Claudio Katz 2
El socialismo es una vieja aspiración de los militantes populares que bregan por construir una sociedad de igualdad y justicia. Es un proyecto situado en el polo opuesto del capitalismo y ambiciona erradicar los padecimientos sociales, las tragedias bélicas y la destrucción del medio ambiente que genera ese sistema. Su prioridad es revertir la
tremenda desigualdad contemporánea, con políticas de expansión de la propiedad pública y autoadministración popular. Este proyecto ha comenzado a recobrar fuerza en distintos rincones del planeta.
MUTACIONES Y PROTAGONISTAS
El planteo socialista tuvo acogidas muy diversas en las últimas décadas. Hubo un período de esperanza en la segunda mitad del siglo XX, durante el auge del denominado bloque socialista en un tercio del mundo. Posteriormente irrumpió el entusiasmo de los años 70, al compás de la radicalización que suscitó el éxito de las revoluciones vietnamita y cubana.
Esa adhesión comenzó a erosionase por los cuestionamientos internos que generaron el conflicto chino-soviético, las críticas en Hungría, los distanciamientos de Yugoslavia, los replanteos en Checoslovaquia y el descontento en Polonia.
La posterior implosión de la Unión Soviética derivó en un rechazo del socialismo en los años 90 y en una generalizada indiferencia en la década siguiente, cuándo fuera de América Latina el proyecto igualitario parecía un tema del pasado. Ese malestar se diluyó posteriormente y en la actualidad hay muchos indicios de reconsideración del socialismo.
La disipación de la euforia neoliberal es el principal determinante de ese cambio. La crisis financiera del 2008 desmintió todos los presupuestos antisocialistas de optimismo con el capitalismo. Primero reapareció la intervención estatal para socorrer a los banqueros y luego se generalizaron las voces que ponderan la regulación de la economía, en desmedro de la primacía de los mercados.
La pandemia y la fractura de la globalización reforzaron esa rehabilitación de la intervención estatal, erosionando aún más el endiosamiento de “mano invisible” y de un funcionamiento espontáneamente equilibrado del capitalismo. Los programas de inversión estatal vuelven a presentar dimensiones gigantescas y crece el clamor por establecer algún tipo de impuestos significativos al nuevo puñado de mil millonarios digitales. Esa elite pretende capturar los gobiernos para consolidar su dominación plutocrática, ensanchando la escandalosa desigualdad actual.
En este escenario alejado de la veneración neoliberal de los mercados ha reaparecido el interés por recuperar la planificación, como herramienta de gestión económica. Ese instrumento tiene aplicaciones parciales en distintas áreas de la gestión capitalista, pero fue desarrollado y perfeccionado con las políticas socialistas que permiten su pleno desenvolvimiento.
La necesidad de planificar la economía y regular los mercados se ha tornado urgente, ante el descontrolado agravamiento de los desequilibrios ambientales y el aterrador desmanejo que genera la Inteligencia Artificial. Las catastróficas consecuencias de ambos procesos están creando enormes temores en los propios epicentros del capitalismo, quebrando la ingenua confianza en ese sistema que imperó al comienzo del nuevo siglo. Quiénes todavía repiten el burdo discurso que contrapone “el triunfo del capitalismo” con el “fracaso del socialismo” han perdido contacto con la realidad.
No registran que el nuevo escenario incluye el fulminante éxito de China, con su sostenido crecimiento y su disputa con Estados Unidos por la primacía en las tecnologías de punta. Ese logro obedece a que evitó la autodestrucción padecida por la Unión Soviética y optó por modificar el rumbo económico, sin demoler las ventajas legadas por su trayectoria socialista.
China ha reemplazado la exportación de bienes básicos por una amplia gama de productos elaborados y exhibe llamativas mejoras del nivel de vida de la población.
Superó por completo su vieja condición de país subdesarrollado y se ha transformado en un gran protagonista económico internacional prescindiendo de la coerción militar.
