Inicio Historia y Teoria CRISTIANIZAR. Matanzas, esclavitud y saqueos

CRISTIANIZAR. Matanzas, esclavitud y saqueos

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revista El Topo

Por Ignacio Vila

Cuando los invasores españoles, dirigidos por Hernán Cortés, vieron por primera vez Tenochtitlan en noviembre de 1519, no podían creer lo que veían. Los españoles se encontraron con un sitio fascinante al grado de pensar que se trataba de un sueño y lo describieron como la “Venecia del Nuevo Mundo”.

El escritor y conquistador Bernal Díaz del Castillo escribe que al avistar el valle de México por primera vez, los conquistadores quedaron maravillados. En sus memorias, Bernal comparó las grandes torres, templos y edificios que emergían del agua directamente con las ciudades encantadas del libro de caballerías Amadís de Gaula.

El escritor y colonizador español, Fernández de Oviedo, la describió como una ciudad palaciega, edificada en medio del lago Texcoco. “Era una urbe refinada, con baños públicos, con una treintena de palacios que albergaban finas cerámicas y elegantes enseres textiles.”

El mismo Hernán Cortés, relata en sus cartas y documentos que “Es tan grande la ciudad como Sevilla y Córdoba. Son las calles de ella, digo las principales, muy anchas y muy derechas…”

Tenochtitlán tenía al momento de la llegada de los españoles unos 200.000 habitantes. Para ponerlo en perspectiva, París tenía unos 150.000 habitantes en ese momento, Londres unos 60.000 y Roma apenas 50.000.

Bernal Díaz del Castillo, escribe: “Y de que vimos cosas tan admirables, no sabíamos qué nos decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, e veámoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchas puentes de trecho a trecho; y por delante estaba la gran ciudad de México.”

En la obra “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, de Bernal Díaz del Castillo, éste consignó lo siguiente: “…y después de bien mirado y considerado todo lo que habíamos visto, tornamos a ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella había, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había sonaba más que de una legua; y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada
y con tanto concierto y tamaño y llena de tanta gente no la habían visto…”

Fray Francisco Aguilar comenta “[…] el dicho Ordaz, el cual dijo que venía espantado de lo que había visto; y preguntado que qué había visto, dijo que había visto otro nuevo mundo de grandes poblaciones y torres, y una mar, y dentro de ella una ciudad muy grande edificada, y que, a la verdad al parecer, ponía temor y espanto […]”.

Estos fueron los comentarios de los mismos conquistadores. En la actualidad algunos españoles, claro, no el pueblo de la Guerra Civil, otros… les ha vuelto la nostalgia por el Imperio español. Esto va de la mano con el intento de hacer renacer una extrema derecha, VOX, que se siente heredera de Isabel la Católica y de Hernán Cortés. Claro que detrás de ellos se arrastran personajes como Santiago Armesilla que toma la defensa de la colonización nada menos que desde el marxismo.

En los últimos tiempos, se hizo mundialmente famosa, Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, afirmando sin siquiera arrugarse que “México no existió hasta que llegaron los españoles”. Esta polémica declaración ocurrió durante un pleno en la Asamblea de Madrid el 14 de mayo de 2026. Junto con ella se destaca en la defensa furiosa del colonialismo por Joaquín Domínguez Portela, el streamer español conocido como “El Xokas” quien declaró sin inmutarse: “Ellos eran tribus, subdesarrollados (…) ellos eran tribus, joder, eran nómadas también (…) Nosotros en 300 años les avanzamos 1.500”.

Estas afirmaciones de la derecha española son un claro ejemplo de justificación ideológica del colonialismo. Las potencias europeas, bajo el discurso de “llevar civilización”, en realidad imponían relaciones de explotación y acumulación de capital.

En América Latina, la colonización no trajo progreso para las mayorías, sino la destrucción de estructuras económicas y culturales preexistentes, la imposición de modos de producción esclavistas y semifeudales, y la extracción forzada de recursos.

Los pueblos indígenas y afrodescendientes no carecían de civilización; tenían sus propios desarrollos sociales avanzados.

El “dar civilización” fue un eufemismo para el saqueo, genocidio y opresión, cuyas consecuencias persisten en el subdesarrollo y la dependencia estructural de la región hasta el día de hoy.

