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VUELTA A LAS CANCHAS

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Benedicto Hugo Rodriguez

 El regreso a las canchas, era una idea que se fue forjando de a poco. Había pasado ya mucho tiempo y aún me sentía con energías para pararme bajo los tres palos, pero diversos inconvenientes fueron postergando dicho acontecimiento.

En mis años de gloria había llegado a ser premiado como el mejor jugador de la serie, lo cual para ser arquero había sido un reconocimiento muy importante y a pesar del tiempo transcurrido, confiaba en no haber perdido mis dotes como portero.

Lo primero fue comprar un equipo, así que fui a una casa de deportes y compré un Pantalón acolchado, camiseta con franjas fosforescentes en tonos negro y verde, medias y zapatos, era primera vez que compraba un equipo completo a mis 60 años.

En los años de mi niñez siempre los zapatos fueron prestados y mis primeros chuteadores de verdad fueron unos zapatos de futbol de un primo que le quedaron chicos después de unos años de uso, así que el “cuñado”, prácticamente el zapatero del club, que era un verdadero mago arreglando calzados, los cortó y los dejo casi nuevos para mis pies.

Estaba todo preparado para el gran debut, pero un pequeño dolor en el hombro que luego se irradió al brazo, se fue haciendo más intenso con los días y semanas y terminó por llevarme a unas sesiones de acupuntura, tratamiento que duró dos meses hasta retomar la movilidad del brazo y hombro, había pasado ya septiembre y el buen tiempo auguraba un buen regreso al futbol.

Cuando el entusiasmo me colmaba de renovada energía y la gente disfrutaba de la linda primavera, algo ocurrió en Chile, algo que venía gestándose desde hacía mucho tiempo, de manera imperceptible para muchos, de manera silenciosa bajo la superficie de una sociedad aparentemente pujante.

Mientras las elites de felicitaban por el ritmo de la economía del país, embriagándose en el éxito de sus políticas que había llevado en pocas décadas de dos mil dólares per cápita a los más  veinte mil dólares en los últimos años, con un desarrollo importante de clínicas privadas, colegios y empresas de servicios como agua potable, electricidad y telefonía, en manos de consorcios Internacionales, le había cambiado el rostro a la nación y todo el mundo estaba feliz, salvo algunos pocos grupos de inconformistas de siempre, grupos marginales de desadaptados y resentidos sociales, aparte de esos grupúsculos, todo el mundo estaba contento, según las elites.

Pero de pronto, de la nada, nadie se explicaba… ¿por qué?

El país estalló de norte a sur, de cordillera a mar, nadie, salvo los que sabíamos mirar un poco más allá de la superficie, los que habíamos aprendido que nada está quieto, los que habíamos leído a los grandes filósofos de la antigüedad como Heráclito, que sostenía.

“La naturaleza misma de la vida es el cambio, el cambio no es un aspecto de la vida, sino la vida misma y resistirse al cambio es resistirse a la vida misma”

Lo que aparentemente está quieto, sin movimiento alguno, en su interior en realidad se mueve, los átomos están en permanente atracción y repulsión, todo cambia, aunque no podamos verlo.

Lo mismo ocurre en la sociedad, las leyes de la física y la química operan de la misma manera y la suma de pequeños cambios imperceptibles de pronto da un salto y todo cambia, es la ley de la dialéctica de la transformación de la cantidad en calidad.

Entonces en este país llamado Chile, donde todo funcionaba aparentemente bien y en calma, ocurrió que un funcionario, de acuerdo a ciertos parámetros y logaritmos estimó que el metro debía incrementar el pasaje en treinta pesos.

 Fue la gota que rebalsó el vaso, treinta pesos en la tarifa, rápidamente se transformaron en la conciencia de millones de chilenos en treinta años de abusos, de indignidad, de injusticias y Chile ardió de Arica a Punta Arenas de una manera espontánea.

El regreso a las canchas entonces quedó nuevamente postergado por razones de fuerza mayor, nada menos que por una revolución que la elite no tenía en sus cálculos. El gobierno decretó estado de sitio, toque de queda y militares en las calles. Era como volver al fatídico once de septiembre del 73. Pero algo había cambiado en la juventud actual y los milicos debieron volver a sus cuarteles porque el horno no estaba para bollos.  Los reclutas eran increpados abiertamente por la población, en muchos casos vimos como jóvenes acercándose cara a cara a un milico le gritaba “Ándate al cuartel…no tienes nada que hacer en la calle” y eran los carabineros quienes acudían para sacar al “gritón” de en medio de las fuerzas represivas armadas con fusiles.

Claro, eran jóvenes que nacieron en “democracia”, jóvenes que no vivieron la represión brutal de la dictadura y no tenían miedo, los milicos por otra parte tampoco estaban dispuestos a disparar como lo hacían en los años setenta y ochenta.

Cuando las cosas se fueron aquietando con el verano y el país poco a poco retomaba un ritmo medianamente normal, aunque aún las manifestaciones seguían de manera esporádicas.  Llegando marzo la agitación social fue tomando nuevamente caracteres alarmantes para el gobierno y la casta política dirigente y fue entonces que llegó también el primer caso de la pandemia del Covid que paralizaría al mundo entero.