El gigante asiático desechó el neoliberalismo y la financiarización, pero no podría haber llegado a su estadio actual con la mera aplicación de modelos keynesianos. Desenvolvió un esquema de predominio de la esfera política sobre el
universo económico, que somete a los capitalistas a la autoridad efectiva del Estado.
Esos sectores privilegiados existen y son influyentes, pero no controlan los principales resortes del poder, ni las decisiones estratégicas que define el Partido Comunista. Por esa razón, funciona la regulación de la economía, se cumplen los planes quinquenales y se logra acotar el impacto de las crisis financieras.
Los gestores de ese modelo lo definen como una variedad de “socialismo de mercado”. Otros, lo visualizamos como un proceso en disputa hacia una larga transición al poscapitalismo. Pero en cualquier interpretación, China aporta numerosos argumentos para apuntalar la reconsideración del socialismo, que en ese país se conceptualiza en los ámbitos que revitalizan al marxismo. Esta misma secuencia se corrobora en Vietnam, que a otra escala está transitando por un proceso semejante.
REEVALUACIONES Y CONVULSIONES
El socialismo es un concepto primordialmente asociado con las conquistas populares. Se forja con las mejoras en el nivel de vida, que los desposeídos obtienen en su batalla contra el capitalismo. Con ese parámetro en mente, comienzan a emerger nuevas valoraciones del significado que tuvo la Unión Soviética.
El modelo económico de ese país estaba muy afectado por la improductividad, el desabastecimiento y la escasa variedad de consumos. Pero no arrastraba ninguno de los dramas contemporáneos del desempleo, el endeudamiento personal o la precarización del trabajo, que actualmente imperan en todos los países capitalistas.
Los enormes logros sociales que regían en la URSS tuvieron una proyección externa mayúscula, al imponer la vigencia del “Estado de bienestar” en Occidente. Las impensables mejoras que se instauraron y rigieron durante décadas en los países desarrollados, fueron aceptadas por el temor al comunismo, que clases dominantes asociaban con la existencia de la Unión Soviética. El desmoronamiento de ese régimen
abrió el camino para la ofensiva neoliberal y la sistemática demolición de los sindicatos, los convenios colectivos y los derechos de educación, vivienda y salud.
Este reconocimiento del significado que tuvo la URSS es un tema de debate actual, que permite superar las descalificaciones de esa experiencia. La economía de la Unión Soviética no fracasó en la competencia con Estados Unidos, puesto que ambas potencias estaban situadas en planos diferentes. En las relaciones efectivamente comparables, Rusia se encontraba mejor que Turquía, China avanzaba más que la India y Europa del Este no padecía ninguna de las grandes desgracias de América Latina.
Esta reevaluación de la URSS comienza a ganar adhesión dentro de Rusia, desde que fue superada la desintegración de la era Yeltsin. Frente a un bloque occidental belicista actualmente empeñado en doblegar o fracturar al país, se afianza la revalorización de los logros conseguidos por la Unión Soviética, durante décadas de resistencia a esa misma agresión.
La guerra de Ucrania, las sanciones comerciales de Estados Unidos y la presión financiera de Europa han consolidado esa reconsideración, que objeta el suicidio político cometido con la disolución de la URSS. La revisión de ese desacierto explica el rescate de los valores socialistas y la reaparición de la simbología comunista, en iniciativas internacionales (como el Sovitern) que convocan a retomar el bolchevismo.
El socialismo recupera también significado por el contexto bélico, que se verifica con especial virulencia en Ucrania, Palestina e Irán. Este escenario de militarización tiende a generalizarse como un nuevo peligro de alcance global. Al igual que en el pasado, el belicismo se acrecienta cuando las grandes corporaciones capitalistas no encuentran salida a su crisis y generalizan las guerras, para recrear sus negocios con economías bélicas y reconversiones militares de la producción.
Ese curso predominó en la Primera Guerra Mundial y se repitió en la Segunda conflagración, suscitando los cataclismos que derivaron en las revoluciones socialistas de Rusia, China, Europa y Oriente. La recreación de ese escenario despunta como una dramática posibilidad actual, con la consiguiente opción entre el “socialismo o la
barbarie” que señalaba Rosa Luxemburgo.