La colonización no desarrolló fuerzas productivas para beneficio local, sino que organizó la producción en función de la metrópoli.

Ejemplos concretos:
· La mita y la encomienda en los Andes, formas de trabajo forzado que extraían plata para España mientras las
comunidades indígenas quedaban sin recursos para su propio desarrollo.
· La hacienda latifundista, que no era capitalista sino semifeudal: el latifundista acumulaba tierra y controlaba mano
de obra mediante deudas y coerción extraeconómica.

La “civilización” se usó para legitimar el despojo.
Concretamente:
· La doctrina de la “guerra justa” (Sepúlveda contra Las Casas) decía que los “bárbaros” debían ser sometidos para
recibir la fe y la ley.
· En el siglo XIX, el positivismo español y criollo sostenía que los pueblos originarios eran “obstáculos al progreso”, justificando el genocidio del norte al sur de América.

España extrajo metales preciosos, pero no invirtió en industrias locales. Concretamente:
· El monopolio comercial a través de la Casa de Contratación de Sevilla obligaba a América a comprar productos
manufacturados españoles caros y vender materias primas baratas.
· Eso generó una dependencia estructural que el marxismo llama “transferencia de valor” desde las periferias al centro.
La “civilización” significó destrucción de formas comunales de propiedad. Ejemplo concreto:
· Las comunidades indígenas bajo el sistema de ayllu o calpulli fueron disueltas mediante las reducciones (reasentamientos forzados) y las leyes de composición de tierras que permitieron a los criollos apropiarse de tierras comunales.
José Carlos Mariátegui (peruano) lo expresó así: el gamonalismo (latifundismo) no era un residuo feudal, sino el resultado directo de la colonización española, que impidió el desarrollo de un capitalismo agrario independiente.
En resumen, España no trajo “civilización” a territorios vacíos, sino que reorganizó violentamente sociedades existentes para extraer plusvalía, y el discurso civilizatorio es la forma ideológica que oculta ese proceso de explotación, saqueo y dependencia que aún perdura.

El asesinato fue uno de los instrumentos de la colonización:
En la América inglesa/protestante:
· La Guerra Pequot (1636-38): colonos de Connecticut y Massachusetts, junto a aliados nativos rivales, masacraron a unos 700 Pequot (hombres, mujeres y niños) en el fuerte de Mystic. Los sobrevivientes fueron esclavizados o vendidos a Bermudas. Los colonos declararon “día de acción de gracias” por la matanza.
· La Guerra del Rey Felipe (1675-76): murió el 40% de la población de los Wampanoag, Narragansett y Nipmuc. Los
colonos decapitaron al líder Metacom (Rey Felipe) y exhibieron su cabeza en una pica durante 25 años.
· Las leyes de exterminio como la Act for the Encouragement of the Destruction of the Pequot Indians (mayo 1637), que pagaba por cabelleras y prisioneros.
En la América española/católica:
· La matanza del Templo Mayor (1520) durante la Conquista de México: Alvarado asesinó a cientos de nobles y sacerdotes aztecas durante una ceremonia religiosa.
· Las guerras de Chichimecas (1550-1590) en el norte de México: los españoles aplicaron una “guerra a sangre y fuego”, con esclavización masiva y ejecuciones sumarias.
· El genocidio selk’nam (fines del siglo XIX) en Tierra del Fuego: cazadores de ovejas y militares argentinos/chilenos, con apoyo inglés, mataron sistemáticamente a casi todo el pueblo Selk’nam (de unos 4.000 quedaron menos de 500 en 1920).
Las misiones salesianas fueron su brazo ideológico.
El papel económico concreto de la masacre La acumulación originaria requiere separar al productor de sus
medios de producción (tierra, herramientas). En América, eso no se hizo con contratos, sino con violencia directa:
· Desposesión de tierras: la masacre servía para despoblar regiones enteras y después repartir esas tierras entre colonos o compañías. Ejemplo: la Ley de Desplazamiento Forzado de Indios (EE.UU., 1830) permitió el Trail of Tears (4.000 cheroquis muertos en caminata forzada). Económicamente, esas tierras se convirtieron en plantaciones de algodón (esclavistas) y, después, en granjas familiares y ferrocarriles.
· Eliminación de la competencia por recursos: en la minería de plata de Potosí o en la fiebre del oro de California, los nativos eran vistos como “estorbo” para extraer metales. La masacre permitía a los colonos acceder sin oposición a minas, bosques y ríos.
· Mano de obra forzada: No todos los nativos eran asesinados.
Muchos eran capturados y vendidos como esclavos. En las Carolinas, los colonos ingleses realizaban “razzias” anuales para capturar nativos y venderlos a las plantaciones azucareras del Caribe. En el Perú colonial, el sistema de mita minera causaba una mortalidad anual del 10-15% entre los indígenas trasladados por la fuerza.

