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EL CENTRINAJE, MARCA INDELEBLE DE LA IDIOSINCRASIA CHILENA

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Arturo Alejandro Muñoz

* Si hay algo que sane y que duela, que haga hervir la sangre y moleste alma y conciencia,  pero pone de pie lo que estaba de cabeza y abre las puertas a una mejoría total, es la verdad…la verdad cruda y desnuda.

P R Ó L O G O

 

El término y la palabra CENTRINAJE no están registrados por la Real Academia de la Lengua Castellana; sin embargo, el concepto existe y tiene un correspondiente concreto en la estructura social, pues la realidad siempre supera las entelequias de los intelectuales.

 

Otros conceptos, como el de “pelajeanos” –acuñado por Diego Portales- tampoco se encuentran insertos en las voluminosas páginas de la Real Academia, pero fueron utilizados rutinariamente en su época y supieron caracterizar las identidades de ciertas personas que actuaron en terrenos políticos y sociales luego de la Independencia de Chile. 

“Pelajeanos” llamaba el ministro Portales a todos aquellos políticos libertinos que trataron de entorpecer su labor de gobierno, los que se contraponían a los patriotas “bien nacidos” que deseaban construir bases sólidas sobre las cuales alzar una república respetada. 

Nosotros llamaremos “centrinos” a aquellas personas que son homogeneizadas por características, conductas y hábitos específicos que escapan, claramente, de las cualidades que se suponen esenciales en un ser humano, como la inclinación a la verdad, la coherencia y la consecuencia ideológica. 

La idea-fuerza de esta aproximación a ensayo –el Centrinaje- posee también aristas geográficas ya que las personas así caracterizadas por el concepto anterior, por lo general, viven o se desarrollaron culturalmente en la zona central de Chile, por lo que el autor se ve impelido, a fuerza de coincidencias, al traslapo de ambas situaciones que están a escasos milímetros de conformar un todo orgánico. 

Para efectos del presente documento, entenderemos como “zona central chilena” a aquella comprendida entre los ríos Choapa (por el norte) y Bio-Bio (por el sur), de mar a cordillera. Es aquí donde se encuentran las principales ciudades del país y se toman las decisiones que involucran a dieciséis millones de habitantes. 

Son, entonces, los “centrinos” –auto proclamados dueños de la nación y gestores de nuestro presente- quienes motivan estas líneas. 

¿CUÁNDO SURGIÓ LA IDEA DEL CENTRINAJE? 

“Es Chile un país tan largo, mil cosas pueden pasar”

Así musicalizaba el conjunto “Quilapayún”, en el viejo Estadio Chile (hoy ‘Víctor Jara’) santiaguino, hace más de tres decenios, la letra de aquella insigne “Cantata Santa María” compuesta por el profesor iquiqueño Luis Advis a mediados de 1970. ¡Y vaya si no pasaron cosas! 

Tres calendarios más tarde, Santiago sufrió el primer bombardeo aéreo de su historia. Por supuesto, ello fue sólo el comienzo. 

Recuerdo haber pensado aquella aciaga y dolorosa mañana de martes que, una vez más, el carácter “centrino” de mis compatriotas había impuesto sus términos, entregando el país a la barbarie de la persecución implacable que arrastró a miles de ciudadanos a vivir bajo los oscuros capotes de la desesperación y el pavor en beneficio de intereses económicos en manos de unos pocos. 

Las revoluciones, golpes de estado, conquistas, intervenciones territoriales y hasta las guerras, son eventos que tienen como base principal –y a veces única- la cuestión económica. ¿Quién puede dudar de esta afirmación? 

Los calendarios han perdido cientos de hojas desde aquel 11 de septiembre de 1973, pero las vituallas sociales que nutren el arcón del “centrinaje” no han cejado en volumen ni en pertinacia. Muy por el contrario, en una especie de monstruo que se alimenta a sí mismo, este concepto ha adquirido formas de honduras profundas que se amalgaman con el espíritu que los chilenos –en especial aquellos dedicados al arte de la política- han dado en llamar “cívico”, confundiendo tendenciosa y maliciosamente la respetabilidad republicana con un estilo de sempiterna obsecuencia proclive a cosechar con facilidad lo que jamás se sembró con esfuerzo, o que nunca fue sembrado. 

Hace algún tiempo –y no tanto como para haberlo olvidado- un “gringo” de apellido Tunick logró que miles de santiaguinas y santiaguinos se desnudasen, a pesar de los cero grados de temperatura ambiente de esa mañana de domingo, para posar y alimentar gratuitamente la recreación de la lente fotográfica que engrosaría las arcas del ladino sajón. 

Ahí surgió la idea de escribir un mini ensayo respecto del “centrinaje”, ya que si el tal Tunick había sido capaz de congregar a miles de personas bajo el frío amanecer capitalino y convencerlas de despojarse de sus vestimentas, alguien tenía que deshilachar las pilchas de la idiosincrasia de los chilenos a objeto de mostrarlos en su verdadera completitud de carácter, más allá del festinazo jaranero que miles de personas se auto regalaron esa mañana dominical al desafiar –por fin y de una buena vez- las opiniones decimonónicas de los maturrangos que dirigen en el país las instituciones seglares, sean estas filosóficas, económicas o políticas. 

SUCINTO RECORRIDO DE LA HISTORIA NUNCA ESCRITA DEL CENTRINAJE 

El concepto (mejor dicho, la idea) “centrinaje” puede ser rescatado de la España del siglo XV, más precisamente del instante en que los peninsulares se enteraron que un tal Colón, italiano de origen y “aportuguesado” por matrimonio, a nombre de sus majestades Fernando e Isabel, había regresado de un largo viaje marítimo hacia el oeste, donde topó con las costas de un territorio que, según los navegantes portugueses de la “Escola de Sagres” (los más capacitados del mundo en aquellos años), no pertenecía a las Indias Orientales. 

En un primer momento –digamos, un decenio- a pocos, poquísimos españoles les interesó ese descubrimiento, pues la atención general estaba centrada en la lucha final contra los árabes y en obtener una vía marítima exitosa hacia el comercio con oriente. ¿Que Colón había dado de narices con un territorio lleno de indígenas herejes que comían pescado a medio sancochar y bananas? ¡¡Pues, a joder a otro sitio con ese asunto…..que no da siquiera para tres patacones!!

Mas, no bien esos mismos peninsulares –hambreados y explotados por un sistema social que asentaba sus pies en la procedencia divina del poder político- escucharon la palabra “oro”, lanzaron sus cuerpos y almas al océano Atlántico para ir en conquista de los parajes herejes en “sublime obediencia a la Santa Madre Iglesia Católica y mejor estatura de sus magníficas majestades, los reyes de España”. Si no hubiese existido plata ni oro, otra habría sido la forma de poblamiento americano y muy distinta la historia de este continente. 

Con el inefable argumento de “cristianizar” las tribus americanas, recibiendo con ello el beneplácito y apoyo de la poderosa Iglesia Inquisidora, miles de europeos se dejaron caer sobre los territorios recién descubiertos para saquearlos a destajo con la mira puesta preferentemente en ambiciosos intereses personales. 

En el año 1515, pocos (casi ninguno, en verdad) militares de carrera y/o miembros de la realeza se aventuraron en América, ya que desde los puertos españoles zarpaban semanalmente naos con un cargamento humano de discutible calidad. 

Vagabundos, aventureros, ladrones, violadores, desesperados, prófugos de la justicia y analfabetos, fueron el porcentaje mayoritario de las primigenias hordas que llegaron a las costas americanas. Por cierto, los comandantes de esas naves y parte de su tripulación oficial pertenecían a las huestes de la marina y al ejército del Rey, pero el bagaje humano transportado, vale decir, aquellas personas que viajaban directamente a poblar y cristianizar las nuevas tierras, procedía de la marea social de más baja estofa existente en la península. 

La corona hispana aprobó tal evento en el entendido que parecíale conveniente liberar a España de miles y miles de delincuentes, mendicantes e inútiles que ni siquiera podían ser utilizados en la guerra contra el Islam. A objeto de otorgar algún sentido superior a esta saga de desventuras, la realeza europea se aferró a la idea de “evangelizar” el nuevo continente, respondiendo de esa laya a las disquisiciones de la iglesia católica, principal enemiga del mundo árabe y de la cultura judía. 

España y sus reyes requerían de sus mejores soldados para afianzar los últimos triunfos bélicos en la guerra contra los infieles del Islam que seguían presentes en la península. Obviamente, para la Santa Iglesia Inquisidora resultaba de mayor prioridad expulsar a los árabes y judíos –que llevaban más de siete siglos conjuntos de presencia y aportes- que la conquista y poblamiento civilizado de los nuevos territorios, lo cual bien podía esperar algún tiempo. 

No fue sólo España el imperio que actuó de esa manera. Los ingleses, subordinados también a una monarquía, replicaron parecidamente cuando decidieron incorporar Australia a su propio imperio y, para ese fin, llevaron a las costas de Oceanía miles de presidiarios con sus grupos familiares como política de poblamiento que a la vez les resultaba ganancioso en términos sociales, pues limpiaban sus propias ciudades y campos de cientos de malandrines irrecuperables para la seguridad interior. Amén, por cierto, de ahorrarle a la Corona importantes sumas de dinero en la manutención carcelaria de esos individuos. 

Fue así que Europa mató varios pájaros de un tiro y condenó a los indígenas americanos a la más sangrienta experiencia conocida en la Historia de la Humanidad, peor aún que la sufrida por millones de judíos durante el holocausto provocado por el nacionalsocialismo.Pero, hubo más. Esos mismos europeos, para completar la desgracia, sumaron a su acción deleznable una nueva atrocidad. Recorrieron las sabanas africanas en busca de esclavos negros para dotar de servidumbre y mano de obra a las nuevas ciudades y pueblos que se levantaban en América. Con el silencio cómplice –y a veces, con la anuencia- de la iglesia vaticana. 

Quienes primero arribaron al nuevo continente fueron los aventureros, los marginados, los salvados de la cárcel y del garrote. Todos ellos, casi sin excepción, provenían del centro-sur de España. Eran extremeños y castellano-manchegos. Algunos andaluces viejos y murcianos completaban el cuadro. 

Hernán Cortés, Pedrarias Dávila, el cura Luque, Diego de Almagro, Francisco y Gonzalo Pizarro, Francisco Orellana, por nombrar algunos de los principales conquistadores, eran hijos del centro geográfico hispánico. La mayoría de ellos descendía de padres y abuelos empobrecidos al grado de la miseria. Así, producto de una herencia carente de esperanzas y posibilidades dentro de España, esos aventureros, salvo contadas excepciones, eran analfabetos, religiosamente fanáticos (la otra cara de la moneda), sanguinarios y dueños de una ambición que no encontraba límites al inexistir en América –en los primeros decenios de la conquista- instituciones oficiales que pusiesen coto a las correrías que acostumbraban realizar a golpe de espada y pechazos de caballos con que irrumpieron violentamente en valles y selvas para iniciar la degollina de las culturas autóctonas y el saqueo de todo aquello que “oliera a oro”, o produjera oro. 

Francamente, luego de instalarse una multiplicidad de instituciones oficiales españolas en las nuevas tierras, las cosas no cambiaron mucho. Quizás, hasta empeoraron.

