por José A. Amesty Rivera
El 3 de enero de 2026, Venezuela no solo entró en una nueva etapa política; entró en una nueva etapa de
incertidumbre, nadie sabe exactamente qué pasó, pero casi todo el mundo siente que algo profundo se
rompió. Entre rumores, pactos, operaciones geopolíticas, propaganda, redes sociales y versiones enfrentadas,
el país quedó atrapado en una mezcla extraña de cansancio, sospecha y adaptación; y quizás lo más fuerte de
todo no es solamente la caída de una figura de poder, sino la sensación colectiva de que (ojalá no) las grandes
decisiones se negociaron, mientras el ciudadano común quedó mirando desde abajo.
En este sentido, desde el 3 de enero de 2026, en Venezuela nadie cree una sola versión de lo que pasó. Todo
el mundo tiene una teoría, una tesis, una hipótesis. Unos dicen que fue una liberación, otros que fue una
traición interna, otros que fue un negocio geopolítico entre potencias, y otros piensan que al pueblo
venezolano lo usaron otra vez como tablero de ajedrez.
Porque la gran pregunta sigue siendo la misma, ¿cómo capturan al hombre más protegido del país, con
inteligencia cubana, militares, escoltas, radares y aparatos de seguridad, y aun así todo termina relativamente
“ordenado”? Eso no le cuadra a mucha gente.
Hay quienes dicen que Maduro estaba tan debilitado que hasta dentro del chavismo ya lo veían como un
problema. Que las sanciones, el aislamiento, las peleas internas y la presión internacional habían convertido a
Maduro en un costo demasiado alto, entonces aparece la teoría más repetida en la calle, en Telegram, en
YouTube político y en otras redes: “lo entregaron”.
Según esta idea, sectores del mismo chavismo negociaron salvar el sistema sacrificando al líder, s sea, quitar
a Maduro para que el aparato siguiera vivo; porque después del operativo no cayó todo el chavismo. No
desaparecieron los ministros, no hubo purga total, no se desmontó el sistema de poder, Delcy siguió
administrando, Diosdado siguió respirando políticamente y muchos empresarios conectados al poder
siguieron intactos. Entonces mucha gente concluye, aquí no destruyeron el régimen; lo remodelaron.
Y aquí entra el papel de EEUU Mucha gente cree que Washington nunca quiso una democracia completa en
Venezuela. Lo que quería era estabilidad, petróleo y control regional, porque una cosa es el discurso de
“libertad” y otra la realidad geopolítica; EEUU históricamente ha negociado con gobiernos “autoritarios” si
eso le conviene estratégicamente, entonces para algunos, el problema nunca fue el chavismo como estructura,
sino Maduro como figura incómoda e impredecible.
Por esto hay quienes dicen, “EEUU no vino a salvar Venezuela, vino a acomodarla”. Esta frase se escucha
muchísimo, la idea sería algo así, sacar a Maduro, bajar la tensión, abrir el petróleo, reducir la influencia rusa
y china, controlar migración y estabilizar el negocio energético; pero sin destruir completamente el aparato
político, porque destruirlo podía generar guerra civil, caos, guerrillas, carteles y millones más de migrantes.
Entonces aparece otra sospecha todavía más fuerte, que todo se negoció antes; que hubo conversaciones
secretas entre sectores chavistas, militares, empresarios, inteligencia cubana, operadores estadounidenses y
parte de la oposición moderada. Según esa teoría, el 3 de enero no fue una invasión improvisada, sino el
cierre de un acuerdo ya cocinado, Por esto mucha gente dice, “Esto fue demasiado limpio para ser una guerra
de verdad”.
Porque si EEUU realmente hubiera querido acabar con todo el sistema, habría desmontado completamente la
estructura chavista, pero no pasó así, lo que ocurrió fue raro, cayó Maduro, pero sobrevivió el aparato,
entonces muchos sienten que hubo un pacto silencioso.
Y claro, aquí entra Cuba en todas las conversaciones. Muchísima gente piensa que La Habana tuvo algo que
ver, no porque existan pruebas públicas, sino porque durante años se asumió que los servicios de inteligencia
cubanos conocían cada movimiento interno del poder venezolano. Entonces para muchos resulta imposible
imaginar una operación así sin que Cuba supiera algo; la teoría dice que Cuba habría entendido que Maduro
ya era insostenible y decidió salvar la influencia cubana sacrificando a una pieza, o sea, perder a Maduro para
no perder Venezuela completa.
Otros van más lejos y dicen que Rusia y China también negociaron indirectamente, que prefirieron mantener
acceso económico y evitar una guerra regional antes que defender a Maduro hasta el final. No hay pruebas
claras de eso, pero las sospechas crecieron porque la reacción internacional fue mucho más fría de lo que
muchos esperaban.
Y mientras todo eso pasa, abajo explota otra guerra, la guerra de los relatos. Porque hoy en Venezuela ya
nadie controla completamente la verdad, cada grupo tiene su versión, cada influencer tiene “información
exclusiva”. Cada canal de redes dice tener filtraciones militares, cada TikTok político asegura revelar “lo que
realmente pasó”, y en medio de este caos aparece el personaje Mario Silva.
