Inicio Análisis y Perspectivas ¡CUÁNDO EL IMPERIALISMO TIENE HAMBRE…!

¡CUÁNDO EL IMPERIALISMO TIENE HAMBRE…!

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por Franco Machiavelo

Los arrodillados y lamebotas cómplices le quitan todo a sus pueblos para dárselo a ellos!!!

Cuando el imperialismo tiene hambre no llega con cadenas visibles, sino con contratos, tratados, créditos y discursos sobre “modernización” y “estabilidad”. No siempre necesita invadir: le basta con convencer. Y cuando no logra convencer, logra seducir. Y cuando no logra seducir, logra disciplinar.

Pero ningún poder externo puede saquear sin intermediarios internos. Ahí aparecen los arrodillados: élites locales que traducen el interés extranjero en “interés nacional”, que llaman progreso a la dependencia y orden a la subordinación. No actúan por ignorancia; actúan por cálculo. Comprenden que su permanencia en la cúspide depende más del aplauso del centro de poder global que del bienestar de su propio pueblo.

La traición de clase no comienza con una firma, sino con una mirada. Es el momento en que quienes nacieron del mismo suelo que su pueblo dejan de verse como parte de él y comienzan a verse como gerentes de un territorio administrable. Se desplazan simbólicamente: ya no hablan desde la comunidad, sino desde el mercado; ya no piensan en soberanía, sino en “confianza inversionista”; ya no defienden derechos, sino “reglas del juego”.

El imperialismo contemporáneo no necesita ejércitos permanentes cuando tiene hegemonía cultural. Si logra que los dominados crean que no hay alternativa, ha ganado la batalla decisiva. Se instala así una pedagogía de la resignación: se repite que “es lo posible”, que “así funciona el mundo”, que “no podemos aislarnos”. El lenguaje se convierte en herramienta de domesticación. Las palabras ya no describen la realidad: la moldean.

En ese proceso, los cómplices locales realizan volteretas morales asombrosas. Ayer denunciaban la desigualdad; hoy la administran. Ayer hablaban de justicia social; hoy celebran rankings y calificadoras de riesgo. Ayer prometían dignidad; hoy piden paciencia. El tránsito no es accidental: es la adaptación del discurso a la estructura del poder que los sostiene.

¿Por qué ocurre esta sumisión? Porque el poder no solo reprime: produce subjetividades. Forma dirigentes que piensan según las categorías del centro dominante. La obediencia no siempre se impone por la fuerza; muchas veces se internaliza como sentido común. Así, el dominado reproduce la lógica del dominador creyendo que actúa libremente.

También hay miedo. Miedo al aislamiento financiero, a la fuga de capitales, a la desestabilización. El imperialismo sabe operar sobre esas fragilidades. Sabe premiar a los leales y castigar a los díscolos. Y en ese tablero, algunos dirigentes prefieren la comodidad del aplauso extranjero al riesgo de la confrontación soberana.

Pero la historia demuestra que cada vez que se entrega el cobre, el agua, la tierra o la dignidad en nombre de la “estabilidad”, el costo lo paga el pueblo. Se profundiza la desigualdad, se debilita la democracia y se normaliza la dependencia. La riqueza sale; la precariedad queda.

Sin embargo, no todo está escrito. La hegemonía puede disputarse. Cuando los pueblos recuperan la palabra, cuando vuelven a nombrar las cosas por su nombre —saqueo, subordinación, dependencia—, la sumisión deja de parecer inevitable. La conciencia crítica rompe la ilusión de que no hay alternativa.

El imperialismo tiene hambre. Pero la historia también tiene memoria. Y los pueblos, cuando despiertan, no se arrodillan: se levantan. 

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