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Santiago de los ’60; billares, pooles, vivarachos, yo y Jotaeme

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Arturo Alejandro Muñoz

La primera  vez que entré a un salón de Billares fue en el mes de junio en el año 1963. Era aquella una más de mis ‘cimarras’ de 4ª Año de Humanidades (hoy, 2º Medio), y con ese debut mis compañeros de curso quisieron  celebrar mi cumpleaños.  Escapamos a media mañana del espartano patio del Liceo ‘Andes’, en Ñuñoa, para dirigirnos a la Avenida Diez de Julio, más precisamente a la esquina donde esa arteria es cruzada por la calle Lira. Allí, en un amplio segundo piso, estaban los Billares y Pooles “Alonso”.

Pasaron los años, crecí, maduré…pero seguí visitando, de vez en cuando, algunos salones de Pool en aquel viejo y amado Santiago del Nuevo Extremo, una ciudad –digámoslo sin hesitar- bastante provinciana si se le comparaba con metrópolis hermanas como  Lima, Buenos Aires, Sao Paulo, Bogotá, Caracas, el DF mexicano y algunas más en América latina.

Pero, la ciudad de Santiago siempre ha tenido un encanto peculiar. Tal vez el hecho de estar encerrada en una especie de baúl geográfico, hundida en ese hermoso valle atrapado por ambas cordilleras (los Andes y la Costa), ha permeado a sus habitantes de ciertas virtudes y defectos que no he distinguido en la plebe que circula en otras capitales de Sudamérica. Y esto era claramente distinguible ya en aquellos años.

Algunas noches de viernes, y de sábado, en los húmedos y fríos inviernos de entonces, junto a mis amigos del barrio me dejaba caer  por lugares donde billar y pool eran el centro de atracción. La verdad es que el imán lo constituían  algunos jugadores expertos, maravillosos, geniales, portadores de un don que admirábamos y envidiábamos -no muy sanamente-, ya que en esas manos virtuosas descansaba un negocio de enormes réditos, una máquina de hacer dinero, una empresa sin edificios ni tecnologías…sólo el “taco”, la tiza, el “diablo”,  y la majestuosidad del don otorgado a esos escasísimos jugadores por la naturaleza, por Dios o por sabrá cuál otra divinidad.

Esos “maestros” ocupaban solamente la “Mesa Uno”, la mejor, la que estaba destinada en exclusiva a la maestría de los mejores, de los divos del pool. Sobre aquellos paños verdes de lisos cuidados, muchas veces se jugaron fortunas, se hundieron vidas y se alzaron nuevas leyendas.

Recuerdo a un chileno de origen árabe, hijo del dueño de una conocida fábrica de medias y calcetines, poolero fino y distinguido, perder su automóvil y una cabaña playera en el Quisco una noche de sábado enfrentando al famoso “Car’e Pico”, tal vez el mejor de los mejores de aquellos que yo vi y conocí, pero del cual nunca supimos su verdadero nombre…y menos aún su apellido.

El árabe insistió en jugar tres mesas. Perdió en todas. ¿Se molestó, se frustró, alegó? Nada de nada. Firmó los documentos (cheques incluidos) y se marchó sin armar escándalo ni negar la apuesta.

Pero, semanas después, al “Car’e Pico” le saldría gente al camino. Un tipo joven, vestido con traje y corbata, pelo corto, facciones agradables, buen trato, cero garabatos soeces,  risueño y dueño de sí mismo, le voló las plumas en una riña que quizás fue la más espectacular acaecida en los Pooles ‘Ahumada’, en la santiaguina céntrica calle del mismo nombre (hoy, ‘paseo’).