En tan sólo dos siglos, el conquistador europeo saqueó a destajo el nuevo continente. Fundó ciudades, levantó puentes y alzó edificios sólo con el propósito de afianzar un dominio en beneficio de la explotación y la ambiciosa intención de apropiarse individualmente de tierras e indios. 

Que la intención verdadera radicaba en la apropiación violenta, queda claramente demostrada en la obra de la historiadora y escritora española Carmen Pomés en su libro “Hernán Cortés”(Editorial Atlántida) al afirmar en el Capítulo I de esa obra: 

“”Corría el mes de noviembre de 1518. El puerto de Santiago de Cuba se hallaba conmovido por un movimiento extraordinarioSeis hermosas embarcaciones se balanceaban en sus aguas. A ellas llegaban multitud de hombres cargados con pesados fardos de provisiones, con arcabuces y ballestas en gran cantidad, con cajones llenos de cuentas de vidrio, cascabeles, espejos, pendientes, lazos y collares, hachas de hierro pañuelos de colores y un sin fin de pequeñas bagatelas de las que se usaban para embaucar a los indios de América en la época de la conquista. Viendo estos preparativos y la infinidad de soldados bien pertrechados que conducían a bordo a bastantes caballos, se pensaría, sin temor a equivocarse, que alguna expedición guerrera iba a partir en pos de nuevas aventuras. Y así era, en efecto””.

Más adelante, la autora agrega un dato interesante que grafica cuán cierta era la ambición española. 

“”El capitán don Hernán Cortés había sido designado por don Diego Velásquez, que era el gobernador de Cuba, para dirigir una expedición a la vecina costa de Yucatán, en busca, se decía, de seis hombres que habían quedado prisioneros de los indios durante la fracasada expedición capitaneada por Grijalba. Oficialmente, ese era el motivo del viaje; pero bien se sabía que Hernán Cortés y los que le acompañaban a tan arriesgada empresa, iban sedientos de conquistar nuevos y desconocidos territorios –en los que abundaba el oro, según se aseguraba- que poder ofrecer a la Muy Católica Majestad el Rey de España, Carlos V””. 

Actualmente, instituciones que dedican sus esfuerzos a proteger los derechos de las etnias americanas originarias, calculan en OCHOCIENTOS BILLONES DE DÓLARES AMERICANOS (ochocientos millones de millones de dólares) el valor del oro, plata y otros metales transportados a la Península Ibérica y a las Islas Británicas. Dinero indo-americano que el primer mundo usó tanto para amarrar a los habitantes de este novel continente con préstamos impagables conducentes a un nuevo estilo de dependencia, como para financiar y hacer posible el desarrollo global de los países europeos. Cinco siglos lleva el primer mundo utilizando ese tesoro que no le pertenece, quinientos años en los cuales ningún país desarrollado, nunca, ha pagado intereses por aquel botín usurpado a sus verdaderos dueños, a los que, por el contrario, ahogan con exigencias económicas rayanas en el cinismo que heredaron de sus antepasados conquistadores. 

Algunos historiadores europeos –específicamente españoles- han intentado mañosamente desmentir la verdadera acción de rapiña y violencia llevada a efecto por los hombres llegados de ultramar. No se requiere mucha argumentación para demostrar la voracidad sanguinaria de aquellos. A este efecto basta repetir ciertas aseveraciones que otros españoles escribieron en hojas inmortales. 

El Padre Fray Bartolomé de las Casas –benefactor de los indios de América- refiriéndose a la desmedida ambición por el oro que afiebraba a los hispanos y en especial a Hernán Cortés, en uno de sus escritos afirma: “”Del número de indios esclavos que murieron extrayendo oro para Cortés, Dios lleva mejor cuenta que yo””.

Indios esclavos. ¡Así se cristianizaba y evangelizaba nativos a nombre de la Corona y de la Iglesia! 

Mas, Fray Bartolomé de las Casas proponía respetar a los indígenas americanos y utilizar mano de obra de esclavos negros africanos. Un cambalache típico de quienes son portadores de esa actitud que llamamos “centrinaje”. 

Muchos son hoy día los que aseguran contar con la razón y la verdad al afirmar livianamente que España vino a América movida principalmente por motivos de grandeza espiritual.Es tan discutible aquella argumentación, que se hace necesario recordar el comportamiento del rey Carlos V con respecto a sus súbditos. Cuando estos se encontraban en la cúspide de sus vidas aventureras, extrayendo oro para España y para sí mismos a costa de miles de vidas indígenas, el soberano les recibía y abrazaba como a hijos, regalándoles nombramientos de Gobernadores o Capitanes Generales; pero, una vez que esos mismos conquistadores alcanzaban la senectud y carecían de fuerzas para seguir enriqueciendo las faltriqueras reales, el monarca renegaba de ellos.

Fue el caso de nuestro conocido Hernán Cortés quien, ya viejo y enfermo, intentó en vano ser recibido por el Emperador, el que se negó ingratamente a darle audiencia. Estando un día Cortés a las puertas del Alcázar Real, esperando la entrevista que eternamente le regateaba el rey, vio salir la carroza en que solía pasear Carlos V. Abrióse paso el viejo capitán entre los cortesanos y soldados que le rodeaban y se colocó de pie, en el estribo del coche, para poder hablar con el monarca por la portezuela. ¿Quién es este atrevido? –preguntó, indignado, Carlos V, a lo que Cortés respondió con amargura: Soy un hombre, señor, que os ha ganado más provincias que ciudades os legaron vuestros padres y abuelos. Pero el rey continuó desconociéndolo y privilegiando a aquellos que se encontraban en América saqueando y robando a su nombre. 

Como una forma de justificar las matanzas y los robos, los españoles primero, e ingleses, holandeses, portugueses y franceses después, creyeron sanear sus espíritus afirmando que lo hacían en exclusivo beneficio de los “infieles indígenas”, a quienes era necesario “llevar a la fe y someterlos a la obediencia de sus majestades”. Entonces, para educar y civilizar a los pueblos conquistados se requería –primero y siempre- masacrarlos, anularlos, pisotearlos, negarles sus derechos como miembros pertenecientes al género humano y arrojarlos a la hoguera del inmovilismo social perenne. Todo lo dicho se hacía “en beneficio” de los esclavizados siguiendo las doctrinas vaticanas. 

Chile, por cierto, no escapó a esta saga de sangre y saqueos. Sin embargo, al constatarse que no había reservas auríferas importantes en el territorio, luego de la fracasada expedición de Almagro y las debacles bélicas experimentadas por Valdivia al sur del río Maule, la corona hispánica se vio forzada al envío de funcionarios y militares de carrera al sur del mundo para cautelar el ingreso oceánico del Estrecho de Magallanes, amenazado por las incursiones piratas que implementaba la muy británica reina Isabel I. 

Estos funcionarios reales, hijos también del centro geográfico español, que encontraron un país ya caracterizado por el “centrinaje” de la tropa de vagabundos y aventureros, agregando a ello la lejanía y aislamiento del territorio que permitía una especie de auto gobierno, a espaldas incluso de la iglesia católica, fueron “domesticados” por la masa soldadesca que les servía de único cobijo ante posibles ataques indígenas y como respaldo a su propio enriquecimiento. 

En una especie de acuerdo no escrito ni discutido, se dejaron engullir por conveniencia y empinaron sus pelucas sobre la turba armada para dirigirla. 

A partir de ese momento, todos, sin excepción, decían lo que no pensaban, hacían lo que no decían y pensaban lo que callaban. 

Había nacido el centrinaje. 

EL CARÁCTER CENTRINO CHILENO 

El distinguido ensayista Benjamín Subercaseaux Zañartu -de ancestros franceses y castellano-vascos y Premio Nacional de Literatura 1963- hizo excelentes referencias en algunas de sus obras respecto del carácter de los habitantes del centro del país, especialmente en su libro “Chile, una loca geografía” (Editorial Ercilla, 1940), llamando la atención del lector al dar a entender que los nacidos y criados en los territorios comprendidos entre los ríos Aconcagua y Bueno presentaban características negativas que diferían notoriamente de aquellas que destacaban en los habitantes de los extremos del país, especialmente de quienes vivían en la zona norte. 

“”Nuestro ‘roto’ norteño, tan superior al sureño, puede que sea un remanente mezclado de la vieja civilización atacameña y de los pescadores neolíticos del litoral””. 

Luego, agrega este mismo autor: “”todo lo más fuerte y altivo que ha tenido Chile viene desde ese próximo norte y se va a la capital a interrumpir el sueño dorado del centralismo estéril. Los Recabarren, los León Gallo salen rugiendo de estas serranías para poner en jaque los problemas sociales del Chile medieval (….) por esto la enseñanza y la intelectualidad chilenas han recibido un sólido aporte de estas regiones (…) la región minera es de aquellas que colman de alegría a los que sabemos (muy calladamente, y casi con temor) hasta dónde llegan la entereza y la resistencia orgullosa del chileno nortino””. 

Subercaseaux no lo dice explícitamente, pero el buen lector comprende de inmediato que la referencia apunta a la gente que vive en el desértico y minero Norte Grande y Norte Chico, aunque no especifica hasta qué punto o zona geográfica exacta del país las características anteriores se mantienen en lo que él llamó “lo mejor de la raza chilena”. No obstante, se encargó de fijar con evidente celo algunos aspectos particularmente menesterosos de los vecinos centrinos y sureños; entre otros, la actitud ladina y aprovechadora del campesino que sabe cómo usarla, ya que de ella depende su sobrevivencia frente a patrones que actúan como amos y les miran por sobre el hombro con un dejo de racismo sarcástico y cínico. 

Patrón y peón, sin embargo, unen sus esfuerzos para degradar mental y socialmente a los componentes de la raza mapuche que se encuentra apiñada en reducciones cercanas a ríos anchos como el Bio-Bio y el Bueno. 

Nuestro actual pueblo se empecina en afirmar que su sangre está libre de glóbulos aborígenes, cuando en realidad está empapada de ellos. El “chileno” resulta ser un mero accidente transitorio, pues este país tiene una historia que se remonta a doce mil años, y no comienza en 1535 con la llegada de Diego de Almagro, quien encontró interesantes poblamientos y significativas culturas a su paso. El aporte europeo con mentalidad más abierta arribó después que los españoles del centro habían logrado dominar parte del territorio, y pese a haber influido en la psicología nacional nunca llegó a dominarla ni transformarla completamente. 

La clase aristocrática chilena es la única que ha vivido sin mezcla indígena directa, lo que no la excluye como receptáculo de la influencia nativa que supo trasvasijarle su mentalidad, “sea por contagio simple, sea por una oscura sobrevivencia del espíritu nativo allí donde la materia ya había perdido su influencia” (Subercaseaux, op.cit.). 

A excepción de las vituallas del “centrinaje”, que sí encontró terreno fértil para su desarrollo, las razas europeas que desembarcaron posteriormente en Chile (vascos, ingleses, franceses, alemanes) fueron incapaces –quizás por propia decisión, ya que también es posible que hayan optado por marcar diferencias- de hollar significativamente la psicología popular. Menor influencia tuvieron otras razas, como la semita y la eslava, puesto que a contrario sensu ellas fueron empapadas –al igual que vascos, ingleses, alemanes y franceses luego de una o dos generaciones afincadas en el país- con las características de ese fenómeno social e idiosincrásico que conocemos como “centrinaje” y que resulta ser, quizás y lamentablemente, la principal herencia recibida de una medieval España conquistadora y colonizadora, después del lenguaje, por cierto. 

