por Franco Machiavelo
La política exterior del actual gobierno de Chile se ha vuelto una copia casi automática de lo que dicta Washington. Con un discurso progresista hacia adentro, pero obediente hacia afuera, Chile termina actuando más como un país subordinado que como una nación con mirada propia.
El apoyo firme a Zelensky no nace de un análisis independiente, sino de repetir el relato de Estados Unidos y la OTAN. Se presenta el conflicto como una lucha “del bien contra el mal”, ocultando que detrás hay intereses geopolíticos y militares que nada tienen que ver con la defensa de la paz. En vez de recordar su propia historia de intervenciones extranjeras, Chile adopta sin cuestionar la narrativa de los poderes imperiales.
Al mismo tiempo, el gobierno critica a Cuba, Venezuela y Nicaragua con una rapidez que no usa frente a países aliados del capitalismo global. No es una crítica honesta ni equilibrada: es una señal de obediencia al orden internacional dominado por Estados Unidos. Se castiga sólo a los proyectos que no siguen las reglas del mercado y se guarda silencio frente a gobiernos que violan derechos humanos pero son aliados estratégicos de las potencias.
Bajo la bandera del “multilateralismo”, Chile en realidad termina alineado con la Casa Blanca. Usa el discurso de los derechos humanos de forma selectiva: se condena donde conviene, y se guarda silencio donde podría incomodar al poder económico o militar global.
En lugar de fortalecer la integración latinoamericana y construir una voz propia, el país ha quedado atrapado en una diplomacia que protege los intereses de la oligarquía mundial y del capitalismo transnacional. Es una política exterior que mira hacia el norte buscando aprobación, y que desconfía de cualquier proyecto que intente cambios reales en la región.
Lo que se presenta como “equilibrio” no es otra cosa que continuidad del neoliberalismo en el plano internacional. Chile no está defendiendo su soberanía: está siguiendo el libreto escrito por quienes siempre han dominado el continente. Cuando un gobierno renuncia a pensar por sí mismo, termina hablando con la voz del imperio.