La ideología que justificó la masacre: de Sepúlveda al Destino Manifiesto
Ningún colono dijo: “vamos a cometer genocidio”. Dijeron: “vamos a civilizar, evangelizar, traer progreso”.

· En el caso español, Juan Ginés de Sepúlveda (1547) argumentaba que los indígenas eran “esclavos por naturaleza”
(aristotélicos), “pecadores bárbaros” (cristianos), y que someterlos a guerra justa era un acto de caridad para salvar
sus almas. Sus oponentes (Las Casas) no negaban el derecho de España a gobernar; solo cuestionaban los métodos.

· En el caso anglo-protestante, John Winthrop (gobernador de Massachusetts) decía que los nativos no tenían “derecho natural” a la tierra porque no la “mejoraban” con cercamientos (propiedad privada) y cultivo intensivo. La masacre se veía como “juicio divino” contra los “filisteos” que ocupaban la tierra prometida.
· En el siglo XIX, Destino Manifiesto (John O’Sullivan, 1845) decía que “está en nuestro destino anglosajón extendernos por todo el continente”. La masacre de nativos era “inevitable” como el choque entre “razas superior e inferior”.

Y sobre el civilizador Hernán Cortés: Uno de los episodios señalados ocurrió en Tepeaca, donde Cortés recibió a indígenas del pueblo de Cholula que se habían rendido pacíficamente. El Cortés separó a 400 hombres, a quienes ordenó asesinar, mientras que a mujeres y niños —unos tres mil— les marcó la piel con hierro candente para reducirlos a esclavitud.

En Texcoco, Cortés esclavizó y marcó a indígenas que también se habían rendido en paz y saqueó sus tierras antes de la caída definitiva de Tenochtitlán. Además, en Cuernavaca y Oaxtepec, sometió y mandó asesinar a líderes locales que acudieron a recibirlo sin hostilidad; más de 500 personas fueron marcadas y esclavizadas.

El “dar civilización” no fue un acto de generosidad cultural, sino la fachada ideológica de un proceso material de robo de tierras, trabajo y recursos que exigió la eliminación física de quienes se resistían. La masacre y el genocidio no fueron un error, sino una política sistemática (con leyes, ejércitos, iglesias y escuelas que la respaldaron). Por eso, cuando la derecha española (o la estadounidense) alardea de su “legado civilizatorio”, está homenajeando sin saberlo (o sabiéndolo muy bien) a los verdugos de millones de seres humanos.

Esto toca el corazón del análisis de clase: la clase dominante actual no es una nueva élite surgida de la nada, sino la
continuadora directa de los privilegios forjados en el genocidio, la esclavitud y el despojo colonial. El concepto de reproducción ampliada de las relaciones de producción: las estructuras de explotación no desaparecen con la independencia formal o con el fin de la colonia, sino que se transforman para mantener el poder de los mismos grupos.

La cadena concreta de herencia: de los asesinos coloniales a los capitalistas de hoy.

No es metáfora: muchas de las familias que hoy dominan la economía en América Latina y Estados Unidos tienen un origen trazable en:

· Los encomenderos y latifundistas coloniales: sus descendientes se convirtieron en la oligarquía criolla terrateniente.