Por otra parte, la condición de eternos dependientes ha marcado nuestro desarrollo social, lo que explica las facilidades que encuentran ciertos asuntos “importados” para hacerse fuertes en la mente del pueblo. Sumemos a lo anterior –siempre con una mirada histórica- que Chile bien podría ser considerado una especie de isla enclavada en el austro del mundo, separada de la civilización merced a dos océanos y una cordillera de altura y extensión impresionantes, con su cabeza caldeada por el desierto más árido del planeta y sus pies ateridos en las aguas gélidas de la Antártica. 

Primero nos dominaron los incas, luego los españoles, después los ingleses (dueños del salitre, la banca y los puertos), más tarde le correspondió el turno a Hollywood, el rock’n roll, el comunismo internacional, los Kissinger y Nixon, y ahora, los capitales transnacionales provenientes de EEUU y Europa. 

Tal entreguismo –plagado de malinchismo racista- ha sido alimentado por quienes dirigen los destinos de la nación, ya que estos asientan su confianza en la quietud servil de los habitantes mayoritarios del país, hombres y mujeres del centro, responsables también de los vicios y carencias que se desglosan de las actitudes y hechos acaecidos en el último tercio del siglo recién pasado. 

No se trata de hacer un análisis exhaustivo de lo que aconteció en la política chilena de fines del siglo XX, ya que tamaña empresa requeriría no sólo de una mente más preclara sino, además, del obligado paso del tiempo para que la capa de polvo añoso cubra las vorágines pasionales, tanto como enmascare el hedor a acomodo y asolapado oportunismo centrino que aún hoy aromatiza la república. En cambio, puesto que se intenta delinear –y demostrar, en cierto grado- la existencia de una actitud que es componente activo de la idiosincrasia nacional, válido nos parece recurrir a la Historia como elemento científico, toda vez que echar mano a mamotretos sociológicos llevaría tiempo y, además, se aferraría uno a subjetivismos de autores con los que no necesariamente se concuerda.Vamos entonces a ello, con voluntad y coraje 

LOS CENTRINOS EN LA HISTORIA DE CHILE

LOS “CAUDILLOS”. 

La necesidad de actuar con el corazón en la mano y la verdad en el corazón, obliga iniciar este capítulo entregando al lector mi personal y sincera opinión sobre lo que más adelante será desarrollado en un afán demostrativo de la validez objetiva que subyace en las afirmaciones osadas de quien propone el presente ensayo. 

El “centrinaje” no es algo del pasado únicamente, está entre nosotros hoy día y seguirá presente mañana…qué duda cabe. 

La forma de actuar que caracterizó a la actividad política criolla en los duros años que siguieron a la independencia del país, y que se manifestó en episodios de enorme trascendencia para el devenir de la nación –como fue el caso de Portales y más adelante el de Balmaceda- recrudecieron en pertinacia a mediados del siglo veinte, para transformarse, ahora sí, en una variante idiosincrásica de nuestra sociedad. Que muchos desconozcan este asunto, o que otros que sí tienen antecedentes intenten minimizarlo y hasta negarlo, forma parte del anecdotario del bestialismo intelectual criollo que se basa y sustenta en la mentalidad troglodita que resume el accionar de muchos de nuestros políticos, incluso de aquellos que en público confiesan tendencias progresistas pero que, en privado y donde las cosas adquieren su dimensión real, actúan interesadamente como agentes del inmovilismo social. 

Es el nuestro un país que llena sus pancartas callejeras con “slogans” proclives al modernismo civilizado, a la separación concreta de la Iglesia con respecto a las funciones del Estado, a la libertad de prensa y a la libre expresión, pero en la crudeza del realismo ejecuta exactamente las acciones que se contraponen fieramente a lo anterior. La idea central que mueve la maquinaria social manejada por escasos pero poderosos grupos, pareciera ser el inmovilismo, el statu quo, la defensa a ultranza de privilegios que resultan beneficiosos para aquellos que detentan las férulas. Así fue antes y de la misma laya es hoy día. Poco ha cambiado tal situación en dos siglos de vida independiente, a excepción de ciertos relampagones mediáticos aparentemente disfuncionales y contestatarios que sólo contribuyen a reforzar el aparato del “establishment”, como intentaremos demostrar líneas más adelante. 

Incluso la educación formal recibida por los niños de escuelas y liceos deslinda en lo anterior, puesto que se oculta a los estudiantes la verdadera sucesión de hechos que dieron origen a gobiernos y supuestas libertades, prefiriéndose caminar por una relación de datos y fechas que poco y nada explican los por qué de las situaciones pasadas, aumentando la neblina de ignorancia respecto de las razones verdaderas que dan pábulo a las actuales circunstancias. 

El primer y más contundente ejemplo de ello fue la revolución independentista de 1810, que nuestros ilustres historiadores y aún más beneméritos escribidores de textos de enseñanza atribuyen a una especie de “espíritu libertario” que habría dominado el alma de algunos conspicuos criollos. Sólo de pasada –de “refilón”, diría un huaso- se deja entrever que las causas de la independencia fueron prioritariamente económicas, aprovechando la menguada situación en que se hallaba el entonces monarca hispano, Fernando VII, expulsado del Alcázar Real por las tropas de Napoleón Bonaparte. Tiempo después, ya con una Junta de Gobierno actuando en nombre del rey y mientras el soberano recuperase el trono perdido, algunos patriotas supieron “sacar maquila” de los eventos y propugnaron la independencia política y administrativa. Pero debe quedar claro que la intención de fondo era liberarse de los trámites y yugos comerciales impuestos por España a sus colonias, y fue ello lo que dio inicio al movimiento revolucionario. ¡¡La economía y el comercio…siempre presentes!! Nada de patriotismo ni de sentimientos nacionalistas….sólo el dinero y las ganancias. Mas, como era necesario engañar al pueblo para meterlo en el breque –pues sin su aporte la lucha de los señorones enriquecidos se iba al tacho- aquellos mismos comerciantes y agricultores se encargaron de difundir las ideas de Manuel de Salas pese a que hasta pocos años antes las habían combatido. 

Ningún español radicado en el Chile del 1800 desconocía el sentimiento generalizado en el país respecto de zafarse de yugos impositivos para comerciar con entera libertad sus productos. La huida de Fernando VII y sus ejércitos, provocada por las huestes francesas, resultó ser la coyuntura perfecta, el argumento inatacable, la ocasión dorada para abrir las fronteras comerciales del país y negociar con quien estuviese dispuesto a hacerlo. Esos mismos españoles sabían, a ciencia cierta, que más temprano que tarde los criollos defenderían la independencia con las armas en la mano, pero ellos –los hispanos- contarían entonces con la explicación necesaria si las tropas peninsulares recuperaban el territorio a sangre y fuego. 

“Hemos defendido esta colonia a nombre de Su Majestad hasta donde nos fue posible”, aunque esconderían el propósito fundamental, cual fue la libertad de comercio que muy particularmente les beneficiaba. Estaban ciertos que la Corona respetaría luego esa misma libertad de negocios, con tributos impositivos de por medio, ya que no se arriesgaría a una nueva guerra, y en el supuesto que las armas criollas resultasen triunfadoras las nuevas autoridades del país mantendrían sanos y salvos los intereses financieros de los aristócratas, basándose en que muchos de ellos entregaron firme apoyo a la idea de la emancipación y/o que sin su participación en los asuntos de gobierno el país no se sostendría. . Aunque, en el fondo de todos los corazones, subyacía la certeza de que lo anterior había sido una mentirilla destinada a cautelar los intereses de los poderosos y que el pueblo sólo iba a experimentar un cambio de amos, pero jamás un estado de libertad e igualdad.

¡Centrinaje a todo dar!

¿Quién es el Padre de la Patria? –preguntan aún hoy los maestros a los alumnos.

Bernardo O’Higgins, señor…..contestan los muchachos casi como un reflejo condicionado.

¿Bernardo O’Higgins? ¿José Miguel Carrera? ¿El “huaso” Bueras?

¡¡Nooo!!…¡¡José de San Martín!! Él fue el verdadero libertador de Chile, él y sus tropas cuyanas. 

Los principales caudillos de la emancipación nunca lograron ponerse de acuerdo en nada, ni siquiera en la forma que debían enfrentar al enemigo de ultramar cuando este arribó a Valdivia y al puerto de San Vicente. 

O’Higgins y Carrera se odiaban intensa y públicamente. Chillanejo y santiaguino, respectivamente. Centrinos natos. Representaban intereses e ideologías irreconciliables. Ambos pertenecían a una clase social aristocrática, encandilada por sus raíces, pero provenientes de ramas distintas. Uno –Carrera- hijo de familia de agricultores ricos y soberbios, creía que la patria descansaba en su linaje. El otro –O’Higgins- vástago de un exitoso y respetado Virrey, educado en Inglaterra al amparo de luces intelectuales más brillantes que las españolas, pensaba que la patria requería sólo un ordenamiento militar emanado del autoritarismo gubernativo para iniciar el largo camino de la soberanía. 

Pero, ni uno ni otro era poseedor de cualidades y aptitudes reales de conducción. Pésimos administradores y peores políticos, movidos por un loable amor a la patria y empujados por una valentía sin límites rayana en el suicidio, deciden cobijarse en la villa de Rancagua el año 1814 para enfrentar, divididos como siempre, las disciplinadas y bien pertrechadas tropas de Mariano Osorio. 

Conocer la Historia es descubrir las raíces de las cuales procedemos y entender cabalmente nuestra posición en la sociedad global. La Historia es la conciencia del presente, aseguraba Vicuña Mackenna. 

Desconocer la Historia (actitud típica del centrino), sus hechos y significados, es negar nuestra propia existencia ya que alguien que ignora el pasado carece de futuro y transita por un presente ajeno, lo cual le hará cometer errores que bien pudo evitar si hubiese sabido cómo fueron superados tales obstáculos en tiempos anteriores o, simplemente, cuál es su procedencia y de qué forma se entrelazan con el presente. 

Pero los hechos ciertos, reales, acaecidos siglos atrás, no siempre son aquellos que ensalzan los libros oficiales de estudio, pues estos obedecen a la irrefrenable intención de gobiernos y estados centrinos por maximizar lo bueno y disfrazar lo negativo, estructurando una argamasa de héroes cuyos nombres parecen inalcanzables, etéreos y fantasmales…..con lo cual se desvirtúa la saga de acontecimientos haciendo menos entendible la razón de los sucesos. 

Los días 1 y 2 de octubre del año 1814, la vieja villa Santa Cruz de Triana (Rancagua) fue testigo de un acontecimiento que cambió los destinos americanos y marcó para siempre a la naciente nación chilena. No se trató sólo de una batalla, de una derrota o de un trágico desaguisado. Fue el prolegómeno inasible de una saga de controversias que moldearon el carácter nacional no sólo en lo político, sino también en lo social.

Ello se arrastra hasta nuestros días, querámoslo o no. 

