El 1 de marzo EEUU, junto a su aliado regional, Israel, atacaron a un miembro de Naciones Unidas, la República Islámica de Irán. Este conflicto nace bajo la inspiración del sionismo y de su representante en el Medio Oriente, Benjamín Netanyahu. Cuatro días antes el canciller iraní, Abás Araqchi había declarado, antes de las conversaciones en Ginebra, que un acuerdo con Estados Unidos sobre el programa nuclear de Teherán se encontraba “al alcance de la mano”. En X había planteado su convicción que se trataba de “una oportunidad histórica de lograr un acuerdo sin precedentes”. Sin embargo, más pesó la inercia de la agresión que se cultivaba desde junio de 2025 durante la guerra de los 12 días (13-24 de junio) cuando Estados Unidos ya había dado por resuelto las exigencias de poner fin al programa de enriquecimiento de uranio y la fabricación de drones y misiles balísticos. Hoy ya sabemos que nada de eso se obtuvo y que el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA, 1957) aun no recibe los 400 kg de uranio enriquecido al 60% que desde los ataques de junio en la guerra de los 12 días se encuentran en refugios de Isfahán.
Esto revela que las exigencias de rendición y desarme total no son los factores que llevan a la paz y que el ataque del 1 de marzo el diálogo según las bases de la potencia mundial y su apoderado regional, Israel, no son bases de negociación aceptables. No es un misterio que nunca Israel ha aceptado la presencia de una misión del OIEA para supervisar su propio armamento nuclear. Tampoco Estados Unidos ha insistido en ello; mientras esto no haya sido resuelto no existe credibilidad en la seriedad de las intenciones de paz de Israel y Estados Unidos. En suma, sin desarme de ambas partes la paz no es un objetivo negociable. Logros parciales son posibles pero su credibilidad depende de un contexto donde iniciativas unilaterales de poder, en este caso de EEUU, son excluidas.
Creer que un ataque aéreo relámpago y la muerte del Ayatola Alí Jameiní puede resolver lo que no logró la guerra de los 12 días es insistir en que a partir de ganancias en el terreno de la guerra se llegará a la paz entre las partes. Vagos comentarios de Trump acerca de un plazo de 4 semanas para terminar la operación militar demuestran que éste entiende que lo que no logra con sus ataques aéreos deberá transarse en una gestión diplomática que necesita de interlocutores válidos en el Medio Oriente y en Europa.
Experiencias internacionales en el pasado demuestran que la intervención unilateral del Hegemón bajo cobertura de actores menores en el conflicto, no tiene ninguna viabilidad. Fue el caso de Irak, Libia y Afganistán con sonados fracasos cuando Estados Unidos pretendió plantear en realidades locales su propio sistema democrático, muy distantes de las realidades de los países atacados.
La inoperancia de Naciones Unidas se resume en las declaraciones de Antonio Guterres, su Secretario General, que se limita a recordar la Carta de la organización que en su Artículo 2 prohíbe “recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. Declaración que concluye declarando un empate entre los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y la respuesta iraní pues según él Irán “violó la soberanía de al menos siete países de la región”. Declaración inaceptable para Irán que ve en su respuesta la acción de legítima defensa frente a la agresión. Todo concluye cuando Rusia y China acusan a EEUU e Israel de “agresión armada”. Hasta ahí el alcance irrelevante de la intervención de Naciones Unidas.
En ese contexto el Consejo Europeo y la Unión Europea se desentienden de asumir responsabilidades llamando en publicaciones separadas en X a la moderación y protección de los civiles. Su pasividad pone a Europa en un papel sin rostro frente al ataque del 1 de marzo. Sin unanimidad, Francia, Reino Unido y Alemania integrantes del bloque E3, se declaran colaboradores convencidos del método armado para dirimir los conflictos de la región. Por ello llaman a la destrucción de la capacidad de Irán de lanzar misiles y drones, para defender sus intereses y la de sus aliados en Oriente Medio.
El gobierno español notificó a Estados Unidos que debía retirar una decena de aviones cisterna, fundamentales para el repostaje de su despliegue aéreo que participa en los bombardeos contra Irán, de las bases militares de Morón de la Frontera (Sevilla) y Rota (Cádiz). Desde esas bases el gobierno español no tolerará su uso para operaciones fuera de convenio. Finalmente los aviones recalaron en Reino Unido, Francia y Alemania, bloque de países que ayer se mostraron dispuestos a permitir “las acciones defensivas necesarias y proporcionadas para destruir la capacidad de Irán de lanzar misiles y drones en su origen”.
En los próximos días Trump deberá asumir los costos tanto en el frente interno como internacional pues los ataques a barcos en el estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo, detuvieron la navegación en el estrecho y repercutieron en el precio del petróleo que aumentó hasta un 13%. El bombardeo a Ras Tanura, refinería de Aramco en Arabia Saudita con capacidad superior al medio millón de barriles diarios, demuestra que Irán pese a no dominar su espacio aéreo y al limitado alcance de su material misilístico, causa daños que limita el efecto de la ofensiva aérea de EEUU e Israel.
En EEUU se registra un bajo apoyo a los ataques contra Irán pues 27% de los encuestados aprueba los ataques, mientras que el 43% los desaprueba y el 29% dijo no estar seguro. Entre los votantes demócratas el 7% los aprueba y el 74% los desaprueba. Entre los registrados como republicanos, el 55% aprueba los ataques y el 13% los desaprueba (encuesta publicada el 1 de marzo por la empresa Ipsos y la agencia Reuters). Si Trump descarta la diplomacia la guerra en su fase de misiles y drones con ataques a instalaciones en territorio iraní y bases militares estadounidenses atacadas en Jordania, Irak, Kuwait, Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes, podrá durar tanto cuanto existan misiles y drones a disposición de los adversarios.
La irrelevancia de Naciones Unidas como factor de solución, la imposibilidad en el corto plazo de llegar a un control político al interior de Irán demuestra lo infructuoso de una guerra aérea sin ocupación del terreno. La imposibilidad de esto último lleva fatalmente a las responsabilidades políticas de Trump que en algún momento deberá enfrentar acusaciones en el Congreso de haber violado la Constitución pues el presidente de la República, según su texto, necesita del permiso del Parlamento (Art. 1 sec. 8) para declarar una guerra. El costo de muertos y heridos estadounidenses en una guerra lejana que la opinión pública estadounidense difícilmente ubica en el terreno, se cierne sobre el diseño imperial de Trump.
Los costos no son menores para Israel embarcado con EEUU en una guerra sin horizonte. Muerto Alí Jameiní y reemplazado por un triunvirato encabezado por el presidente de Irán, el jefe de la judicatura, que se anuncia como de línea dura y un clérigo de alto rango, no queda otra vía para la república islámica que la lucha contra la agresión de un poder extraño al mundo musulmán. Sin la existencia de una solución de poder capaz de consagrarse como factor de garantía de una paz duradera, no existe entendimiento posible en la región y cierra toda posibilidad de paz.
Santiago marzo 3 2026











