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El espejismo Jara: cuando el neoliberalismo se disfraza de pañuelo proletario

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por Franco Machiavelo

No se trata aquí de atacar a una persona, sino de desmantelar el andamiaje ideológico que la sostiene: el paradigma neoliberal, maquillado con retórica social y servido en bandeja al imperialismo y a la oligarquía local. La señora Jara es apenas la cara visible de un dispositivo de poder que se vende como “progresista” pero que en su engranaje real está diseñado para proteger la concentración de la riqueza, asegurar la continuidad del extractivismo y preservar la impunidad de las élites.
 
El pañuelo proletario que exhibe como amuleto de autenticidad no es más que mercancía política: un souvenir sentimental de su pasado de clase, cuidadosamente empaquetado para el consumo electoral. El problema no es su accesorio, sino su currículum político: décadas orbitando en la administración pública bajo cupos y redes de patronazgo, un ecosistema donde la lealtad al modelo pesa más que cualquier agenda transformadora.
 
Su trayectoria revela un patrón: el de la “seudo izquierda” que aprendió a convivir —e incluso mimetizarse— con la derecha. No es una anomalía, es una lógica de reproducción de poder. Cambian los discursos, no las estructuras.
 
En lo político, Jara se comporta como ese jugador torpe que, en cuanto recibe el balón, se autoanula. Sus incoherencias no son lapsus ni accidentes: son la consecuencia de intentar sostener dos discursos irreconciliables, uno para la galería popular y otro para los dueños del país. Y así, cada vez que tiene la oportunidad de defender ideas de fondo, se limita a regatear sin rumbo hasta perder la jugada.
 
Su negativa a participar en debates abiertos es la confirmación de esta fragilidad política. Porque el debate público exige sustancia, coherencia y coraje para enfrentar preguntas incómodas. Y en un campo donde los intereses del capital y del pueblo chocan frontalmente, el silencio no es prudencia: es alineamiento.
 
En resumen: el problema no es su color político, es su función política. No representa una alternativa real, sino la continuidad del mismo guion escrito por las élites. Un guion donde el cambio es pura escenografía y el fondo sigue siendo propiedad privada del capital.

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