Tras las guerras de independencia (siglo XIX), mantuvieron sus haciendas y, en muchos casos, se aliaron con el capital extranjero. Ejemplos concretos:
· En Chile: la familia Edwards (dueña de El Mercurio) desciende de encomenderos del siglo XVI. La familia Larraín
(bancos, viñas, construcción) tiene el mismo origen colonial.
· En Perú: los Prado y Aspíllaga (bancos, azúcar, minería) vienen de la nobleza virreinal.
· En México: los Terrazas (Chihuahua, latifundio y después industrial) fueron uno de los clanes más poderosos del porfiriato, con raíces en la colonia.
· Los tratantes de esclavos y plantadores ingleses en EE.UU.
: Familias como los Lees (Virginia), los Pinckney (Carolina del Sur) o los Bush (sí, la familia Bush se enriqueció con el comercio de esclavos y el algodón en el siglo XIX). Sus descendientes siguen en la banca, la política y el petróleo.
· Los mineros y comerciantes monopólicos : La extracción de plata en Potosí o México financió a casas comerciales que después se convirtieron en bancos. Por ejemplo, el Banco de Avío en México (1830) nació de capitales mineros coloniales.

La burguesía criolla necesitaba un relato que borrara el origen criminal de su riqueza. Para eso inventaron:
· La independencia como “ruptura”: Presentaron las guerras contra España como un acto de liberación, ocultando que ellos mismos eran descendientes de los conquistadores. Simón Bolívar, por ejemplo, provenía de una familia de mantuanos (aristocracia venezolana enriquecida con minas y tierras). Su lucha no era contra el latifundio, sino por tomar el poder que antes tenía la metrópoli.

· El liberalismo como justificación: Adoptaron el discurso del “progreso”, la “propiedad privada” y el “mérito individual”
para legitimar su riqueza, sin mencionar que esas propiedades habían sido robadas con violencia.
· El racismo como clasismo: Mantuvieron la jerarquía étnica colonial. El indígena y el afrodescendiente continuaron siendo mano de obra barata, excluida de la educación, la política y la propiedad.

El ciclo se reproduce hoy: las mismas estructuras, nuevos nombres

En el capitalismo actual, la clase dominante ya no necesita fusilar indígenas directamente (aunque ocurre en casos como la minería en Guatemala o el agronegocio en Brasil). En cambio, utiliza:
· Los aparatos del Estado: leyes de minería, tratados de libre comercio, represión policial a movimientos campesinos (MST en Brasil, CONAIE en Ecuador, Mapuche en Chile/Argentina).
· Las corporaciones multinacionales: Iberdrola, Repsol, Santander (españolas) o Chevron, Exxon, Cargill (estadounidenses) siguen extrayendo recursos y pagando salarios de miseria, con el apoyo de las élites locales.
· Los medios de comunicación: propiedad de los mismos apellidos coloniales, que difunden la ideología del “emprendimiento”, el “riesgo país” y el “peligro del populismo”.

Marx decía que el capital es “trabajo muerto que se reanima” explotando trabajo vivo. El capital actual en América Latina y EE.UU. es trabajo muerto de indígenas esclavizados, negros arrancados de África y campesinos desposeídos.

Ese origen no se borra porque ahora la plusvalía se extraiga con contratos laborales y satélites.

Por eso, el marxismo plantea que no hay “justicia social” posible sin romper esa herencia concreta: o mediante una reforma agraria radical que disuelva el latifundio, o mediante la expropiación de las empresas que son continuadoras directas del despojo colonial.

Y, más allá, la construcción de una economía planificada que desmonte la lógica de la acumulación originaria permanente.

Lo que la derecha nunca dice Cuando la derecha española presume de “civilización”, calla que los apellidos que hoy dominan el IBEX 35 y el PP/PSOE son los mismos que financiaron las expediciones de Hernán Cortés y Pizarro. Que el palacio de la familia Botín (Banco Santander) está construido con oro de Potosí y plata de México. Que la fortuna de la familia March (Banca March, también en el IBEX) viene del contrabando y la especulación durante la colonia.

Y en EE.UU., cuando hablan de “sueño americano”, esconden que los Rockefeller, los Carnegie, los Morgan (y sus herederos actuales como los Walton de Walmart) se enriquecieron sobre ferrocarriles construidos con tierras robadas a nativos y con trabajo de esclavos y chinos inmigrantes.

La clase dominante actual no es una “nueva élite” ni un “mérito del mercado”. Es la continuadora orgánica de los verdugos coloniales. Su riqueza es un gigantesco botín de guerra sin prescripción. Y el discurso de “traer civilización” es el mismo que usaron para justificar la masacre, solo que ahora lo disfrazan de “libre mercado”, “democracia” y “globalización”. Por eso, luchar contra el capitalismo hoy en América Latina es inseparable de luchar contra el legado colonial

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