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El delicado arte de vivir mucho

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por Mario Donato D’Angelo

Vivir mucho siempre ha sido, durante siglos, una rareza casi mítica. Era cosa de abuelas centenarias que conocían la cura de las enfermedades en el aroma del bosque, o de personajes de novelas rusas, de esos que morían en San Petersburgo, bajo la nieve, citando a Aristóteles con voz entrecortada.

La longevidad era una excepción. Ahora se ha convertido en una estadística.

Vivimos más. Es un hecho. La medicina ha avanzado, los antibióticos se han vuelto comunes, el colesterol ahora se controla como si fuera reincidente. La esperanza de vida ha aumentado, y con ella, la idea casi ingenua de que simplemente durar sería suficiente para que todo saliera bien.

Pero vivir mucho no es lo mismo que vivir bien. Y ahí es donde comienza el gran arte.

Porque lo cierto es que la longevidad llegó antes que el manual de instrucciones. Creíamos que envejecer sería como alcanzar un punto estratégico: mirar atrás con serenidad, cruzar los brazos ante nuestro propio legado, saborear los frutos de una vida bien vivida.

Pero la vejez, como la infancia, exige cuidados diarios, y también cierta poesía.

El cuerpo, ese viejo cómplice, empieza a mostrar signos del paso del tiempo. Las articulaciones crujen como puertas de armarios antiguos, los reflejos flaquean, los músculos se retraen.

Pero no es solo el cuerpo el que envejece: a veces el mundo que nos rodea también se vuelve extraño, distante. Los amigos se van, los niños se dispersan, las aceras ganan escalones invisibles. Y de repente, lo que más duele no es la cadera, es el silencio.

Y entonces llega: la caída.

No solo la caída literal, la que ocurre en el baño, en la escalera de la panadería, en la inocente prisa por cruzar la calle. Sino la caída simbólica: la del entusiasmo, la de la autonomía, la de la confianza en uno mismo. El colapso de una autoimagen que una vez fue firme, resuelta y ágil. El colapso de un estilo de vida que ya no encaja con el cuerpo que ahora protege el alma con más cuidado.

La Organización Mundial de la Salud afirma que un tercio de los adultos mayores sufre una caída cada año. Y esta caída puede ser el primer paso de un camino difícil: fracturas, cirugías, hospitalizaciones, pérdida de movilidad, independencia y espíritu.

Pero recuerda: esto no es una advertencia sombría. Es un llamado cariñoso a la reinvención.

Porque envejecer también puede ser un nuevo comienzo. Y prepararse para ello es como preparar un jardín: requiere tiempo, presencia y decisiones. Requiere cultivar la fuerza, sí, no para cargar sacos de cemento, sino para levantarse de una silla con facilidad y poder abrazar a un nieto sin miedo a caer. Requiere elasticidad, no solo en los músculos, sino también en las ideas. Y requiere algo aún más excepcional: amabilidad con uno mismo.

No se trata de negar la vejez. Llega, nos guste o no, con sus arrugas y su lentitud, con su encantador olvido y su hábito de repetir historias. Pero hay vejeces y vejeces. Y las hay que florecen, porque se cuidaron, porque tuvieron sol y sombra, porque se vivieron con cariño, con libertad, con cierto humor.

Sí, humor. Es, quizás, el músculo más importante que hay que mantener. Porque reírse de uno mismo, de las meteduras de pata, de la pérdida de memoria, de los tropiezos, es una forma de desarmar el tiempo.

El viejo gruñón es un cliché injusto; hay viejos encantadores, que bailan boleros en la sala con el ventilador encendido y el perro observándolos con recelo. Que beben vino con moderación y helado sin remordimientos. Que, a los ochenta, aprenden a usar el móvil y siguen cometiendo errores, pero se ríen de ellos.

La longevidad, bien vivida, es como una tarde larga y luminosa. De esas en las que el sol tarda en ponerse y el tiempo parece suspendido entre un recuerdo y otro. No hay que apresurarse. Ni competir. Simplemente ser plenos: cuerpo y alma en sintonía.

Eso es lo que proponemos aquí: una mirada amorosa al futuro que ya ha llegado. La vejez no tiene por qué ser sinónimo de decadencia. Puede ser plenitud. 

Y envejecer bien no es un lujo ni una suerte, es un esfuerzo diario. Con pasos firmes, con gestos suaves, con la fuerza de nuestras piernas y una sonrisa en el rostro. Con cuidado corporal, sí, pero también con la ternura de nuestros recuerdos. Pirque el secreto no es vivir mucho. Es hacer de la longevidad un arte íntimo, una delicada coordinación entre el tiempo y el deseo. 

Y que, al final, al caer la noche, podamos decir, con lucidez y alegría: «Fue bueno haber vivido tanto. Pero fue aún mejor haber vivido bien».

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