectivamente como tales es el sofisma de definirse a sí
misma “la buena de la película”. Y para ello tienen, por cierto, que construirse una historia
propia que las exonere de todo mal y que culpe a las otras en los conflictos bélicos que
han tenido en el pasado o que eventualmente tengan en el futuro. Ciertamente, dicho
recurso “convierte” a todas y cada una de las naciones en conflicto en “buena” y a las
demás en “malas”…
Lo notable es que pese a los milenios en que este evidente contrasentido se ha utilizado
para tranquilizar las conciencias, ¡todavía sigue teniendo “validez”! Es decir, continuamos
usando sofismas para justificar el mal; y un mal tan terrible y mortífero como la guerra. Y
más aún cuando desde 1945 la humanidad ha inventado un armamento de tal capacidad
destructiva que ya puede convertir la guerra entre naciones en algo apocalíptico. Es decir,
seguimos siendo bárbaros y en la medida que la guerra continúe siendo legitimada, será
inevitable la proliferación nuclear, con lo que agregaríamos a la barbarie una creciente
probabilidad de cometer el mayor crimen imaginable: la virtual autodestrucción de la
humanidad…