El escritor e investigador Ricardo Figueroa hurgó en la voluminosa documentación existente sobre esa batalla, que se ha dado en llamar “el desastre de Rancagua”, y parió una obra seria, estructurada y escrita con la visión de un ingeniero. Una obra que resulta ser aporte indiscutible para comprender los acaecimientos de los albores de nuestra independencia (“El desastre de Rancagua”, Centro Gráfico Prisma, Santiago, 2003). 

¿Qué ocurrió, realmente, en la rancagüina plaza por cuatro calles crucificada, como excelentemente señala el autor?

Guiados por la documentada objetividad de Ricardo Figueroa, entendemos los orígenes de la severa e inexcusable pugna existente entre los principales caudillos criollos de esa época. Una lucha soterrada por conseguir la administración de un país naciente, ora a nombre de la Patria aún difusa, ora por responder a requerimientos de una organización secreta y continental, ora por burdas veleidades personales. 

Aseguremos, como primer paso que nos permite el análisis de la obra de Figueroa, que tanto la familia de los Carrera como la de O’Higgins pertenecían a una clase social privilegiada en posesiones, dinero y apellidos, lo que por cierto no era óbice para exudar un sincero anhelo de libertad. Ello ocurría de la misma laya en toda la América hispana. Simón Bolívar, por ejemplo, era el joven más rico de Caracas, así como Sucre y Artigas mostraban extensas propiedades agrícolas allende los Andes. Solamente José de San Martín y Manuel Rodríguez parecen haber sido los menos afortunados en materias económicas. En cambio, el pueblo campesino y laborioso no manifestaba mayor entusiasmo con las ideas independentistas, demasiado acostumbrado quizás a la obediencia servil y obsecuente de sus patrones-amos, independientemente del origen o nacionalidad que estos pudiesen tener. En cambio, a quienes poseían vastas extensiones de tierras o comercios significativos, la independencia del naciente país les resultaba económicamente beneficiosa, ya que deseaban liberarse de las trabas impuestas por la insaciable monarquía ibérica que les amarraba a un sistema injusto y poco rentable. 

Digamos entonces que un importante porcentaje de chilenos (específicamente, el pueblo campesino y el “roto” citadino), declinaba apoyar con decisión la posibilidad de gobierno autónomo, ya que los hispánicos le resultaban patrones lejanos, no así sus amos locales que les explotaban desde muy cerca. Es por ello que casi el 80% de las tropas reales dirigidas por el general Mariano Osorio, estaba compuesto por chilenos del sur….penquistas, chillanejos, valdivianos y chilotes. 

A este respecto, José Zapiola, artista de fuste que vivió intensamente la lucha independentista, aseguró que “no todos los jóvenes chilenos se entusiasmaron con la revolución”. Luego, agregó: “algunos de los revolucionarios, como Manuel Rodríguez, nos dieron el modelo de los politiqueros y los bochincheros de más tarde. Rodríguez fue un admirable guerrillero, cuando las guerrillas servían un ideal. Pasado su tiempo el guerrillero se convirtió en peligro público”.

Joaquín Edwards Bello, escritor, poeta y ensayista, asegura en su obra “El Bisabuelo de Piedra” (Edit. Nascimento, Santiago, 1978), a este respecto: “Digamos de una vez que en la revolución de 1810 hubo mucho de politiquería y de ansias de poder, disfrazadas de patriotismo”. 

Además de haber sido aquella una lucha independentista, en alguna medida fue también una guerra civil que puso frente a frente dos zonas muy identificables del país. El centro, con Santiago a la cabeza junto al apoyo tibio de ciudades como Valparaíso y Coquimbo, y el sur espléndido, donde Valdivia y la isla grande de Chiloé mantenían férrea lealtad a la corona española. 

En medio, Concepción y sus verdores. Ciudad dividida en sus apoyos, pero que esperaba con legítimo orgullo convertirse en la capital del naciente estado ya que allí se había encendido la que fuera, quizás, llama primera de la lucha libertaria. 

Mariano Osorio desembarca en Talcahuano con 600 soldados españoles y avanza tropas hacia Chillán y Talca, aunando voluntades criollas para recuperar el reino y, de paso, intentar la reconquista del Virreinato del Plata atacando la provincia de Cuyo desde territorio chileno. 

En el mismo momento que el general español pone pie en nuestro suelo, O’Higgins y Carrera dirimen sus diferencias enfrentándose en una batalla fratricida que deciden posponer una vez enterados del arribo de nuevas tropas hispánicas venidas desde el viejo continente. 

Con un ejército de cinco mil setecientos soldados (chilenos del sur, la mayoría de ellos), Osorio se acerca a Santiago. La independencia de las colonias americanas comienza a tambalear y Rancagua resulta ser el último escollo. Allí se atrinchera O’Higgins con tres divisiones, mientras la división restante, al mando de Carrera, espera en Angostura de Paine. Merced al momento crucial que vive la causa libertaria, las odiosidades personales han sido abandonadas, aunque sólo temporalmente, ya que ellas subyacen en el fondo de las almas esperando mejor ocasión para salir a flote, y afloran torpemente las ópticas diferentes en cuanto a cómo y dónde detener el paso de Osorio. 

Durante dos días, la gesta de Rancagua alcanzó ribetes de leyenda. Fue David luchando una vez más contra Goliat. Pero ahora el triunfo cayó en manos distintas. 

La derrota de las armas patriotas señala un nuevo destino, pues será necesario recurrir a apoyos externos para liberar el país ya que los líderes de la revolución independentista chilena carecen realmente de capacidad suficiente para estructurar un ejército, implementarlo, entrenarlo y, lo que es principal, convencer a la población respecto de la justicia de sus ideales. 

Habrá de ser un cuyano, José de San Martín, quien desde Mendoza logre hacer bien el trabajo que nuestros próceres hicieron mal. Y ahí está precisamente el germen de lo que llegará a ser nuestra idiosincrasia de inferioridad económica y social durante el primer siglo y medio de vida independiente. En los avatares de las discrepancias y odiosidades personales que caracterizaron el desastre patriota del año 1814 en Rancagua –y que alcanzarían su clímax trágico con el fusilamiento de los hermanos Carrera en Mendoza y el asesinato de Manuel Rodríguez en Til-Til- se encuentra la semilla del fenómeno que hemos dado en llamar “centrinaje” chileno….una forma ya no de hacer política ni de afrontar deberes solamente, sino un modelo de vida social repudiable que afortunadamente no ha contaminado del todo a nuestros compatriotas de los extremos del país. 

O’Higgins y Carrera se odiaban….y lo demostraron en los hechos concretos, aunque intentaron esconderlo en sus comunicaciones oficiales. Dos aristocracias de diferente cepa se enfrentan para conducir la nación. Una –la de José Miguel- es la añosa clase agrícola y terrateniente, católica ultramontana hasta los huesos. La otra –la de Bernardo- es la pujante y naciente clase nueva, más minera y comercial, que encuentra solidez en la conformación de sociedades secretas interamericanas con raíces filosóficas franco-inglesas más que hispánicas. 

Es tan insoslayable lo que hemos afirmado, que los militares españoles –conocedores del “centrinaje”, por formar ellos parte de su propia estructura- una vez que hubieron detenido y encarcelado a los hermanos José Miguel y Luis Carrera en Penco y Chillán, el astuto comandante hispánico Urrejola decidió liberarlos de la prisión para que viajasen a Santiago, se apoderaran del poder y dividieran insanablemente las tropas chilenas. Y así ocurrió, pues José Miguel Carrera derrocó al Director Supremo Francisco de la Lastra, provocando las iras de los soldados al mando de O’Higgins, que se encontraban acantonados en Talca, dirigiéndose de inmediato hacia Santiago para enfrentar a los hermanos Carrera en la batalla de las Tres Acequias, dando tiempo a Mariano Osorio a desembarcar sus tropas en Talcahuano. 

Ambos próceres –y es algo necesario de reiterar- carecían realmente de cualidades administrativas y dirigenciales para conformar no sólo un ejército libertador, sino también para construir el punto de encuentro a partir del cual la joven nación lograse aglutinar conciencias, voluntades y esfuerzos. Por ello es posible explicarse el desaguisado final en Rancagua y, lo que es aún más delicado, comprender por qué Chile debió buscar refugio y apoyo en el extranjero para obtener su liberación. 

Era tan prístina la opinión de los criollos chilenos respecto de la incapacidad de gobernar manifestada por sus líderes, que ofrecieron primero a San Martín el timón de la república. Al declinar este el ofrecimiento, sólo quedó el Brigadier chillanejo como posible mandatario.

Hay quienes afirman que los primeros pasos de la patria fueron ordenados desde Argentina, pues precisamente allí se encontraba la flor y nata de la logia lautarina. Entendamos que el Ejército de los Andes no fue una creación del gobierno central de Buenos Aires, sino de un gobernador de provincia, José de San Martín, que ni siquiera tenía ascendiente relevante en el gobierno central en Buenos Aires. 

Una buena prueba de lo mencionado en estas líneas es posible encontrarla en los párrafos de una carta que el año 1816 escribió Manuel Rodríguez al general José de San Martín. Lea usted y reflexiones (las palabras son del guerrillero):

“Los chilenos no tienen amor propio ni la delicada decencia de los libres.

“La envidia, la emulación baja y una soberbia absolutamente vana y vaga son sus únicos valores y virtudes nacionales…

“La nobleza se llena sin protestar su preferencia a los moros, que a vivir con los españoles y se entiesan…

“El pueblo medio es infidente y codicioso…

“Los artesanos son la gente de mayor razón y de más esperanza…

“La última plebe tiene cualidades muy convenientes. Pero anonadada por constitución de su rebajadísima educación y degradada por el sistema general que los agobia con una dependencia feudataria demasiado oprimente, se hace incapaz de todo, si no es mandada por el brillo despótico de una autoridad reconocida…”.

EL CENTRINAJE, HOY 

Un inefable y asintáctico conocido nuestro, de apellidos Pinochet y Ugarte, militar cazurro, asolapado, acomodaticio, centrino de tomo y lomo (y como si no bastara lo anterior, de raíces cauqueninas), sabedor de lo que estamos analizando, ha manifestado en varias ocasiones que su ciudad favorita es Iquique (aunque los iquiqueños no piensen bien de él), pues está muy consciente que los habitantes del centro del país –en especial aquellos que le palmotearon centrinamente sus espaldas durante diecisiete años- fueron los primeros en abandonarlo y entregarlo a las fauces de los tribunales o al arcón de los recuerdos no bien las nuevas situaciones políticas, y las conveniencias particulares, así lo aconsejaron. 

Estemos o no de acuerdo con esta figura del pasado político reciente, debemos concordar en un punto que, a mi juicio, no merece discusión ni mayor análisis. Dice relación con los militares y la civilidad. 

