Inicio Historia y Teoria Los orígenes antifascistas de la socialdemocracia sueca

Los orígenes antifascistas de la socialdemocracia sueca

81
0

JACOBIN

Traducción: Natalia López

Hace cincuenta años, Suecia intentó la transición democrática al socialismo más ambiciosa de la historia. Su arquitecto, un economista judío que fue testigo directo del ascenso de la Alemania nazi, estuvo motivado por el imperativo de no repetir nunca más los horrores del fascismo.

Imagen: Antifascistas alemanes (Rotfront) saludan con el puño en alto. (Fox Photos / Getty Images)

En un lunes gélido de fines de febrero de 1933, un joven de dieciocho años llamado Rudolf Meidner alzó la vista hacia las llamas que envolvían el edificio del parlamento alemán. Momentos antes había estado bailando en la Ópera Kroll, junto al Reichstag, pero cerca de las 9 de la noche salió a tomar aire. Alguien gritó: «¡Miren! ¡Están iluminando el Reichstag!». Una idea agradable, hasta que alguien acotó: «¡Pero se está incendiando! ¡El Reichstag se está incendiando!». Quince minutos después llegaron los bomberos y, poco tiempo más tarde, la propia democracia alemana se hizo humo.

En los últimos años volvió a despertar interés el plan de fondos de los asalariados (löntagarfonder, en sueco), un mecanismo para transferir progresivamente la propiedad de las empresas al movimiento sindical, que Meidner elaboró en la década de 1970 para la Confederación Sueca de Sindicatos, la LO. Aunque el economista socialdemócrata fue objeto de dos excelentes biografías en sueco, su vida sigue siendo prácticamente desconocida en el resto del mundo. ¿Quién fue el hombre detrás de la propuesta de los fondos de los asalariados? ¿Y qué lo llevó a formularla?

Si bien Meidner pasó la mayor parte de su vida en Suecia, se crió en Alemania. Esa formación marcó profundamente su mirada y, a través de ella, también a la sociedad sueca. Para comprender la propuesta radical que formuló en los años setenta, es necesario entender esa infancia y juventud en la Alemania de Weimar.

Llegar a la adultez en la Alemania de Weimar

La vida de Rudolf Meidner coincidió en gran medida con lo que el historiador Eric Hobsbawm llamó célebremente «el corto siglo XX». Nació en la capital silesia, Breslau (hoy Wrocław o Breslavia,  en español), en 1914, cinco días antes del asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo. Su padre murió seis meses después, a causa de leucemia. La familia de Meidner pertenecía al sector judío asimilado y de mentalidad liberal del Imperio alemán. La religión parece haber tenido un papel menor en su formación intelectual. En algún momento Meidner recordó una escena de su infancia, cuando un compañero de clase judío, recientemente llegado, mostró imágenes de judíos perseguidos. La reacción de Meidner fue: «No nos caía bien. ¡Esto es Alemania! ¡Acá no hay pogromos! Para nosotros, la cuestión no tenía ninguna relevancia. En los círculos en los que nos movíamos, los judíos estaban completamente asimilados».

Durante su adolescencia en la Alemania de Weimar, el joven Meidner se interesó por el marxismo, un interés que cultivó a través de círculos de estudio socialistas. Leyó El capital, pero fue el Manifiesto comunista el texto que le dejó la huella más profunda. Hacia el final de su vida, recordó así su impacto: «Probablemente pueda decir que, para mí, el Manifiesto es el comienzo y el final de la mayoría de mis ideas políticas. Describe las relaciones de poder fundamentales en una sociedad capitalista. Lo que dice sigue siendo, en lo esencial, verdadero: no lo hemos superado».

Aunque el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) se mantuvo como marxista durante el período de entreguerras, Meidner no encontró allí un hogar político. Le parecía demasiado viejo y esclerótico. En mayo de 1929, bajo el liderazgo de Karl Zörgiebel, designado por los socialdemócratas, la policía de Berlín abrió fuego contra una protesta comunista. Ese episodio le dejó a Meidner una profunda desconfianza hacia la socialdemocracia. No solo contradecía los principios socialdemócratas, sino que además le entregó a los comunistas un relato de martirio. «Nunca pude olvidar ese sangriento primero de mayo», recordó más tarde.

Cuando unos meses después Wall Street se derrumbó, Meidner y sus compañeros vieron confirmada la profecía de Marx. Eso reforzó su convicción en la necesidad del socialismo. Pero las consecuencias de la crisis distaron mucho de ser un triunfo de la clase trabajadora: los nazis obtuvieron 107 bancas en el Reichstag en 1930, lo que dejó atónitos a Meidner y a los suyos. Poco después, jóvenes de la Sturmabteilung (SA, las «camisas pardas») comenzaron a intentar sabotear sus reuniones.

Meidner se convenció cada vez más de que los socialdemócratas eran incapaces de enfrentar el crecimiento del movimiento nazi. Consideró brevemente emigrar a la Unión Soviética. Asistió a varias reuniones abiertas del Partido Comunista Alemán (KPD), pero no se afilió. Una cosa era leer sobre Lenin; otra muy distinta, trabajar en la práctica para la «dictadura del proletariado». Vio con mejores ojos al Partido Socialista de los Trabajadores, formado en 1931 tras la expulsión de los socialdemócratas de izquierda Max Seydewitz y Kurt Rosenfeld del comité ejecutivo del SPD. Pero para entonces ya era demasiado tarde, o al menos así lo juzgó después.

