Mg. José A. Amesty Rivera
En los últimos días se produjo una escena que ha generado un fuerte debate en el mundo
religioso y político. Mientras algunos líderes evangélicos en Estados Unidos se reunían en la
Oficina Oval para orar por el presidente Donald Trump y bendecir una guerra contra Irán, desde el
Vaticano el papa León XIV respondió con una frase que retumbó como un trueno moral: “La
guerra no es santa; solo la paz es santa porque es querida por Dios”.
No fue una frase diplomática ni vaga, fue una advertencia clara, ningún gobierno puede usar el
nombre de Dios para justificar bombardeos, invasiones o guerras.
Para muchos creyentes de América Latina, especialmente desde la teología latinoamericana,
estas palabras recuerdan algo fundamental, Dios nunca está del lado de los imperios, sino del
lado de los pueblos que sufren.
No es la primera vez que la religión, se utiliza para bendecir proyectos de poder, para justificar la
guerra. A lo largo de la historia, imperios y gobiernos han intentado presentar sus guerras como
“misiones divinas”.
En la actualidad, algunos sectores del fundamentalismo religioso en Estados Unidos, hablan
incluso de guerras que formarían parte de un supuesto “plan bíblico” o del “fin de los tiempos”.
Bajo ese discurso, conflictos políticos y económicos se presentan como voluntad de Dios.
Asi, el presidente Donald Trump había sido «ungido por Jesús para encender la señal de fuego en
Irán, provocar el Armagedón y marcar su regreso a la Tierra”.
Pero la realidad suele ser mucho más terrenal, por ejemplo, el economista y pensador crítico
Samir Amin, explicaba que el imperialismo moderno no solo utiliza ejércitos, sino también ideas,
discursos y religiones para justificar su poder.
En palabras sencillas, cuando el poder imperial necesita una guerra, muchas veces busca también
un discurso moral o religioso que la legitime. Por eso la escena de pastores y pastoras orando
para bendecir bombardeos no es solo un acto religioso; también es un acto político.
Pero el mensaje de Jesús de Palestina, es otro; frente a esa lógica, el papa León XIV recordó algo
muy simple pero muy profundo, Jesús nunca bendijo la guerra.
En el Evangelio, Jesús dice: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”. No dice
“bienaventurados los que ganan guerras”, dice los que construyen paz.
El teólogo brasileño Leonardo Boff, uno de los grandes pensadores de la teología latinoamericana,
lo explica con claridad: “La paz no es solo que no haya guerra; la paz existe cuando hay justicia”.
Esto significa que cuando hay pobreza, explotación o dominación, la paz verdadera todavía no ha
llegado.
En América Latina sabemos bien lo que significa la guerra, la intervención extranjera y la violencia
política. Nuestro continente ha vivido golpes de Estado, dictaduras, conflictos armados y saqueo
de recursos naturales, entre muchos otros.
Por eso muchos cristianos/as latinoamericanos aprendimos, que la fe no puede ser neutral frente
al sufrimiento del pueblo.
A su vez, el obispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, asesinado mientras celebraba misa en
1980, lo dijo con una valentía que todavía conmueve: “En nombre de Dios y de este pueblo
sufriente les suplico: ¡cese la represión!”.
Romero entendió algo muy importante, si la Iglesia no defiende a las víctimas, termina
defendiendo a los poderosos.
Muchos analistas también recuerdan que detrás de muchos conflictos internacionales, guerras,
hay intereses económicos: petróleo, recursos naturales, control de rutas estratégicas o dominio
geopolítico.
Por ejemplo, el escritor uruguayo Eduardo Galeano, lo resumió con una frase que sigue siendo
actual: “Nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza, para alimentar la prosperidad de
otros”.
Aunque Galeano hablaba de América Latina, la misma lógica aparece en muchas regiones del
mundo. Las guerras muchas veces no se explican por la religión ni por la democracia, sino por la
hegemonía de los recursos y el poder.
Reiteramos y no olvidemos que, nuestra teología de y en América Latina, nuestra fe, está del lado
del pueblo. Desde los años 60 y 70 surgió en América Latina una corriente cristiana muy
importante, la teología latinoamericana. Su idea central es sencilla pero poderosa, Dios tiene una
opción preferencial por los pobres.
El teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, uno de sus fundadores, lo explicó así: “No se puede hablar
de Dios sin hablar del sufrimiento de los pobres”.
Esto significa que la fe cristiana, no puede quedarse solo en rezos o rituales; también debe
preocuparse por la justicia social, la dignidad humana y la paz.
Desde esta perspectiva, bendecir una guerra es una contradicción profunda con el mensaje del
Evangelio.
Las palabras del papa León XIV, abren una reflexión importante para millones de cristianos/as en
el mundo.
La pregunta es simple pero decisiva: ¿La religión servirá para justificar guerras o para defender la
vida?
A lo largo de la historia han existido ambas posturas. Algunos líderes religiosos se alinearon con
imperios y gobiernos. Otros, en cambio, caminamos junto a los pobres y denunciamos la injusticia.
El filósofo latinoamericano Enrique Dussel dice que la verdadera ética comienza escuchando el
clamor de las víctimas.
Y cuando escuchamos a las víctimas de las guerras (niños muertos, familias desplazadas,
ciudades destruidas) queda claro que ninguna bomba puede ser bendecida en nombre de Dios.
Para concluir, hacemos un llamado a la paz; cuando el papa repite que “la guerra no es santa”, no
está diciendo solo una frase religiosa. Está recordando algo profundamente humano, la vida vale
más que cualquier interés político o económico.
En un mundo lleno de conflictos, armas nucleares y tensiones internacionales, esa voz que llama
a la paz puede parecer pequeña.
Pero como decía Eduardo Galeano: “La utopía sirve para caminar”. Y tal vez esa sea la tarea de
los creyentes hoy, caminar del lado de la vida, de la justicia y de la paz.
Porque si Dios está en algún lugar de la historia, probablemente no esté en los palacios donde se
deciden las guerras, sino entre los pueblos que luchan por sobrevivir y por vivir en paz.
Y una aclaración pertinente, esta demostrado y lo sabemos todos y todas a carta cabal que, no
todos los evangelicos/as en América Latina, Norteamérica y otros continentes son iguales. Hay
Iglesias como La Unión Evangélica Pentecostal Venezolana UEPV y la Iglesia Metodista
Wesleyana Costarricense IMWC, por solo mencionar dos que conozco, que son proféticas,
teniendo una posición acorde a nuestra teología latinoamericana, y siendo consecuentes con el
mensaje de Jesucristo de Palestina.