GENERACIONES EN LA DISPUTA
La reaparición actual del proyecto socialista obedece, en gran medida, a una mutación generacional. En la segunda década del siglo XXI se afianza un cambio de época, porque los grandes acontecimientos que cerraron la centuria pasada ya no impactan sobre los jóvenes del nuevo período.
Especialmente la implosión de la URSS -que afectó tan duramente la conciencia socialista internacional del siglo XX- no influye sobre las generaciones actuales.
Constituye un episodio del pasado para los sectores más politizados y un evento casi desconocido para el grueso de la población.
Por esa razón, términos tan denostados durante el auge neoliberal -como el socialismo o el comunismo- están perdiendo sus connotaciones negativas y son reconsiderados sin prejuicios por los nietos de las experiencias igualitarias. Ese cambio de percepciones explica la renovada adopción juvenil de esas banderas.
Ese viraje es muy visible en Estados Unidos. Allí, el nuevo alcalde de Nueva York, Madmani, no oculta su adscripción al socialismo y esa identificación es compartida por los jóvenes que lo sostienen. Tanto las encuestas, como la impactante secuela de triunfos de la corriente socialista dentro de Partido Demócrata (DSA), confirman esa simpatía. Son victorias que se extienden a varias ciudades del país, canalizando una creciente reprobación a los milmillonarios digitales, que se enriquecen con la precarización que sufren los trabajadores.
Pero el socialismo resuena con fuerza, no solo por la reconsideración de sus promotores. También despunta por la furia que descargan sus opositores. La propia terminología del marxismo ha sido reinstalada en la agenda pública por esa denostación.
Al diabolizar al socialismo con tanta virulencia, la ultraderecha resucitó la curiosidad y el interés por un programa ubicado en las antípodas del trumpismo. Esa contundente contraposición suscita intensos debates.
Los reaccionarios veneran al capitalismo presentando a la desigualdad como un dato inevitable. Consideran que la propiedad es una institución invulnerable y observan al mercado como un pilar intocable de cualquier sociedad. Con esos presupuestos naturalizan el desempleo, reivindican el egoísmo y legitiman la explotación.
Por el contrario, los socialistas defienden las mejoras sociales, exaltan la justicia, favorecen la cooperación y auspician la hermandad entre los pueblos. Por esa razón, aplauden los derechos conquistados por las mujeres, las minorías y los oprimidos de toda índole, favorecen la democratización de la sociedad y propician la regulación de los bienes comunes.
La batalla de ideas entre ambos sectores se extiende a todos los campos e incluye la disputa por el propio uso del término libertad. Los derechistas ensalzan ese concepto, pero la única acepción efectiva que le asignan es la ausencia de restricciones al mercado y el consiguiente privilegio que detentan los capitalistas para explotar a los trabajadores.
Por el contrario, los socialistas asocian la libertad con la igualdad y con la posibilidad de mejoras sociales para las mayorías populares.
Un contrapunto del mismo tipo rodea a la acepción crítica del Estado que tienen ambas corrientes. La verborragia anti estatista de la ultraderecha se ha transformado un fuego de artificio, al omitir que el capitalismo no podría subsistir ni un minuto, sin el sostén del Estado. Por el contrario, el proyecto socialista de eliminar la opresión estatal se asienta en un propósito coherente de expandir paulatinamente la igualdad, para desenvolver una larga travesía hacia el comunismo.
La reaparición del socialismo en la agenda pública atemoriza a los poderosos, que convalidan la brutal campaña anticomunista lanzada por Trump, Rubio y sus secuaces. Retoman los fantasmas de la guerra fría y el arsenal persecutorio del macartismo que muchos analistas suponían perimido. Resucitan esa andanada, porque
están obsesionados por la potencial reconstitución de su real enemigo, que es el socialismo.