Lo peor y más errado que un investigador puede hacer es desestimar las opiniones militares respecto de la ciudadanía. El ejército recibe cada año un voluminoso contingente de civiles jóvenes proveniente de las clases menos favorecidas en lo económico. Los uniformados han llegado a conocer a la perfección el carácter de los chilenos, particularmente el de aquellos que habitan en el centro de la nación, y aunque no lo expresen de manera pública, aprendieron a administrar la volubilidad y el ladinismo de los llamados “paisas”, tanto como saben ya del acomodo y calculado servilismo que estos tienen frente a la fuerza, lo que resulta de utilidad cuando se trata de hacer cumplir órdenes irracionales, ilegales y, a veces (como ya ocurrió), criminales. Los militares conocen en toda su extensión las características de obsecuencia que los civiles muestran ante la autoridad, aunque esta sea contraria a los pensamientos e ideologías de gran parte de la masa. Por ello, el uniformado entiende que no es el pueblo quien debe ser conquistado, sino solamente el poder, pues el resto vendrá por añadidura 

La clase política chilena (“centrina” a concho) disputa con los militares y empresarios el derecho a manejar la férula, basándose en similar conocimiento de nuestros conciudadanos del centro del país, pero como carece de armamento bélico utiliza la retórica y la fraseología demagógica impregnada de promesas incumplibles, cuando no usa enrevesados pseudo análisis economicistas y sociológicos que dejan con un palmo de narices a los más, y una sonrisa irónica a los menos. 

No por nada la sindicalización obrera y los partidos populares se gestaron en el Norte Grande. Habría sido punto menos que imposible esperar su nacimiento en los conglomerados obreros del centro del país, donde el surgimiento de una clase (o capas) media, a fines del siglo XIX, alimentó la idea de no considerarse obrero, sino “empleado” o “funcionario”. Esto último también dice relación con el tema de nuestro ensayo, pues fueron esas “capas” medias, nacientes recién en el último tercio del siglo diecinueve, y nacientes en las ciudades, las que comenzaron a disputarle el poder político a la poderosa casta terrateniente. 

A este respecto, el historiador Jaime Eyzaguirre, en su obra “Chile durante el gobierno de Errázuriz Echaurren”, Presidente que gobernó el país desde el año 1896 a 1901 (Edit. Zig-Zag, 1957), afirma en la página 19: 

“”No sólo la incorporación de estos nuevos elementos (se refiere el autor al avance de una naciente plutocracia que compartirá con los terratenientes el cetro de la influencia política) hizo decrecer en la aristocracia su fisonomía patriarcal y tradicionalista y le fue proporcionando un matiz cosmopolita. La sugestión ejercida en sus miembros por el espíritu francés, al través de los libros y de los viajes, debilitó su sobriedad y modestia que la habían distinguido, y la fue empujando hacia un mayor lujo y refinamiento, que deberían distanciarla material y espiritualmente de las capas populares, guardadoras del alma de la tierra””. 

A renglón seguido, Jaime Eyzaguirre expone lo que consideramos la parte medular de este asunto, ya que en él observamos perfiles sociológicos que avalan nuestra proposición.

“”Este proceso de transformación psicológica, que se fue acentuando con el fin del siglo (siglo XIX) coincidió con la gestación y paulatina toma de conciencia de un nuevo grupo social, la clase media, hasta entonces casi inexistente. El desarrollo de la industria y del comercio, el crecimiento de la vida en las ciudades, los progresos de la educación y la afluencia, aunque escasa, de emigrantes, activaron su génesis y ensanche (…..) Improvisada y en formación, ella (la clase media) carecía de fisonomía propia y de valor para afrontar por sí misma el proceso de una maduración original e independiente. El brillo exterior de una aristocracia que iba perdiendo sus genuinos valores la encandiló hasta llevarla a imitar sus modas y actitudes cosmopolitas””. 

Leyendo a conciencia la obra del ultra derechista Eyzaguirre, se puede entender que la vieja aristocracia terrateniente adscribióse al refinamiento europeo, especialmente el francés, alejándose de las capas populares tanto en lo material como en lo espiritual, pero sin abandonar ciertos rasgos característicos de la vieja estirpe española colonizadora, los que fueron recogidos por una naciente capa media que los amalgamó, en gran medida, con los intentos de refinamiento exteriorizados por la antigua aristocracia agraria. Uno de esos rasgos fue, a no dudar, el “centrinaje”, tan útil en la hora de consensuar acuerdos sociales y comprometer intereses económicos y privilegios políticos, otorgándole –y protocolizándolo- un sólido carácter social de habitualidad e imitación. Habitualidad en la permanencia y reiteración del signo más fecundo del centrinaje, cual es el doble estándar….y permanencia, debido a que las principales clases sociales del país lo habían hecho, oficialmente podríamos decir, suyo. 

Y sobre este punto, un somero alcance, somero pero interesante y clarificador.

Los historiadores hablan, reiteradamente, de una clase social aristocrática, terrateniente y poderosa, tal como si ella siempre hubiese existido en la faz de la tierra chilena desde los tiempos de la Creación, o que descendiesen los actuales “nobles” de otras familias bendecidas por la férula monárquica europea con blasones semi divinos. 

Nada más errado y falaz que ello. Claro, el “centrinaje” lo acepta, lo avala y lo aplaude aún sabiendo que se trata de una argucia propia de quienes han mantenido el poder en sus manos durante siglos.

Apellidos hoy respetados como parámetros prístinos de la aristocracia chilena, provienen, la mayoría de ellos, de aventureros iletrados, vagabundos expulsados de sus terruños, malandrines sanguinarios, ladrones todos, que luego de haber tomado a viva fuerza extensas propiedades ocupadas por indígenas y transformarlas en haciendas o fundos, tornándolas medianamente productivas merced a la esclavitud que sometieron a sus antiguos ocupantes (esclavitud implica gratuidad de mano de obra), viajaron alguna vez a España para comprar títulos nobiliarios con los cuales lavar sus pasados delictuales. 

Si el primer mundo adeuda a la población indo-americana ochenta billones de dólares, ¿cuánto adeudan los actuales aristócratas chilenos a las poblaciones indígenas del país? Jamás han pagado un mísero porcentaje de interés por tal apropiación indebida y, peor aún, ascendieron al poder total por la nublada vía de la religión y la dolorosa carretera de la sangre vertida en cientos de matanzas y masacres, muchas de las cuales fueron cometidas contra aquellos que nunca viajaron a España a comprar títulos de nobleza y que, por el contrario, con sus manos y esfuerzos levantaron este país recibiendo remuneraciones exiguas, cuando no solamente un plato miserable de alimento. 

Pero, ¡cuidado! Lo anterior no ocurrió exclusivamente con vagabundos españoles del siglo XVI. Hubo también hijos de Inglaterra –vástagos desechados por la sociedad londinense- que aparecieron en nuestras costas no por voluntad propia, sino específicamente porque eran tan ladrones y disociadores que sus propios compañeros de pillerías les expulsaron del barco en que cometían tropelías a lo ancho y largo de la costa del Pacífico, a nombre de la reina británica, lanzándolos sin más vituallas que su propia indecencia en las playas cercanas a Coquimbo. Hoy, algunos descendientes de esos piratas -ladrones de piratas- levantan sus hombros, arriscan las narices y ocupan sitiales de privilegio en nuestra sociedad, la que intentan dirigir a su amaño a través de las páginas de los medios de comunicación que poseen. 

Otros, los más, descienden de los primeros funcionarios públicos (“reales”, se decía en aquella época) que atendieron y sirvieron las instituciones que la corona levantó en suelos americanos. Funcionarios de Aduanas, empleados del Correo, oficiales de los ejércitos del rey en Chile, trabajadores de la Real Audiencia, que con el paso de los años se convirtieron en Oidores, Generales y Testaferros del Virreinato del Perú, en una carrera que es encomiable si se considera el esfuerzo y la capacidad pero que, relativo a la aristocracia, es dable barruntar cómo adquirieron mañosamente fortuna y títulos. 

Hasta una década antes de la Guerra Civil española (1936-1939), en Madrid y Sevilla aún se vendían “títulos nobiliarios” a los hispanos o descendientes de hispanos que vivían en América. Para no dejar sin abrochar este acápite, puedo asegurar que mi propio abuelo materno -que había arribado a Chile a comienzos de 1915 sin más pertenencias que una maleta- intentó veinte años más tarde viajar a la Madre Patria con el propósito de conseguir un certificado que acreditase su descendencia del Virrey Muñoz y Guzmán, lo que por cierto escapaba de la realidad. Afortunadamente no pudo concretar su ilusorio sueño, pues España había entrado ya en la espiral de violencia fratricida que culminaría con la guerra civil que la desangró completamente. 

Pero, volvamos a lo nuestro y no nos separemos de la línea principal que interesa.

¿Qué ocurría en el intertanto con las clases populares, los campesinos y los obreros, al finalizar el siglo diecinueve? 

El mismo Eyzaguirre nos entrega la respuesta.

“”La capa inferior de la sociedad, mestiza en no escasa parte, había experimentado una débil evolución. Mantenía su obediencia y fidelidad incondicionales al patrón y, en general, llevaba una vida rutinaria y sin aspiraciones. Aunque los dueños de las grandes haciendas se iban inclinando poco a poco a entregar en manos mercenarias o de arrendatarios la dirección inmediata de los trabajos y preferían permanecer en la capital, cuando no ausentarse a Europa, quedaban todavía muchos, sobre todo en las tierras interiores de Colchagua y del Maule, que conservaban un estrecho ligamen con sus subordinados (….) En este sentido su suerte era muy superior a la de los obreros de las ciudades, que vegetaban faltos de protección en un medio social poco sensible ante la miseria y el dolor””. 

Se observa con claridad que estos acontecimientos, tan significativos para el devenir del país, ocurrieron en terrenos céntricos, puntualmente en las grandes ciudades (en aquella época, poseían esa categoría solamente Valparaíso, Santiago y Concepción) pues, si bien es cierto, en la zona norte se aglutinaba la mayor masa obrera de la República trabajando en las compañías u oficinas salitreras, donde otro tipo de problemas surgía, también es necesario insistir que fue en las ciudades y campos de la zona central donde se produjo con mayor empuje y enjundia la mezcla de valores y hábitos que se consolidaron orgánica y socialmente, y que perduran, en gran medida, hasta nuestros tiempos. 

No obstante, al igual que sucedió en el Norte Grande, fue en el sur espléndido (jamás en el centro), donde mujeres y hombres de valor ínclito lograron domeñar la naturaleza geográfica y social a punta de esfuerzo y tesón, aislados no ya del mundo sino incluso del país. Hoy Chile se vanagloria de las bellezas australes, de los recorridos por las aguas gélidas que besan los glaciares y el visitante se da la mano con una fauna exquisita, pero irónicamente son los centrinos quienes creen tener exclusiva autoridad para administrar esos parajes, desechando la capacidad de los habitantes de aquellos lugares que fueron, precisamente, gestores y maestros de la audacia impertinente que significó colonizar, habitar y prosperar económica y socialmente, ni más ni menos, la geografía donde descansó Dios luego de crear el universo (una antigua y ya desaparecida leyenda austral cuenta que fue la uña del Todopoderoso la que separó tierras y aguas originando el actual Estrecho de Magallanes). Así, el ‘centralismo’ se confunde con el ‘centrinaje’ en un abrazo histórico y sociológico. 

POLÍTICOS CENTRINOS 

Dar ejemplos de centrinaje no resulta difícil si se toma como parámetro el mundo de la política y de quienes dicen administrarlo. 

Resulta tragicómico escuchar las respuestas de quienes son entrevistados en la vía pública respecto de estos asuntos, pues la mayoría asevera –a veces musitando la frase- que “no entiendo nada de política ni me interesa”, pero extraño es comprobar que llegado el caso de una elección, cualquiera de esas mismas personas ocupa lugares de avanzada en la discusión pertinente y, también, algunas de ellas manifiestan interés en representar al resto. 