La primera mesa el joven de la corbata perdió y debió pagar una alta cantidad de dinero, pero exigió revancha. Como dictaba la regla no escrita, Car’ePico la concedió. El muchacho encorbatado venció con tan sólo seis puntos (o `pillos’) de diferencia. El desempate era obligatorio. Car’e Pico estimó que el triunfo  del pituquín había sido producto de algún descuido personal cuando perseguían la bola #8 y él no quiso usar el ‘diablo’ para sacarse el ‘pillo’ donde esa #8 estaba escondida tras la #12 y la #9. Craso error, su bola blanca movió suavemente  la #9  (todos lo vimos) y allí Care’e Pico perdió la segunda mesa.  Entonces, al desempate final, a la tercera y decisiva mesa. El muchacho de Barrancas (hoy Pudahuel), Car’e Pico, aseguró que aquellos seis malditos puntos finales obtenidos por el  contrincante encorbatado eran la nada misma, pero ahora,  con millones de pesos sobre el verde tapete o ‘paño’,  la cosa sería distinta. Esa noche él sería millonario. ¡¡Y a jugar!!

Sin embargo, perdió. Y perdió sin discusiones. El muchacho de la corbata no era un maestro ni un divino del taco y de la tiza. Extrañamente, ante la sorpresa general (y la huida de varios asistentes que arrancaron hacia las escalas abandonando el salón a toda velocidad), el elegante vencedor mostró sus credenciales. Era detective, miembro de la Policía de Investigaciones. Recogió el dinero y se marchó. Nunca más le vimos de nuevo en los “Ahumada”…a  “Car’e Pico” tampoco. Ambos desaparecieron del mapa nocturno de esos billares.

Tiempo después –dos años más tarde en realidad- una madrugada de domingo bebiendo café en el inolvidable “Il Bosco” de la Alameda santiaguina, conversando esa taza de negro y fuerte líquido brasileño con Julito Martínez Pradanos (sí, el mismísimo Jotaeme), al relatarle la experiencia vivida en los ’Ahumada’ años  atrás,  el inolvidable y noble periodista deportivo lanzó una carcajada que me estremeció.

“El garlito de los ‘tórtolos’ –dijo-  Casi todos apostaron miles de pesos al triunfo del muchacho de Barrancas, ¿verdad?”. Respondí  afirmativamente, pues así había ocurrido esa noche…”Car’ePico”  era un excelente poolero, el mejor de los mejores, imbatible, magnifico, ¿cómo no apostar a su favor?

Y Julito Martínez, sin perder esa compostura de caballero que siempre le distinguió, moviendo suavemente su trasero para acomodarse en la silla, a la vez que con la pequeña cuchara revolvía por enésima vez su taza de café, me endilgó sin anestesia la verdad de lo acaecido aquella primaveral noche de otoño de 1967 en los billares Ahumada.

-<<Cayeron como chorlitos, todos ustedes, todos sin excepción –dijo Jotaeme sonriendo respetuosamente (típico en él)- Una vieja treta de jugadores…ustedes apostaron miles de pesos al chico de Barrancas, ¿no es así? (moví mi cabeza afirmativamente)…pues bien, era un truco, ya que el detective jamás podría haber vencido a tu favorito, jamás de los jamases querido Arturo…por eso tú y decenas de mirones como tú apostaron a favor del barranquino. Pero el detective apostó todo su dinero contra el vuestro… y ganó, porque con el chico de Barrancas ya había acordado esa triquiñuela para que el barranquino  perdiera y así se repartirían las voluminosas ganancias de las apuestas, “miti y miti”. ¿Cuánto dinero había apostado esa noche en favor del chico de Barrancas?>>

<<Millones –respondí  casi con rabia – Millones, millones, millones>>

<<¿Tú también apostaste?>>

<<Sí…aposté buena plata a Car’e Pico>>

<<Te timaron…como a todo el resto. Ustedes fueron los ‘tórtolos’ esa jornada. Detective y barranquino, socios y amigos, porque eso eran, se retiraron millonarios de los Ahumada esa noche >>, concluyó el querido periodista.

Y como constatara que mi rostro mostraba evidente decepción y vergüenza, me golpeó suavemente el hombro a la vez que decía: “¿Apeteces otra tacita de buen café?, yo invito>>

Esa noche abandoné para siempre mis jornadas de pool.

 

 

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