EXPERIENCIAS Y ESTRATEGIAS
El socialismo reaparece en estrecha conexión con nuevas versiones de las viejas experiencias municipales. Existe una tradición centenaria en ese ámbito, que vuelve a operar como laboratorio del poder popular. Esa gravitación actualmente se verifica en los éxitos electorales de la izquierda en ciudades relevantes.
Nueva York es el caso más significativo por la nueva camada militante que retoma las campañas en las calles. Buscan la proximidad directa con los vecinos, refutando la creencia que la política ha quedado desplazada al etéreo universo de las redes sociales. Actúan con gran soporte de los jóvenes de la clase trabajadora, que han masificado propuestas de impuestos progresivos al gran capital, defensa de los migrantes y repudio al genocidio de Gaza. Con la causa palestina como bandera central de su acción política, han logrado crear un primer contrapeso de gran porte a la
ultraderecha, en el centro del capitalismo.
Lo ocurrido en Nueva York ya tiene prolongaciones en otras localidades, como la ciudad austríaca de Graz, donde la alcaldesa comunista fue reelecta, con gran aprobación a su programa de vivienda. Hay encuestas que anticipan victorias electorales de la izquierda en importantes metrópolis de Europa, confirmando la oleada de renacimiento del socialismo municipal, que tiene sólidas raíces y mayores dimensiones en la India y el mundo asiático. La misma tendencia se verificó anteriormente en América Latina, desde el ensayo inaugural del presupuesto participativo en Porto Alegre.
Estas experiencias inducen a revisar el modelo de “Viena la Roja”, que a principios de siglo XX fue conceptualizado por el austromarxismo, como un eslabón de la estrategia para conquistar el Estado. En el escenario actual, esos nexos remiten a la propuesta socialista de llegar al gobierno por la vía electoral, para disputar a partir de allí el poder efectivo.
Es evidente que una victoria de la izquierda en los comicios presidenciales, constituye apenas un primer paso, para confrontar con el verdadero poder político de los que gobiernan a espaladas del pueblo. Aporta fuerzas para comenzar una transformación democrática, que le permita a la ciudadanía decidir en los temas cruciales de la sociedad.
Esa misma batalla se extiende al poder judicial y a la lucha contra la casta que dictamina a favor de los poderosos. Es también una contienda por la hegemonía del poder mediático, que monopoliza un puñado de empresarios y por el control del poder militar, que gestionan los custodios del status quo. Esas conquistas de los resortes de la sociedad apuntan a erradicar el dominio económico que detentan los capitalistas, para abrir caminos hacia la igualdad social.
El socialismo es un proceso que transita por esa expansión del poder popular en desmedro del poder burgués, mediante una drástica reconversión del Estado. Lenin esclareció de qué manera opera esa institución, como epicentro del control que ejerce una minoría de capitalistas sobre la mayoría de la sociedad.
La izquierda es socialista porque está comprometida con ese proyecto, en contraposición al progresismo que sostiene al capitalismo y reniega de las metas igualitarias. Por esa renuncia, suelen transitar por los gobiernos sin desafiar al poder, generando las decepciones que pavimentan el ascenso de la derecha.
Una estrategia socialista amoldada el contexto actual no es un diagrama de escritorio. Requiere luchas de gran intensidad y rebeliones que permitan combinar la reforma con la revolución, dejando atrás las erróneas contraposiciones entre ambos planos. Como señalaba Luxemburgo, existe plena complementariedad entre las
reformas conquistadas bajo el sistema actual y la dinámica revolucionaria que erradicará al capitalismo. La propia acción popular tenderá a zanjar, en cada caso, las modalidades específicas de esa mixtura.
Ese proceso exige desenvolver el curso de radicalización que postularon muchos teóricos del marxismo. Involucra una dinámica de largo plazo, pavimentada con estrategias de hegemonía y avances de la esfera pública. El resurgimiento del socialismo favorece la revisión de esas coordenadas del proyecto pos capitalista.