No hay grandes diferencias entre lo que sucede en el fútbol y en la política. Todos son árbitros, directores técnicos, diplomáticos, diputados, comentaristas. Claro que en la cancha, donde se ven los gallos, aciertan poco y nada. 

Pero insisten, en la calle y en el lugar de trabajo, que carecen de información respecto de tal o cual tema controversial, que no lo comprenden ni desean meterse en aguas inquietas y turbulentas. 

Públicamente, el centrino no arriesga opinión. A puertas cerradas y en sitio seguro, en cambio, desata sus ideas que expone como si se tratara de un verdadero entendido en las materias que discute, apasionada y generalmente, sin mucha argumentación y menos información, pues lee poco y mal, entiende al revés lo que otros explican y se interesa de preferencia por asuntos triviales ya que reconoce (asertividad en algo, por fin) su absoluta indiferencia respecto de temas profundos y relevantes. 

“Para eso están los gobernantes y los políticos”, es la consabida respuesta de la masa, pero…..

¿Existe en el país alguien más desprestigiado en la opinión de esa misma gente que los políticos, independientemente de la trinchera ideológica a la que pertenezcan? 

La habitualidad, expresada en opiniones feroces y contundentes, es acusar a estos representantes de la ciudadanía de ostentar todos los vicios conocidos. Ladrones, mentirosos, ignorantes, prevaricadores, vagos, frescos, “care’palo”, inútiles, soberbios, veleidosos, ganapanes, y hasta mafiosos. De esa manera los trata el ciudadano común, y no obstante, al aproximarse un proceso electoral la gente se prepara no tan sólo para escuchar discursos, entrevistas, foros y paneles (que el vulgo afirma están llenos de falsas promesas), sino también para participar –en sus círculos familiares y barriales- en las respectivas campañas. 

Una especie de movimiento mecánico sacude a nuestro pueblo en las situaciones comentadas. Denuesta, reniega y despotrica, pero asiste y participa…quizás en la creencia (o la esperanza) de encontrar aunque fuese por una única vez cierta correspondencia concreta entre lo que los candidatos ofrecen y la realidad objetiva. Pronto se desencanta (los fríos y porfiados hechos le dan la razón al escéptico y argumentos al protestatario extremo), vuelve a su postura descreída pero no ejecuta acciones de ningún tipo para mejorar la situación. Es ese inmovilismo el que aprovechan profitadores y demagogos profesionales para seguir lucrando con la ingenuidad cómplice (porque el ciudadano es consciente de que así está actuando) del alma nacional, ya que les asiste la segura convicción que en los próximos comicios se repetirá la escena insoportable del prometedor falaz y el aceptante quieto. Este último, con la eterna e ilusoria fantasía de aquel que espera graciosamente que no le timen de nuevo, que esta vez “a lo mejor, cumplen lo prometido”, aunque en su fuero interno tiene la certeza que nada cambiará lo que ha sido un arte de la mentira y la verborrea. Rechaza la política y reniega de los políticos, pero se deja embaucar y utilizar mansa y voluntariamente por ambos. Confía en quien no cree y se deja doblegar por explicaciones que sabe falsas para, años más tarde, entregar nuevamente su voto a los mismos que le mintieron y engañaron con descaro. 

Al ciudadano común se le exige cumplir irrestrictamente las disposiciones legales emanadas del Poder Legislativo, aunque quienes las dictan y votan permanezcan a un costado de ellas.

Aquel vecino que no posea educación formal íntegramente cumplida, le será difícil acceder a un empleo cualquiera. Es la ley. Pero, a los políticos –que son quienes discuten y aprueban legislaciones- este requisito no les es exigible. ¿Usted desea postular como funcionario a un Ministerio, empleado en un banco o en una empresa? Si no tiene el 4º Año de Enseñanza Media es mejor que ni lo intente, pues será rechazada su solicitud. ¿Desea usted postular como candidato a un Concejo Municipal? Ah…entonces la cosa cambia, pues según la ley que emanó de los políticos sólo necesita saber leer y escribir, aunque ningún artículo de la legislación le impetra demostrarlo. 

Arturo Alessandri Palma, dos veces Primer Mandatario, refiriéndose al palacio de gobierno –La Moneda- aseveró que era “la casa donde tanto se sufre”, frase que acuñaron todos los postulantes al sillón de O’Higgins, tratando de demostrar al público cuán supremo era el esfuerzo y cuán profundo el sacrificio que estaban dispuestos a realizar en aras de la Nación. Llama la atención entonces que se produzcan serias confrontaciones y luchas para obtener la posibilidad de “ir a sufrir” en los salones y oficinas de la presidencia. 

El mismo Alessandri Palma acuñó otra frase para el bronce, esta vez en relación al Congreso Nacional, a cuyos miembros llamó “la canalla dorada”. Parece más ajustada a la realidad que la anterior.

Entonces, entre “sufrientes voluntarios” y “canallas dorados” desarrolla sus artes la política chilena. 

Durante diecisiete años, como un golpe de agua sobre la roca, el general Pinochet insistió ante el país que la clase política era deleznable, traidora e inútil. Aunque exageró en las apreciaciones, no necesitó mucho más para convencer a millones de personas sobre un asunto que era conocido por todos. Sin embargo, una vez que el plebiscito de 1988 lo sacó del gobierno, el militar decidió integrarse a la “canalla dorada deleznable, traidora e inútil” del nuevo Congreso en calidad de senador designado. “Para defender mi Constitución Política”, dicen que dijo. 

Idéntico camino siguió el ex –presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, pese a haber sido uno de los principales opositores a esa rara avis constitucional que es la casta de los designados. “Es la única forma de asegurarle mayoría al gobierno democrático”, dicen que afirmó. 

Y vendrán más, no lo dude, pues el “centrinaje” encontró sus mejores huéspedes en la política criolla donde un sector mayoritario –el que actualmente gobierna- manifiesta dudas respecto de la conveniencia de abolir la institución de los senadores que nadie elige. 

¡Centrinaje puro! Sólo así se entiende también que las trincheras derechistas –las mismas que apoyaron sin desmayo al gobierno militar y defendieron a brazo partido la institución de los “designados”- estén hoy de acuerdo en terminar con ella ya que la votación popular muestra permanentes tendencias a favorecer a sus adversarios en los comicios presidenciales, con lo cual se les hace cuesta arriba engrosar votaciones senatoriales si primero no cuentan con ex -presidentes. 

Sin embargo, peores aún que los políticos han sido los ex –comandantes de las fuerzas armadas que ocupan cargos senatoriales a través de esa misma institución que se asemeja a un ornitorrinco. Ellos fueron parte viva y activa del gobierno militar. Obedecieron –a pleno gusto y voluntad- las instrucciones emanadas desde las oficinas de sus jefaturas máximas; participaron oficialmente en la confección y construcción del “nuevo modelo” de Estado, lo defendieron e implementaron hasta el minuto exacto de la llegada al gobierno de los civiles elegidos por votación soberana y popular. Una vez llamados a retiro, sin gastar un mísero día en campañas políticas, ni obligados a presentar ante nadie un programa de trabajo o expresar pensamientos ideológicos y sociológicos y económicos, pasaron a integrar –por obra y gracia del centrinaje- el Congreso Nacional, donde carecen de territorialidad que representar y, por tanto, disponen de sobrado tiempo para deambular relajadamente por pasillos y salones del enorme edificio, buscando algo que los entretenga, y justifique –aunque sea para su ego- la millonaria dieta que reciben mensualmente, la cual agregan a su nada desdeñable jubilación. ¡Esa sí es vida! 

A todos los felices integrantes de este grupito, si hubiese estado viviendo en nuestra época, Portales les habría llamado “pelajeanos”. 

Nosotros les motejamos, simplemente, de “centrinos”.

Pero, en política, hay muchos más centrinos que examinar, ya que aquí se encuentra el hábitat donde esta actitud idiosincrásica logra su mejor nicho nutriente. Dado que el recorrido sería extenso, la proposición es analizar solamente a ciertos representantes de la política que aún están presentes en el consciente colectivo. 

Para evitarme disgustos gratuitos, me permito recordar al lector que en las páginas anteriores ya dedicamos extensas líneas al “faraón” del centrinaje, Augusto Pinochet Ugarte. Aunque algo más podemos añadir a su curriculum.

¿Qué mejor demostración de “centrinaje” puede ser aquella que dio al país este insigne representante del acomodo y el oportunismo? 

Durante su extensa carrera militar ocupó siempre lugares secundarios, tranquilos, a la sombra de alguien más capaz y menos errático, sin comprometerse ni identificarse, lo que le significó trepar sin sobresaltos mayores la escabrosa pirámide que conduce al generalato. Se mantuvo al cobijo de oficiales de prestancia, sirviéndoles como asistente pero nunca tomando él las riendas de nada. Si la cabeza de su jefe caía, la suya estaba presta para reemplazarla. Según propia confesión, fue Iquique la ciudad que más le agradó en su tránsito a la Moneda, cosa rara pues aquella ciudad no se caracteriza precisamente por contar con ciudadanos empapados en actitudes centrinas pero, oh paradoja, debió recibir en su seno al más destacado miembro del centrinaje chileno del siglo veinte. Regresado a Santiago, años más tarde, Pinochet se ve arrastrado por las circunstancias luego del triste episodio del asesinato del general René Schneider , ya que su jefe directo, el general Carlos Prats, lo designa su asistente y junto a él vive los mil días tensos del gobierno de la Unidad Popular. 

Con Prats recorre todas las unidades militares del país, visita cuanta embajada estaba acreditada en la capital, asiste a reuniones en La Moneda donde conoce al doctor socialista Salvador Allende y le manifiesta lealtad a toda prueba y ante todo trance, es testigo de los intentos golpistas de algunos generales y ofrece su apoyo incondicional al gobierno para defenestrar las maquinaciones y defender a ultranza el régimen constitucional. Finalmente, se preocupa de manera personal en llevar a cabo las solicitudes gubernativas en cuanto a poner coto a las manifestaciones callejeras opositoras la régimen, pero jamás aceptó –ni siquiera insinuó- formar parte del gabinete cívico-militar con el que un Allende mareado, enredado, irresoluto y superado por sus propios cuadros dirigenciales socialistas, intentó dar estabilidad al régimen moribundo y fracasado. 

Luego de la renuncia del general Carlos Prats, Pinochet asumió la comandancia en jefe y contrariamente a lo que muchos de sus seguidores han asegurado siguió siendo fiel a la Constitución y al gobierno allendista. 

Todo cambió la noche del 09 de septiembre de 1973. En su domicilio recibió visitas confidenciales de militares golpistas y de representantes de los jefes de la armada y la aviación. Le informaron que con o sin él, el “golpe” venía. A última hora –la madrugada del lunes 10- se sumó al plan y, centrinamente, exigió dirigirlo argumentando que le asistía el derecho por ser quien comandaba el ejército. Los complotadores aceptaron bajo una condición inexcusable: debía dar muestras inequívocas, una vez en el gobierno, de su identificación “con la causa”. 