Mario Silva no es solamente un presentador. Para mucha gente representa la voz emocional del chavismo
duro, la persona que convierte derrotas en resistencia y conspiraciones en patriotismo. Después de la captura
de Maduro, figuras como él comenzaron a reconstruir la narrativa chavista alrededor de una idea central, “a
Venezuela la atacó el imperio”.
Y eso conecta emocionalmente con mucha gente, incluso con personas que estaban “cansadas” de Maduro;
porque una cosa es rechazar al gobierno y otra aceptar que una potencia extranjera bombardee y capture al
presidente del país, Aquí el nacionalismo cambia muchas emociones.
Entonces Mario Silva y otros influencers oficialistas empezaron a presentar a Maduro casi como mártir
antiimperialista, ya no como gobernante criticado, sino como víctima histórica de EEUU, y esto ayuda al
chavismo a mantener cohesionada una parte de su base.
Pero del otro lado, también aparecieron influencers opositores radicales diciendo exactamente lo contrario,
que EEUU traicionó a la oposición democrática y terminó negociando con los mismos chavistas reciclados de siempre. Entonces el país queda atrapado entre dos rabias, unos diciendo “el imperio destruyó
Venezuela”, y otros diciendo “el imperio salvó al chavismo”. Y en el medio queda una población agotada
que ya no sabe qué creer.
Porque, además, se agregan las redes que están llenas de operaciones psicológicas. Bots, rumores, audios
filtrados, videos manipulados, “fuentes militares”, “expertos geopolíticos”, cuentas anónimas, inteligencia
artificial y campañas emocionales. Ya no importa tanto la verdad; importa quién logra imponer una
sensación.
Y esa es quizás la parte más peligrosa de todo esto, que la confusión se volvió permanente. Hay gente que
cree que Maduro fue vendido, otros creen que sigue mandando desde prisión., otros dicen que Delcy ahora
representa un “chavismo corporativo”, otros piensan que Diosdado sigue controlando seguridad e inteligencia
desde las sombras, y otros creen que la oposición fue usada como simple herramienta para legitimar un
nuevo reparto del poder.
Pero casi todos coinciden en algo, después del 3 de enero no nació una democracia plena, lo que nació fue
algo raro, un sistema híbrido, menos ideológico., más pragmático, más abierto económicamente. Pero todavía
lleno de estructuras viejas, por esto mucha gente resume todo con una frase muy venezolana, “Cambiaron las
caras, pero no necesariamente el poder”.
Y aquí aparece la sensación más amarga de todas, que al final todos negociaron algo, menos el ciudadano
común.
Pero entonces aparece una voz distinta dentro del propio universo chavista, Luis Britto García., y no habla
desde el triunfalismo, sino desde la herida, la derrota y la resistencia. Su artículo “Resisto, luego existo”
introduce otra dimensión del conflicto, no solamente quién ganó poder, sino qué perdió Venezuela.
Britto García plantea algo que conecta profundamente con una parte del imaginario nacional, la idea de que
lo ocurrido el 3 de enero no fue simplemente un cambio político, sino una agresión directa contra la
soberanía venezolana, y desde aquí cambia completamente la lectura de los hechos.
Mientras unos discuten si hubo pactos internos, traición o reacomodos geopolíticos, Britto pone el foco en
otra pregunta, ¿por qué un país con armamento, estructura militar y doctrina defensiva prácticamente no
resistió?
Su crítica no es solamente militar, es moral y estratégica, él cuestiona que una operación de altísima
superioridad aérea haya terminado en una rendición rápida, con gran parte del aparato intacto y sin una
guerra prolongada de resistencia nacional; para él, eso obliga a revisar doctrinas completas de defensa,
soberanía y seguridad.
Y aquí introduce una idea histórica poderosa, los pueblos no necesariamente derrotan a grandes potencias por
superioridad militar convencional, sino por resistencia prolongada, guerra asimétrica y cohesión nacional.
Por eso insiste en que el problema no termina con la caída de Maduro, según su visión, lo que está en juego
es algo mucho más profundo, la continuidad misma de Venezuela como Estado soberano.
Britto además desmonta una de las grandes promesas del nuevo escenario, la supuesta prosperidad inmediata
posterior al cambio político. Él sostiene que detrás del discurso de “apertura” existe el riesgo de una
transferencia masiva de recursos nacionales hacia intereses extranjeros, acompañada de privatizaciones,
endeudamiento y pérdida de control económico.
En su lectura, el peligro no es solamente político, es civilizatorio y humanitario, porque implicaría desmontar
progresivamente capacidades nacionales como la educación pública, la salud, la protección social, la
industria, los derechos laborales, la investigación, la cultura, e incluso la memoria histórica.
Y aquí aparece una de las advertencias más fuertes de su texto, cuando una sociedad pierde soberanía
económica, también empieza a perder capacidad de decidir su futuro político y cultural.