SINGULARIDADES REGIONALES
La reconsideración de socialismo en América Latina es más adversa en la coyuntura, pero muy sólida en perspectiva. Las dificultades en el corto plazo derivan de la fuerza que exhibe la oleada ultraderechista, con más gobiernos en la región que cualquier otra zona del planeta. Esa extensión obedece al reflujo de un ciclo progresista, que tuvo un alcance superior a esbozos del mismo tipo en otras regiones. Este desventajoso escenario actual afecta a los tres pilares de la perspectiva socialista de las últimas décadas: Cuba, Venezuela y Bolivia.
Cuba es una pequeña isla situada a 90 millas de Miami, que no puede avanzar en soledad en el horizonte socialista, sin confluir con procesos semejantes a escala regional o global. Afronta, ahora, un peligro extremo con el agravamiento del bloqueo imperialista. Trump impide la llegada de petróleo e intenta provocar una crisis humanitaria para sepultar la revolución, que el pueblo defiende con gran heroísmo.
Venezuela afrontó una agotadora batalla por la supervivencia, que opacó su proyecto renovador de socialismo del siglo XXI. Actualmente ha sido ocupada de hecho por Estados Unidos, para robar el petróleo y transformar al país en una colonia.
El modelo plurinacional de Bolivia contenía elementos de potencial tránsito al socialismo, con gran protagonismo de los pueblos originarios. Ese curso quedó obstruido por el retorno de la derecha al gobierno, con un ajuste neoliberal que desató la primera gran revuelta del período en curso.
Pero estas adversidades conviven con la consistencia que acumula el proyecto igualitario en América Latina, al cabo de dos décadas de gran organización, militancia y conciencia popular. En la mayor parte de los países se han forjado nuevas redes de luchadores, con una gran variedad de experiencias vinculadas a la práctica socialista.
Ese recorrido no fue una improvisación reciente. América Latina cuenta con un acervo secular de la izquierda, con tradiciones socialistas y comunistas que moldearon la formación de la clase obrera y con referentes de la estatura que tuvo Recabarren en Chile.
Ese legado alimentó un pilar teórico singular, que en la región se configuró en torno al marxismo latinoamericano. Ese cimiento conceptual maduró al calor la revolución cubana, enfatizando la gravitación del sujeto en la transformación
revolucionaria y la consiguiente incidencia de la voluntad para cambiar la sociedad.
Con esa impronta realzó la importancia de los principios éticos y gestó una concepción del hombre nuevo, que le permitió registrar la presencia de una gran variedad de segmentos populares en la dinámica transformadora. Captó ese papel determinante de los campesinos y los pobladores en los años 70, en contraposición a la ortodoxia comunista, que razonaba con el foco puesto en las fuerzas productivas. Este enfoque postulaba una transformación social, centrada en definir cuáles eran los procesos que impulsaban o frenaban el desenvolvimiento económico, soslayando la centralidad de los protagonistas populares.
La izquierda radical del siglo XXI absorbió el marxismo latinoamericano y heredó su sensibilidad para reconocer el papel de los pueblos indígenas, las mujeres y los precarizados. Pero, sobre todo, mantuvo su compromiso con la lucha popular y la centralidad de la acción directa, en contraposición a un progresismo encadenado a la pasividad, que impone la veneración de la institucionalidad convencional.
El socialismo también se nutre en América Latina del aporte legado por la Teoría Marxista de la Dependencia, que explica el sistemático drenaje de recursos que padece una región periférica y subdesarrollada. Esa tradición conceptual ha permitido comprender todas las consecuencias del extractivismo, que empobrece a la zona y
perpetúa su condición dependiente.
La comprensión de estos procesos nutre la elaboración de los programas económicos socialistas, que contemplan la especificidad de América Latina. Estos proyectos combinan estrategias de crecimiento, reindustrialización y redistribución del ingreso, centradas en la soberanía energética, alimenticia y financiera.
FIGURAS, IDENTIDADES Y ACTITUDES
De la síntesis del Marxismo Latinoamericano y la Teoría de la Dependencia han brotado los proyectos socialistas, que prestan atención al lugar geopolítico de una región sometida a la dominación estadounidense. Esa opresión salta a la vista, en la era del imperialismo descarado, brutal y confiscatorio que encabeza Trump.
