Mg. José A. Amesty Rivera
El 25 de febrero de 2026 el mar frente a Cuba no fue una postal turística ni un fondo bonito para
redes sociales. Fue frontera caliente, tensión y pólvora. Una lancha rápida con matrícula de
Florida quiso meterse en aguas cubanas y terminó enfrentándose a tiros con tropas
guardafronteras cubanas. Diez hombres armados hasta los dientes (fusiles, explosivos, chalecos
tácticos). Cuatro muertos. Seis heridos y detenidos. Así lo dice el parte, seco, directo, crudo.
Pero en el barrio cubano y latinoamericano, se escucha otra cosa. ¿Otra vez con lo mismo?
Porque en América Latina tenemos memoria larga. Y cuando se habla de incursiones armadas
contra Cuba organizadas desde territorio estadounidense, no estamos hablando de chismes ni de
teorías raras. Ahí están los antecedentes de Alpha 66, saliendo de Miami con ataques y sabotajes
en los años sesenta. Ahí está el prontuario de Omega 7, dejando bombas y muertos incluso en
suelo norteamericano. Esto no es propaganda, es expediente judicial, son personas con nombre y
apellido, es historia escrita con sangre.
Por eso decimos claro, no es solo una lancha. Es el bloqueo. Es el embargo. Es el cerco
financiero que aprieta como mano en el cuello. Cuando desde Washington hablan de “máxima
presión”, en Cuba eso significa menos combustible, más apagones; menos piezas, más transporte
roto; menos insumos médicos, más hospitales inventando soluciones. El bloqueo, no es una
palabra bonita en un discurso diplomático, es el plato vacío en la mesa de los hogares cubanos,
es la libreta ajustada, es la angustia cotidiana.
Y cuando la vida se pone cuesta arriba, la gente se cansa, se frustra, se molesta. Y en ese
ambiente pesado, algunos desde el sur de la Florida leen el sufrimiento como oportunidad política.
“Ahora es el momento”, dicen. Pero ¿momento para qué? ¿Para meter más fuego donde ya hay
escasez? ¿Para convertir la necesidad en oportunidad armada?
Como advertía José Martí, “Valen más las trincheras de ideas que las trincheras de piedra”. Y aquí
hay quienes quieren borrar las ideas y quedarse solo con la pólvora. Creen que un fusil puede
resolver lo que no resolvió el debate ni la historia. Pero América Latina sabe (porque lo ha vivido)
que cada vez que se cambia la palabra por la bala, y el que pierde es el pueblo.
Las redes sociales ahora convierten todo en un espectáculo. Se transmite la violencia como si
fuera series por capítulos. Micrófono, bandera, discurso encendido. Se vende la cruda realidad
donde hay tragedia. Pero la bala no entiende de “likes”. No distingue entre izquierda o derecha
cuando atraviesa una pared. No pregunta si el herido vota aquí o allá. El que sufre es el de a pie,
la señora que vende café, el muchacho que estudia y trabaja, el abuelo que espera un
medicamento que no llega.
Lo dijo Roberto Fernández Retamar, cuando habló de la eterna disputa entre emancipación y
tutelaje en Nuestra América. Aquí la soberanía no es discurso para acto oficial. Es una cicatriz. Es
memoria de invasiones, de intervenciones, de dictaduras apoyadas desde afuera. Defenderla no
es negar errores internos. Es afirmar algo sencillo, los cambios los decide el pueblo cubano, no
una lancha con explosivos.
Y como escribió Nicolás Guillén, “El pueblo es quien carga el peso verdadero de la historia”. No los
que gritan desde lejos. No los que juegan a la guerra con uniforme nuevo y cámara encendida. El
peso lo cargan los barrios, las madres, los trabajadores. Los pueblos de Nuestra América.
También lo dejó claro el comandante Fidel Castro cuando dijo que a “este pueblo no lo doblega la
fuerza”. Más allá de simpatías o críticas, hay una verdad histórica, Cuba ha vivido bajo presión
durante más de seis décadas y no se ha rendido. Eso explica muchas cosas, incluso el orgullo,
incluso la resistencia, incluso la terquedad.
Y lo escribió Dulce María Loynaz en clave poética, más íntima pero igual de profunda, “la isla es
casa, es raíz, es pertenencia”. Y a la casa no se le dispara desde afuera diciendo que es por su
bien.
Por eso insistimos, el problema no es la lancha. Es el bloqueo. Es la asfixia económica que
enciende ánimos. Es el discurso de odio que normaliza la violencia. Es la idea peligrosa de que el
sufrimiento de un pueblo se utilice como herramienta política.
Mientras el bloqueo siga, mientras se siga apostando a la presión como receta mágica, siempre
habrá quien crea que puede acelerar la historia a balazos. Pero la historia latinoamericana ha
demostrado otra cosa, las guerras las declaran los poderosos, pero las lloran los pueblos.
Nosotros no necesitamos héroes de pólvora ni salvadores con fusil. Necesitamos menos cerco y
más diálogo, menos sanciones y más respeto, menos odio y más soberanía real.
Porque la dignidad no entra en lancha armada. La dignidad se construye desde abajo, con la
gente adentro, con debate, con contradicciones, con errores y aciertos propios, no con balas
apuntando desde afuera.