Pero quizás el elemento más potente de Britto García es que no habla únicamente desde la nostalgia chavista,
habla desde una lógica histórica latinoamericana profundamente antiimperialista. Para él, más allá de errores,
corrupción o desgaste del gobierno, una intervención extranjera nunca llega neutral, siempre reorganiza el
país según intereses externos.
Por eso su consigna final (“Resisto, luego existo”) no funciona solamente como lema político, sino como
principio de supervivencia nacional.
Y es justamente ahí donde aparece la dimensión más amplia y más humana de toda esta historia,
el pueblo venezolano.
Porque el pueblo venezolano probablemente ya no funciona políticamente desde el creer, sino desde el
trauma y la experiencia acumulada. Después de años de crisis, inflación, migración, sanciones, confrontación
política, promesas y propaganda de todos los lados, mucha gente ya no pregunta “¿qué es verdad?”, sino
“¿quién se beneficia de esta versión?”.
Eso cambia completamente la relación con la política; entonces aparece algo muy venezolano de esta etapa,
el escepticismo y la incertidumbre total. La gente escucha al gobierno y sospecha. Escucha a la oposición y
sospecha. Escucha a EEUU y sospecha. Escucha a influencers y sospecha. Escucha “filtraciones” y sospecha.
Y esto no necesariamente vuelve al pueblo más ignorante, a veces lo vuelve más intuitivo políticamente.
Mucha gente puede no manejar información técnica ni geopolítica, pero sí percibe patrones de manipulación,
intereses ocultos y pactos de poder.
Por eso proliferan tantas teorías, no porque todos sean conspiraciones, sino porque, al parecer, la confianza
institucional colapsó hace tiempo.
Y aquí aparece una paradoja muy venezolana, el ciudadano puede estar simultáneamente manipulado y
consciente. Manipulado emocionalmente por propaganda, miedo, algoritmos y narrativas extremas, pero
consciente de que detrás de cada relato existe una disputa feroz de intereses. Esto crea una sociedad muy
difícil de convencer completamente, pero también muy difícil de movilizar colectivamente.
Porque otra consecuencia de tantos años de conflicto es el agotamiento político. Alguna gente ya no piensa
en términos épicos como “la revolución”, “la liberación”, “la democracia total”; ahora piensa en estabilidad,
salario, electricidad, agua, seguridad, internet, gasolina, y posibilidad de vivir “normal”.
Asi, la supervivencia desplazó a la ideología, y quizás ahí está uno de los puntos más importantes de toda
esta etapa. Una parte del pueblo venezolano ya no espera justicia histórica; espera simplemente que deje de
empeorar todo.
Entonces, si el nuevo sistema híbrido trae algo de estabilidad económica, menos confrontación visible y más
circulación de dinero, una parte de la población podría aceptarlo, incluso sospechando que hubo pactos
oscuros.
No porque crean plenamente en el nuevo orden, sino porque el cansancio modifica el umbral moral y
emocional de las sociedades golpeadas durante años. La gente empieza a negociar psicológicamente con la
realidad, pero además Venezuela dejó de ser una sola Venezuela.
Hoy conviven varias al mismo tiempo, una Venezuela todavía profundamente chavista; una Venezuela
ferozmente antichavista; una Venezuela despolitizada; una Venezuela migrante mirando desde afuera; una
Venezuela joven criada entre TikTok, Facebook, Telegram y desinformación; y una enorme Venezuela
pragmática que solo quiere estabilidad, por esto nadie logra imponer una narrativa absoluta.
Y ahí las redes sociales transformaron completamente la experiencia política. Antes la propaganda era,
Estado, televisión, partidos. Ahora cada ciudadano consume cientos de micro versiones del país todos los
días; Telegram, Facebook, TikTok, YouTube y X, convierten a cada persona en consumidor permanente de
sospechas, filtraciones y relatos contradictorios.
Esto produce un fenómeno peligrosísimo, la población deja de compartir una realidad común, y cuando un
país pierde una realidad compartida, se vuelve extremadamente difícil construir democracia, reconciliación o
memoria histórica.
Por esto la sensación más profunda no es solamente traición política. Es exclusión histórica. Gobierno,
oposición, militares, potencias, empresarios, inteligencia, influencers, todos parecen participar en las
decisiones, menos el ciudadano común y mucho menos se les hace participes en las comunicaciones màs
trascendentes para él.
Y quizás la conclusión más dura y más honesta de todo esto sea esta, el verdadero poder del pueblo
venezolano hoy no está en controlar el sistema, sino en su capacidad de no creer completamente en nadie.
Esto puede verse como debilidad, porque dificulta la organización colectiva. Pero también puede verse como
una forma de supervivencia política en un país donde demasiadas narrativas terminaron decepcionando,
confundiendo y aletargándolo.
Aunque todos sabemos que en Venezuela hay un poderoso proceso de poder y organización popular, de
muchas décadas, que está ahí latente, agazapado, atento; que no es tema en este escrito, por ahora.











