por Franco Machiavelo
En Chile no gobierna solo el mercado: gobierna la idea de que no hay alternativa. Esa es la victoria más profunda del neoliberalismo. No la represión visible, sino la obediencia voluntaria; no el garrote, sino el consentimiento fabricado. La dominación ya no necesita uniformes cuando logra instalarse en la cabeza de los dominados.
La falsa conciencia no cae del cielo ni nace de la ignorancia individual. Es producida, administrada y reproducida todos los días. Se enseña en la escuela como “educación cívica”, se repite en los noticiarios como “sentido común”, se celebra en el consumo como “libertad”, y se castiga como “violencia” cuando alguien la cuestiona. Así, el trabajador termina defendiendo el orden que lo precariza, temiendo más al pobre que protesta que al rico que saquea.
El milagro chileno —ese dogma incuestionable— no fue solo obra de la derecha pinochetista. Fue consolidado, normalizado y blindado por sectores neoliberales socialdemócratas que administraron el modelo con rostro humano, pero con estructura intacta. Cambiaron el lenguaje, suavizaron el discurso, pero mantuvieron la matriz: mercado soberano, derechos convertidos en mercancía, y democracia reducida a administración técnica del despojo.
Así, el neoliberalismo dejó de ser una imposición autoritaria para convertirse en una moral, una forma de vida. Se volvió transversal. Penetró incluso en quienes dicen combatirlo, pero no se atreven a tocar sus pilares. Privatizaron el futuro y luego nos culparon por no saber administrarlo. Nos hablaron de igualdad mientras protegían la acumulación. Nos ofrecieron inclusión, pero solo como clientes endeudados.
La hegemonía se completa cuando el conflicto social es presentado como desorden, cuando la protesta es criminalizada y la pobreza moralizada. El problema ya no es la explotación, sino la rabia; no el abuso, sino la reacción. El lenguaje mismo es disciplinado: se puede opinar, pero no transformar; se puede votar, pero no alterar el modelo. La política queda vaciada y la economía sacralizada.
Hoy, en Chile, la hegemonía burguesa está interiorizada cuando amplios sectores populares repiten el discurso del patrón, defienden al represor y desconfían más del vecino que del empresario. No es estupidez: es una derrota cultural cuidadosamente construida. Una pedagogía del miedo, del mérito individual y del “no se puede”.
Pero toda hegemonía es inestable. Cuando la realidad golpea —salarios miserables, pensiones indignas, salud endeudada, territorios saqueados— la conciencia empieza a fisurarse. Y ahí aparece el verdadero peligro para el orden: cuando los de abajo dejan de explicar su miseria como fracaso personal y comienzan a leerla como injusticia estructural.
Por eso el problema nunca fue solo la derecha explícita. El problema fue —y sigue siendo— quienes prometieron cambio y administraron continuidad. Porque no hay dominación más eficaz que aquella que se presenta como progreso, ni traición más profunda que la que se disfraza de gobernabilidad.
La hegemonía burguesa interiorizada no se combate con slogans ni con elecciones vaciadas de contenido. Se combate recuperando la conciencia, el conflicto y la dignidad colectiva. Todo lo demás es gestión del mismo orden.











Sí pero no podemos esperar que las cosas sean diferentes si todo está en manos de la oligarquía. A lo mejor va resultar redundante, pero nada cambiará mientras la tierra, las armas y la ley estén bajo el dominio de los mismos de siempre. Por la vía democrática, del diálogo, de los consensos, ni con el mejor de los candidatos, ni creando el partido más pegajoso, se logrará arrebatar a los dueños del país, el poder que tanto mal a hecho a los pueblos. Eso solo se logra con un levantamiento, tal como se ha hecho en otros lugares del mundo. Puede sonar a cuco, pero nada, estamos bajo un imperio gobernado por un deschabetado que en cualquier momento le declara la guerra a cualquiera; el problema es: ¿estamos preparados para enfrentar tales acontecimientos? Ahora podemos ver esta «derrota» como una oportunidad para salir del escondite. La democracia actúa como una coraza del poder que impide una respuesta adecuada a la reacción. Hay algunos que siguen creyendo en que se puede alcanzar la justicia social por medio del voto. Bueno, son como aquellos niños que siguen dejando sus zapatitos para que el viejo pascuero les deje un regalo. Se dice. los que prometieron y no cumplieron. Si pero prometieron algo que no podían cumplir. Los sonsos fuimos nosotros los que les creímos tales imposibles. Me incluyo para no pasar como presumido, pero la verdad es que nunca le he creído ni una sola palabra a la pseudo izquierda. Los derechistas son pillos y sinvergüenzas, pero no tontos; caminarán en puntillas para no despertar al lobo. Por eso es necesario dormir con un ojo abierto. La paz solo significa que nada cambiará. Amén.Feley.