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¡¡¡SI NO NOS LEVANTAMOS COMO UN SOLO PUEBLO… NOS VAN A ENTERRAR SIN SIQUIERA DESPERTAR LA CONCIENCIA!!!

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por Franco Machiavelo

Hay momentos en la historia en que el silencio deja de ser prudencia y comienza a convertirse en complicidad. Hay instantes en que la indiferencia ya no es neutralidad, sino una forma de renuncia. Y vivimos uno de esos momentos.
Los poderes económicos concentrados, sus representantes políticos y las estructuras que históricamente han administrado privilegios no se conforman con gobernar la economía; aspiran también a gobernar el sentido común, los sueños, los miedos y hasta los límites de lo que creemos posible. No basta con apropiarse de la riqueza material: buscan instalar la idea de que no existe alternativa, de que la desigualdad es natural y de que la resignación es una virtud.

Mientras se habla de libertad, se consolidan mecanismos que reducen la soberanía popular. Mientras se invoca el progreso, se profundiza la concentración de la riqueza. Mientras se promete orden, se normaliza la exclusión. Y mientras se celebra el éxito de unos pocos, se exige sacrificio permanente a las grandes mayorías.

La disputa no es solamente por el cobre, el litio, el agua, los bosques o los mares. La disputa es también por la dignidad humana. Porque cuando un pueblo pierde la capacidad de decidir sobre sus recursos, termina perdiendo también la capacidad de decidir sobre su propio destino.

Por eso el problema no es únicamente económico. Es cultural, político y moral. Quieren convencernos de que somos individuos aislados compitiendo entre nosotros, cuando en realidad nuestra fuerza siempre ha nacido de la solidaridad. Quieren fragmentar lo que históricamente ha sido capaz de transformar la realidad: la conciencia colectiva.

El que calla otorga. El que titubea frente a la injusticia termina fortaleciendo aquello que dice rechazar. Hay momentos en que la historia exige definiciones claras. No porque existan respuestas simples, sino porque la pasividad tiene consecuencias.

Quien no se levanta hoy puede encontrarse mañana defendiendo lo poco que le queda. Quien acepta la pérdida gradual de sus derechos puede despertar cuando esos derechos ya sean apenas un recuerdo. Y quizá entonces sea demasiado tarde.

La memoria popular nos recuerda una verdad que atraviesa generaciones: es peligroso ser pobre en una sociedad donde el poder económico pretende convertirse también en poder político y cultural. Pero también nos recuerda otra verdad más poderosa: cuando los pueblos se reconocen como hermanos y hermanas, cuando recuperan la conciencia de su fuerza colectiva, ninguna maquinaria de dominación es invencible.

Que nadie nos convenza de que la resignación es el único camino. Que nadie nos haga creer que la dignidad tiene precio. Que nadie nos robe la esperanza organizada.

Porque los derechos no se mendigan: se defienden. La soberanía no se delega: se ejerce. Y la dignidad de un pueblo no se negocia: se levanta y camina con la frente en alto. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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