– El problema es un gobierno que mira la ciencia pública como gasto, el conocimiento básico como lujo y la investigación sin retorno de mercado como capricho de académicos.
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El Ministerio de Ciencia tiene 144 funcionarios. No es una cifra de guerra: es una dotación mínima para un país que dice querer competir en la economía del conocimiento. Caben en un piso de oficinas. Se conocen por nombre. Muchos llevan años sosteniendo líneas de trabajo que no salen en la prensa —gestión de becas, coordinación con centros de investigación, seguimiento de proyectos que tardan una década en dar resultados.
Esa es la escala de lo que está en juego. No un aparato burocrático inflado sino un equipo que apenas alcanza para cumplir su función. Y a ese equipo le quieren sacar un tercio…
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