Entramos así al selecto circulo de países con contagios diarios en aumento que se propagó rápidamente por todo la larga y angosta faja de tierra llama Chile. El mundo se detuvo, el país se detuvo, las ciudades se detuvieron, los barrios se pararon.

Cada día más gente contagiada, cada día más muertos y cada día el miedo se apoderaba de todas las personas, calles vacías, encierro, la radio y la televisión dedicaban su programación casi en exclusiva a noticas del Covid, estadísticas mundiales y nacionales.

La pandemia había pospuesto nuevamente el regreso al futbol y de pasada y más importante aún, le salvó la vida al gobierno de Piñera que tambaleaba por la rebelión popular. Las elites aterrorizadas miraban con espanto el despertar de las masas y el corona virus, vino en su auxilio.

El año 2021 fue el año en que vivimos con miedo, encerrados, todo cambió de repente y la vida se volvió virtual, la violencia intrafamiliar aumentó y aparecieron  nuevas formas de hacer amigos, a distancia, nacieron nuevos amores “casi reales” a través de una pantalla y subimos de peso y muchos se deprimieron en soledad y otros mirábamos pasar los días lentos como pordioseros raquíticos arrastrando sus patas congeladas por el gélido invierno, días guachos, sin niños jugando en las calles, días mendigos mirados detrás de una ventana con el bicho invisible como carcelero.

Cuando volvió medianamente la seguridad gracias a las vacunas con que fue inmunizada casi la totalidad de la población, muchos comenzaron a desconfiar de la enfermedad y surgieron muchas teorías de la conspiración unas con más argumentos que otras.

Decían que todo no había sido otra cosa que una manera de controlar a la sociedad, ya que el mundo entero venía hace tiempo de crisis en crisis y poco antes de la pandemia en muchos países en diversos continentes había habido estallidos sociales, de modo que el Covid, en realidad era la manera de detener las convulsiones sociales, mientras los líderes del sistema capitalista encontraban la manera de salir de la compleja situación en que se hallaban. Y quien sabe si tal vez fue el primer experimento mundial para controlar a futuro a las masas y 1984 la novela de George Orwell se hizo realidad como una avant premiere mundial.

El control social fue todo un éxito y total con el bichito   y después de un tiempo todo estaba aparentemente en calma y volvieron las actividades al aire libre y con ella, el deporte.

Ahora sí, todo estaba listo para volver a entrar al campo deportivo después de tantos años, con equipo nuevo nada podría ya detener el re debut, pero antes nos fuimos con mi hijo a La Patagonia a visitar a mi tío Víctor, hermano de mi padre.

Entre paseos por paisajes maravillosos, aprovechamos para ayudar en unos arreglos en la casa para volver luego a Santiago y por fin ponerme bajo el arco del Inter América. Pero a veces tomamos decisiones equivocadas o simplemente estúpidas y temerarias. Fue así como la compra de una hoja de sierra dentada para colocarla en un esmeril terminó con mi mano derecha casi cercenada al intentar cortar una madera, el susto y el pánico de ver mi mano cortada hizo que prácticamente no sintiera dolor, pero todo terminó con diez y seis puntos y un regreso a Santiago lesionado lo cual nuevamente postergó un partido que debía haber jugado hacía ya mucho tiempo.

Pasaron cuatro meses hasta que llegó el día del gran debut y entré a la cancha para defender el arco de la serie “dorada”, dorada no porque fuéramos rubios ni mucho menos, sino porque éramos todos viejos, sobre 55 años.

No fue muy glamoroso, a decir verdad, logramos juntar solo siete jugadores para el equipo. Es el número mínimo de jugadores para poder comenzar un partido de futbol, de modo que éramos siete contra once del equipo contrario, de los siete cinco estaban más o menos en condiciones para jugar.

Cuando vi a nuestro lateral derecho, pensé – este está más muerto que vivo –

-No durará nada corriendo-

 Y es que, al mirarlo, tenía un rostro de enfermo, ojeroso y demacrado, era casi tragicómico verlo correr cuando comenzó el partido.

Como a los treinta minutos, un ataque por su lado, del equipo contrario, lo obligó a hacer un esfuerzo magnánimo para detener al delantero, pero no fue suficiente obligándome a salir y hacer un achique como en mis mejores tiempos de joven y logré evitar el gol, claro que quedé con una rodilla pelada, porque en pleno siglo 21 en la población aún jugamos en cancha de tierra.

Nuestro lateral derecho no resistió la carrera y quedó ahí parado a la entrada del área mirando a ninguna parte, sin poder dar un paso por un buen rato, luego levantó la mano pidiendo permiso al árbitro para abandonar la cancha.

El partido terminó por falta de jugadores de parte de nuestro equipo, el score fue 0 x 0 empatamos…pero perdimos, lo mismo nos ocurrió como país meses más tarde, empatamos, pero perdimos por goleada en el primer tiempo, falta jugar el segundo tiempo y tal vez nos vayamos a penales.

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