Y las dio. ¡Vaya si no! Pruebas irrefutables de ello pueden encontrarse en los asesinatos de Orlando Letelier en Washington, y del general Carlos Prats en Buenos Aires. 

El resto de la historia personal de este hombre es tan conocida que no merece mayores apuntes, aunque parece sano recordar cuánto “meneó la cola” la noche del Plebiscito luego de saber que había sido derrotado en las urnas, llamando a último momento a sus acompañantes en la Junta de Gobierno para obtener de ellos la autorización que le cosquilleaba el alma: decretar estado de sitio en el país y reintentar un nuevo exterminio de opositores para mantenerse en La Moneda hasta que su corazón expirase. Dado que su intentona fracasó (los ojos del mundo estaban sobre él), apareció ante las cámaras de televisión horas más tarde hablando de su “intransable espíritu democrático y su respeto irrestricto a la voluntad del país expresada en las urnas”.

Es, sin lugar a equivocación, el faraón de los centrinos…pero hay otros que no desmerecen, no lo dude.

Demos de inmediato –para que no se enfríe el agua de este matecito- una raspadita a la epidermis de quien hemos llamado “príncipe del centrinaje político”. 

Patricio Aylwin Azócar. 

Ex –Presidente de la República, le correspondió dirigir los destinos de la nación en el período conocido como “transicional”. 

No ha existido altercado, contubernio ni rastrojo político en el cual no haya estado presente. A nombre de la democracia institucional y representativa, el señor Aylwin ha participado en cuanto ”chamullo legal” pueda encontrarse en los anales de la historia política de los últimos treinta y cinco años. 

En 1970, luego del triunfo electoral de Salvador Allende, fue uno de los gestores del “Estatuto de Garantías”, medio por el cual su partido (Demócrata Cristiano) negoció los votos de sus parlamentarios para dirimir en el Congreso la elección del doctor socialista frente a su competidor derechista, el ingeniero y empresario Jorge Alessandri. 

Como buen “centrino”, también de origen maulino, argumentó que lo hacía “en defensa de la democracia”, aunque la verdad desnuda era más bien una bofetada a los miembros de la derecha por haber negado apoyo al gobierno de Frei Montalva y al PDC en la campaña presidencial. Decía lo que no pensaba y hacía lo que no decía. 

Fue uno de los pioneros en arrimarse a los cuarteles para empujar a los militares a un golpe de estado y negarse al acuerdo con Allende que propiciaba el cardenal Raúl Silva Henríquez, lo que habría evitado el baño de sangre y la brutalidad hipócrita que cayó sobre el país. Pero –centrino al fin y al cabo- primero, y durante un mes, simuló negociar para salvar su imagen futura y al mismo tiempo hacer patente el deterioro de la situación política en función de la “salida golpista” que íntimamente propiciaba. 

Empujó sin pausas la resolución de la Cámara de Diputados que el año 1973 caratuló de “inconstitucional” al gobierno de Allende, entregando argumentos a los golpistas que aguardaban, armas en mano, en los pasillos aledaños. 

Años después de haberse producido “el pronunciamiento militar” (como gustaba a Pinochet y Merino que la prensa dijese), al que había coadyuvado de manera sibilina y solapada, inició los ataques verbales contra la dictadura -al constatar que los militares no iban a traspasar el poder mediante un llamado a elecciones en las que el PDC confiaba obtener pingües dividendos políticos- insuflando aires de democracia a un territorio que la había perdido precisamente por la negativa a defenderla, propiciada por gente como él. 

Cuando los trabajadores organizados en el Comando Nacional lograron que Pinochet y sus íntimos subiesen a un helicóptero para abandonar la ciudad de Santiago, en ese momento alterada y encendida, nuestro “príncipe” del centrinaje surgió desde las sombras para dirigir el equipo de políticos que arrinconó a los dirigentes sindicales demócrata cristianos en la reunión de Punta de Tralca (litoral de la V Región), obligándoles a entregar las riendas del movimiento de protesta a la llamada “Alianza Democrática”, organización política parida entre gallos y medianoche, cuyo único objetivo real era birlarle a los Bustos, Seguel, Mujica, Ríos, Flores y otros, el “poder de la calle y de convocatoria” y negociar, centrina, política y ladinamente, con el flamante Ministro del Interior del gobierno militar, Sergio Onofre Jarpa Reyes, un prócer de raíces políticas nazi-ibañistas-populistas-pratistas y, por añadidura, “huasas” de San Javier. 

Ascendido a la Presidencia de la República, Aylwin borró con el codo lo escrito con su mano al afirmar que “procuraría justicia en la medida de lo posible”, echando agua sobre las brasas que comenzaban a consumir las podredumbres sitas en algunos cuarteles, salvando de esa manera el acuerdo alcanzado puertas adentro con los representantes pinochetistas en la reunión “secreta” que el PDC sostuvo con ellos en octubre de 1988, una vez que el pueblo concertacionista fue mandado a paseo a las pocas horas del triunfo del NO en el plebiscito del 5 de octubre de ese mismo año. En esa reunión estuvieron presentes, entre otros, René Cortázar y Juan Pablo Arellano, los juveniles nuevos “cerebros económicos” del régimen que iba reemplazar a los uniformados. 

Fueron “centrinos” quienes pavimentaron los patios de fusilamiento y llenaron de gasolina el estanque del helicóptero “Puma”, permitieron una sobrevida política a los responsables civiles de la masacre, defraudaron completamente a quienes escucharon sus peroratas demagógicas, esculpieron la democracia según sus intereses coyunturales y extienden sus manos para recibir pecuniariamente la gratitud de sus antiguos adversarios, asociados hoy en la misma empresa, así como alzan los brazos en respuesta a las ovaciones de otros centrinos como ellos, entre quienes se encuentran distinguidos miembros de partidos ex –izquierdistas –ahora renovados y convertidos a la fe neoliberal- que demuestran cuán poco les importaron los miles de muertos y millones de decepcionados….total, piensan ellos, pertenecían al pueblo, a ese pueblo sumiso y abúlico que sobrevivió a otras masacres anteriores pero que se manifiesta dispuesto a apoyar con su voto y su esfuerzo a los mismos hombres que actuaron de verdugos morales. 

Político centrino que arranca y abandona el buque, sirve para otra campaña.

El corso Napoleón Bonaparte, luego de la histórica derrota en la Batalla de las Naciones, al ser inquirido por sus generales -que deseaban obligarle a salvar su pellejo huyendo por la campiña- cuál sería el sitio donde se refugiaría para evitar la furia inglesa, manifestó que no escaparía como un cobarde ya que “cualquier lugar del mundo, un castillo, un cuarto humilde y hasta un calabozo, es útil para restaurar la lucha, pues Francia no merece, ni respetaría, a quien pensase de otro modo”. 

El pequeño-gran emperador cumplió lo asegurado. Los ingleses lo desterraron a la isla de Elba, desde la que escapó posteriormente para recuperar el trono y dirigir el Gobierno de los Cien Días.

En fin, Bonaparte no era “centrino”. 

La mayoría de nuestros políticos, en cambio, vergonzosamente, corrieron presurosos hacia las embajadas en procura de asilo, dejando al pueblo –al mismo pueblo que decían representar y dirigir- en condiciones lamentables, al arbitrio de la locura uniformada que se desató horas después del golpe militar. Muchos de ellos fueron recibidos en calidad de mártires heroicos en diversos países, disfrutando de las regalías y solidaridad de sus pares, viviendo gratuitamente merced a la preocupación de los respectivos gobiernos, dando charlas en sindicatos y organizaciones estudiantiles, paseando de un lugar del mundo a otro, sin haber trabajado un solo día ni transpirado por la necesidad de proveer alimento para su familia. Fue el “exilio dorado”. 

Hubo algunos que ocuparon oficinas en edificios gubernamentales, como fue el caso de aquellos que se refugiaron en Alemania Oriental o Unión Soviética, desde donde “censuraban y administraban” las vidas de sus compatriotas menos favorecidos, en una especie de KGB-Stassi-DINA-Chilensis que aún provoca tristes recuerdos en muchos exiliados. 

En Cuba no les fue nada de bien, ya que Fidel Castro –latino también- consideró que esos politicastros exiliados representaban una vergüenza para la causa revolucionaria, puesto que no tan sólo habían entregado la oreja con suma rapidez y facilidad sino, además, sin disparar un maldito tiro corrieron a buscar cobijo en las embajadas dejando al pueblo en la indefensión. De la ácida crítica cubana se salvaban solamente el MIR y algunos socialistas y comunistas que defendieron al gobierno popular enfrentando al milicaje golpista en determinadas empresas e industrias intervenidas. 

Ello explica por qué algunos distinguidos próceres de la revolución latinoamericana abandonaron prestamente la isla caribeña, para descansar sus huesos en otros países menos criticones. Amén que en Cuba, para ser sinceros, lo que menos abundaba eran los dólares. 

Desde el exilio dorado hablaron y hablaron; recorrieron (con buena paga, por cierto) todos los foros internacionales sin dejar de asistir, jamás, a ninguno de los cócteles que se estilan en esas organizaciones, ni a desayuno, cena o comida oficial ofrecida por los anfitriones.

Se asegura que hubo quienes subieron escandalosamente de peso en pocos años, y sus barrigas aumentaron al nivel de las que decoran a los obispos. 

Otros, no muchos, lograron insertarse en organizaciones supranacionales y desarrollaron –bien o mal- trabajos varios que, al menos, justificaban el dinero mensual recibido. 

Hubo un caso que de irrisorio pasó a ser lamentable, pero demuestra hasta qué punto algunos de esos “próceres” de la revolución fueron capaces de perseguir el dinero fácil, creyendo equivocadamente que los líderes de otros países eran tan inefables como ellos. 

Cuenta la anécdota que un grupo de dirigentes juveniles del Partido Radical, sin haberse visto en la necesidad de procurar asilo alguno, intentó aprovechar la oferta de apoyo internacional en la lucha contra Pinochet. Desde Roma y Berlín Oriental movieron sus influencias a objeto de conseguir una entrevista, ni más ni menos, con Mohammar Khadafi, el líder libio que a la sazón constituía uno de los polos más fuertes en la lucha contra Estados Unidos e Israel. 

Luego de múltiples trámites y reuniones, este grupo de jóvenes Radicales logró la audiencia solicitada. Los chilenos fueron trasladados a Trípoli y de allí a un punto desconocido en algún lugar del desierto libio, donde en una especie de campamento les esperaban Khadafi y sus asesores militares. Los chilenitos creían poder conseguir dinero fácilmente para financiar la “revolución” que estaba a punto de explotar en Santiago, según ellos aseguraron al mandatario árabe. “¿Cuánto dinero necesitan?”, preguntó el libio.“Dos millones de dólares”, respondieron los jóvenes, sobándose las manos de contentamiento, pues esperaban sacar una tajada significativa de ese monto para bienestar personal. Después de largas conversaciones y análisis de la situación política chilena, el líder libio extendió un mapa de la República de Chile y expresó: “Estoy dispuesto a ayudarles con dos millones de dólares. Indíquenme en qué lugar de la costa chilena desean que una de mis naves descargue material bélico por un costo de dos millones de dólares y yo me encargaré que ese cargamento les llegue sin dificultades ni tropiezos”. Por supuesto, no hubo respuesta. Los muchachos solicitaron al mandatario libio regresar a Chile para acordar con los jefes del Partido el lugar exacto y la fecha adecuada en la que debería producirse el desembarque. Volvieron a Santiago sin un solo centavo y con la cola entre las piernas. Nunca hablaron con el Partido Radical y tampoco hubo jamás esa manida “revolución”. Por cierto, Khadafi no recibió respuesta y los muchachos se cuidaron bien de no regresar a Libia. 