De esa corroboración surge el registro de la enorme centralidad que tiene el antiimperialismo en la región y la consiguiente convergencia de la izquierda con el nacionalismo revolucionario. Ese empalme se verificó con Sandino, Cárdenas, Torrijos y más recientemente con Chávez y el proyecto bolivariano.
No cabe duda que el proyecto socialista transita en América Latina por avances en la unidad latinoamericana. Es evidente que la región no puede resistir a Estados Unidos o negociar convenios favorables con China, sin apuntalar su propia confluencia.
UNASUR y CELAC son atisbos de ese empalme, que tuvo en el ALBA un primer gran intento de forjar alternativas de coordinación económica solidaria, con horizontes socialistas.
El marxismo antiimperialista de América Latina se nutre también de las figuras que valoraron a Martí (Mella) y polemizaron con la idealización de la burguesía nacional (Mariátegui). Con esa óptica gestaron una mirada propia, en disputa con los enfoques dogmáticos y eurocentristas que desconocían las especificidades de la región.
De esos legados emergió Fidel Castro, como principal exponente de la izquierda del siglo XX. Sintetizó como ningún otro líder una convergencia plena de teoría y práctica socialista, al concebir la revolución cubana como un episodio de la emancipación latinoamericana. Rechazó el manejo convencional del gobierno y comandó la captura del poder del Estado, demostrando en los hechos, cómo se desenvuelte una transformación revolucionaria.
Fue un dirigente que exhibió enorme perspicacia, autonomía e inteligencia política, adhiriendo al ideario socialista, sin aceptar los mandatos del Kremlin. En cierto período promovió la acción guerrillera y en otros momentos alentó cursos de radicalización institucional, con gran capacidad para adaptar ese proyecto al cambio de circunstancias. Con esa visión mantuvo estrechas relaciones con Salvador Allende.
Fidel logró una asimilación mayúscula de Lenin para razonar estrategias políticas con categorías de acción, evaluando las relaciones de fuerzas, la especificidad de cada escenario, la definición del enemigo principal y la búsqueda de alianzas para forjar el poder popular.
América Latina tiene mucho para aportar a un resurgimiento del socialismo, que ante todo exige recuperar ese objetivo como explícitos enunciados. La defensa del objetivo igualitario con una nítida identidad anticapitalista es la forma más sencilla y espontánea de recrear un ideal que vuelve al primer plano de la historia. Reivindicar el socialismo sin vergüenza y sin timidez, con los símbolos y denominaciones de su trayectoria es la mejor forma de plantar una bandera de rechazo frontal a la prepotencia de la ultraderecha.
El progresismo rehúye esa asunción para hacer buena letra con los poderosos y tan solo habla de “otro mundo”, “otra sociedad” u “otro futuro”, abjurando del ideal comunista y temiendo las proclamas anticapitalistas. Por eso entrega las banderas, capitula en el gobierno y genera los desengaños que canaliza la derecha. Frente a esa rendición, emerge la nueva izquierda que apuesta sin titubeos al resurgimiento del socialismo.
29-7-2026
RESUMEN
El proyecto socialista recobra fuerza luego de un período de decepciones, por el fin de la euforia neoliberal, la revalorización de la planificación y los éxitos de China.
Es reconsiderado en Rusia ante el peligro de una catástrofe bélica y reaparece en Estados Unidos con cambios generacionales y victorias municipales, en confrontación con la furia anticomunista de la derecha. Estas experiencias renuevan las estrategias de la izquierda para llegar al gobierno y disputar el poder. En América Latina, las adversidades de la coyuntura conviven con un gran acervo de teorías y experiencias socialistas que realzan el antiimperialismo y la unidad regional.
Notas
1 Exposición en el seminario “De la resistencia al proyecto: imaginar futuros socialistas.
Utopías para Nuestro Tiempo”, ICAL, Fundación Rosa Luxembugo, Universidad de Chile, 25-7-2026, Santiago de Chile.
2 Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA. Su página web es: www.lahaine.org/katz