Todo lo anterior importaría un bledo y constituiría parte sabrosa del anecdotario, pero la tragedia estriba en que esos mismos políticos centrinos regresaron al país una vez que la gente, la ciudadanía, el pueblo, recuperó la democracia; y regresaron no para trabajar como burros –tal cual lo hacen dieciséis millones de compatriotas cada jornada- sino para ocupar un lugar de privilegio en la institucionalidad salvada del incendio. 

Y ahí están hoy….diputados, senadores, subsecretarios, jefes de reparticiones, “pituteros” sin perdón, gobernadores, seremis, alcaldes, jefes de partidos, directores de ONG’s y hasta ministros de estado. Son los mismos que huyeron como alma que se lleva el diablo no bien un “paco” o un “milico” apareció en la esquina con la cara embetunada. ¡Los predicadores de la revolución arrancaron al primer peñascazo! ¡Los que exigían al pueblo marchar unido y en armas contra la burguesía, depositaron vertiginosamente sus traseros en la embajada más cercana! Pero, con la misma rapidez que esquivaron responsabilidad y bulto, regresaron a la patria para seguir profitando de la ingenuidad centrina del chileno. 

Eso me hace recordar la famosa frase latina: “los muertos que vos matasteis, gozan de buena salud”. ¡Y qué salud! 

Si se recorre la historia de cualquier país que experimentó algo parecido a lo que nos correspondió vivir entre 1970 y 1990, se encontrará que en ninguno de ellos –salvo Chile- los responsables de la tragedia (y responsables de derecha, centro e izquierda) volvieron a ocupar cargos públicos ni de representación popular. Sólo considerar que el principal representante de la dictadura, una vez restaurado el estado democrático, continuó en la comandancia en jefe del ejército y luego fue senador designado, es suficiente motivo para arrancarse los cabellos. 

Me pregunto si los católicos habrían aceptado a Judas, Caifás o Pilatos en calidad de Papa o Consejero Vaticano. 

Si esos católicos de los primeros tiempos hubiesen sido chilenos del centro…lo habrían aceptado. “Es un tipo de entendimiento pacífico, sin traumas, necesario para el desarrollo de la Santa Iglesia”, habrían dicho. 

La política de los contubernios, los acuerdos secretos y las componendas que reportan no tan sólo réditos partidistas sino también pingües ganancias personales, es un “chilean way of life”, alejado cósmicamente del auténtico arte de gobernar que propugnaron los antiguos atenienses. En la actividad política nacional es impensable dejar espacio a personas que digan lo que piensan, hacen lo que dicen y asuman responsablemente la consecuencia de sus hechos y dichos. Seres humanos de esa calidad, generalmente, terminan siendo rechazados por la mayoría política, empujados al suicidio o asesinados a causa de su coherencia consecuente. Les ocurrió a varios. 

Portales, Balmaceda, Recabarren, Schneider, Allende, Carlos Prats, Jaime Guzmán, son claros ejemplos de lo anterior. 

Los consecuentes, los asertivos, los sinceros….no sirven en el escenario del centrinaje. Se les considera “locos”, peligrosos, “rara avis”, tóxicos (nos referimos a la mejor de las toxinas, la de actuar de frente y con la honesta verdad a flor de piel). Personas como esas sirven a la política solamente cuando esta se ve amenazada por regímenes totalitarios, pero una vez retornada la normalidad institucional al país, esas personas son alejadas, rechazadas y hasta vilipendiadas por los perennes grupos familiares que se tomaron el asiento del conductor. Porque en Chile la actividad política parece estar reservada solamente para unos pocos, para los privilegiados por nacimiento, para aquellos que forman parte de algunos grupos familiares –ora como miembros, ora como lacayos- que han hecho creer al país que sin su concurso la patria se estanca y fallece. 

Incluso, los partidos políticos, manejados con especial ahínco por esos grupos, obstaculizan sin pausa el acceso de nuevas mentalidades, nuevos aportes, nuevas ideas. La única vía válida para ascender en la pirámide partidaria es aquella que exige actitudes obsecuentes, donde la lealtad se confunde con la incondicionalidad. Así se explica por qué las colectividades políticas tienden a nominar personas irrelevantes, a veces hasta ignorantes y semi alfabetas, como candidatos a cualquier cosa. Ejemplos sobran. Bastaría indagar en alcaldías y concejos municipales para comprobarlo. 

El Centrinaje  también puede ser observado en la conducta chilena respecto de la fe y la iglesia. “Vicios privados y virtudes públicas” es la norma. Ser católico, en este país, resulta más un evento social que un acto de fe. A la iglesia se asiste los domingo por convenciones y conveniencias sociales, mas no por amor real a la palabra del Hijo del Carpintero. Se predica moral con “el marruecos abierto”. No por nada este país es la nación que posee el mayor número de moteles per cápita e hijos nacidos fuera del matrimonio en Sudamérica. “Mientras no se vea ni se comente, no hay pecado”, parecen decir por estas latitudes. 

En mi pueblo natal (Curicó), muy pocos tenían buena impresión de militares y sacerdotes allá por la década de 1960. Sin embargo, en actitud “centrina” típica, mis familiares y sus amigos me aconsejaban lo siguiente: “Si quieres tener una vida cómoda, sin sobresaltos ni deslomándote por poca plata, si deseas que todo el país te tribute respeto y temor, si quieres que te regalen la ropa, la comida y la casa, entonces….métete a milico o cura”. Pensamiento real de los centrinos, que abominan de esas dos especies sociales cuando se reúnen con sus pares, pero empujan a sus vástagos para formar parte de tales “salidas económicas” . Los masones y “come curas” centrinos casándose por la iglesia, matriculando a sus hijas en los “mejores colegios de monjitas” o pidiendo la visita del cura antes de morir, son ya un “clásico”. 

Un centrino llamado Beta, escucha a Alfa descuerar a Gama y le apoya en sus opiniones. Luego, corre donde Gama para acusar a Alfa. Posteriormente, busca a Epsilon y masacra verbalmente a Alfa y a Gama, a quienes relata cómo los criticó el tal Epsilon. Pregunte usted algo –que implique cierto grado de opinión propia sobre lo que sea- a cualquier centrino y en el 95% de los casos recibirá una respuesta “einsteiniana” de fórmula tal que lo salva de pronunciarse derechamente: ES RELATIVO, le dirá. 

Esperanzado eternamente en el azar, el centrino presta oídos atentos a la verborrea demagógica de los políticos de la zona. No sería raro que muchos de los antiguos opositores al régimen de Pinochet votaran mansamente por uno de los hijos del tirano si se presentara como candidato al Congreso, siempre que el vástago del dictador les prometiera maravillas y apareciera contando con el apoyo de algunos “caballeros poderosos” y de “El Mercurio”. 

Un centrino sólo va a los extremos del país como turista, jamás como habitante ya que ello significa esfuerzo y tenacidad. Todos los centrinos supieron de la aguda tragedia sufrida por los familiares de detenidos desaparecidos –y el 70% se hizo “el de las chacras” simulando “no haber sabido nunca nada”- pero después, cuando ya no era arriesgado hacerlo, utilizaron el tema en su oposición al Capitán General, y no bien regresaron los civiles al control del Estado dieron vuelta la espalda a las peticiones de alguna justicia en serio. 

Fue un “clásico” también la posición al respecto del ex presidente Frei Ruiz Tagle, que sólo recibió a las dirigentas de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos casi al término de sus seis años de mandato, con Pinochet a buen recaudo en Londres y para escucharlas por breves minutos sin abrir la boca. Cuando alguien dice lo que piensa y lo expresa asertivamente, es calificado inmediatamente de “loco”, “extraño”, “conflictivo”, “peligroso” o “desatinado”, aunque todos los que así lo catalogan piensen íntimamente lo mismo. La diferencia reside en que para un centrino “jamás hay que decir a otro lo que se piensa, sino que debe expresar sólo lo que el otro desea oír”. 

Entre los centrinos no puede haber secretos, ya que quien cuenta a otro una intimidad, se hace esclavo de aquel. Esa es una de las máximas del “centrinaje”. No confiar en nadie, ni siquiera en sí mismo porque mañana –si la conveniencia lo señala- se puede llegar a opinar lo contrario. 

LOS CENTRINOS Y….BUENO….Y TODO…. 

¿Ha escuchado a los centrinos referirse objetivamente a espectáculos, películas, libros, obras de teatro o eventos que presenten temáticas controvertidas? Es común escucharles despotricar casi con lamentos contra tales cuestiones y solicitar a la autoridad que “haga algo para evitar que tamañas suciedades sigan circulando en kioskos, cines, canales de televisión y radios”. 

Pero esos mismos detractores, defensores de la moral victoriana, no bien abordan un avión rumbo al trópico o a Europa, lo primero que preocupa su interés es agenciarse los sitios donde se hallan los “sexo shops”, los cines triple equis, los “barrios rojos”, la comunidad gay, los casinos de juego y, en su tiempo, las “conejitas”. Si se encuentran en La Habana, susurran al oído del guía turístico solicitándole sus buenos oficios para que “alguna cubanita pueda subir a la habitación del hotel”, y mientras más joven sea la habanera, mejor. 

Es el doble estándar la mejor definición moral del centrino, sea este hombre o mujer. Quizás es producto de un inquilinaje mental que aún no termina, o del aislamiento de siglos que nos alejó de las grandes corrientes de pensamiento, tal vez se deba al accionar de la iglesia católica que ha dominado las mentes de civiles y militares durante 500 años, pero lo concreto es que el centro del país dio cobijo a una entelequia que hemos bautizado como “centrinaje” y que se expresa en actitudes diarias proclives al servilismo, la falsía y la inconsecuencia. 

Molesta escuchar a muchos centrinos referirse a la calidad de “indígenas y cholos” de nuestros hermanos de Perú y Bolivia, así como extraña oírles declamar sobre la superioridad racial chilena si uno sabe (y ellos también) que en Europa somos calificados de “sudacas” y en Suecia –es sólo un ejemplo al pasar- algunos compatriotas han sufrido verdaderas palizas propinadas por “cabezas rubias”, mientras en España e Inglaterra otros han sido engañados, explotados y timados graciosamente. 

Si usted vive en Santiago, trasládese a una Región y experimente la magnífica sensación de saberse privilegiado habitante de un territorio hermoso jalonado de pampas desérticas y minerales, de ríos zigzagueantes, valles espléndidos, cordilleras feraces y nevadas, lagos cristalinos, fiordos inacabables, islas legendarias y conozca, en vivo y en piel, la calidad humana de quienes habitan aquellos lugares de ensueño. 

Volverá a la capital del “reino centrino” seguro de haber vivido antes de ese viaje una existencia vaga, anodina y errada. Entonces, gritará a los cuatro vientos: “Salvemos a Chile del centrinaje”. 

 

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