En el otoño de 1932, Meidner se mudó a Berlín para estudiar. Allí presenció de primera mano el ascenso de Hitler al poder. En enero de 1933, los nazis organizaron una manifestación frente a la sede central del Partido Comunista, la Karl-Liebknecht-Haus. En respuesta, los comunistas convocaron una contramarcha. En medio del frío helado, Meidner se sumó a la procesión en lo que luego describió como una despedida simbólica de la democracia alemana: «Era, simplemente, el proletariado berlinés diciéndole adiós a Weimar». Masas famélicas, mal abrigadas frente a las temperaturas bajo cero y la nieve. Sin muestras de entusiasmo, sin silbatos ni tambores. La democracia fue enterrada en silencio. Después la describió como: «Una manifestación digna, casi pasiva, la marcha fúnebre de la democracia».

Aun así, el mensaje no era del todo claro para el joven socialista. Cuando Hitler asumió el poder el 30 de enero, Meidner se unió a la multitud frente al Reichstag. Más tarde comentó que resultaba notable que su origen judío no se le hubiera cruzado por la cabeza ese día. «No lo pensé».

Cuando terminó el semestre en Berlín, en marzo, Meidner regresó a Breslau. Al principio no tenía planes de irse de Alemania. Sin embargo, el nombramiento de Edmund Heines, participante del Putsch de la Cervecería de Múnich de 1923, como jefe de policía de Breslau, lo hizo cambiar de idea. Cuando su madre irrumpió en su habitación el 29 de marzo y anunció que todos los judíos debían entregar sus pasaportes, se preparó para partir. Esa misma tarde tomó un tren a Berlín. Desde allí, otro tren hasta Sassnitz, en la costa norte alemana, y luego el ferry a Suecia.

Donde gobernaba la socialdemocracia

Meidner llegó a Suecia en los albores de la hegemonía socialdemócrata. El Partido Socialdemócrata Sueco (SAP) asumió el poder en 1932 y se mantuvo allí durante las cuatro décadas siguientes. Como economista jefe de la confederación sindical LO, Meidner se convertiría en una figura clave del movimiento obrero hegemónico del país.

En el otoño de 1933, apenas unos meses después de su llegada, Meidner comenzó a cursar estudios, principalmente de economía y estadística, en la Universidad de Estocolmo, el hogar intelectual de la llamada Escuela de Estocolmo en economía. Estuvo particularmente influenciado por Gunnar Myrdal, que enseñaba allí en los años treinta. Sus estudios le daban un motivo para permanecer en Suecia, pero como inmigrante reciente seguía inseguro sobre su futuro. Durante un tiempo consideró comprar una granja en la costa este de Canadá. Sin embargo, en febrero de 1934 conoció a quien sería su futura esposa, una sueca que no se entusiasmó con la idea de una vida en Canadá. En mayo ya estaban comprometidos. En diciembre de 1945, por recomendación de Myrdal, Meidner fue contratado por la LO como economista jefe. Pasaría allí prácticamente toda su carrera.

Meidner es conocido por dos propuestas de política económica. La primera es el llamado modelo Rehn–Meidner, formulado junto a Gösta Rehn durante sus primeros años en la LO. El modelo también es conocido como la política salarial solidaria, porque buscaba minimizar las diferencias salariales entre distintos segmentos del mercado de trabajo. Adoptada oficialmente por la LO en 1951, la política contribuyó a fortalecer la solidaridad entre los asalariados y su poder de negociación.

La segunda gran contribución de Meidner fue el esquema radical y controvertido de los fondos de los asalariados, que desarrolló para la LO durante la primera mitad de los años setenta. En respuesta a varias mociones de miembros del sindicato metalúrgico, el congreso de la LO de 1971 decidió conformar una comisión para estudiar la posibilidad de crear fondos industriales. Meidner fue designado para encabezar un pequeño grupo de trabajo, que también incluía a la joven economista Anna Hedborg y al estudiante Gunnar Fond. Hedborg provenía de un entorno burgués, pero se había radicalizado en los años sesenta a partir de su participación en el movimiento contra la guerra de Vietnam. Fond fue recomendado por el profesor de economía Erik Lundberg, aparentemente por su apellido (fond significa «fondo» en sueco).

El trío comenzó su trabajo en serio en la primavera de 1974, cuando Meidner y Hedborg realizaron un viaje de estudio a Alemania y Austria. Allí se encontraron con una recepción de relativa indiferencia o incluso de oposición a los fondos de los asalariados. Más tarde, Meidner recordó haber mirado por la ventana en la estación de tren de Heidelberg y haber visto un anuncio que mostraba a un sindicalista feliz recibiendo una carta de accionista. Hedborg señaló la imagen y le preguntó a Meidner: «¿Esto es lo que querés?». «No», respondió Meidner, «no va a ser así». En ese momento decidieron avanzar con una propuesta más radical.

Aunque la iniciativa terminaría en el centro de uno de los episodios más controvertidos de la historia moderna de Suecia, el trabajo avanzó sin atraer demasiada atención. Como uno de los economistas principales de la LO, Meidner tenía una oficina en una de las torres de la sede de la confederación, en Norra Bantorget, con vista a la ciudad. Sin embargo, cuando trabajó en la propuesta de los fondos de los asalariados, pidió una pequeña habitación en la planta baja, detrás de la cocina, sin conexión telefónica.

Marx en Suecia

El grupo presentó su trabajo el 27 de agosto de 1975. En síntesis, la idea era socializar gradualmente la propiedad de las principales empresas suecas, obligándolas a convertir una parte de sus ganancias en acciones que serían transferidas a los llamados fondos de los asalariados, controlados por el movimiento sindical.

Los fondos representaban una ruptura radical con el compromiso de clases que había existido en Suecia desde el célebre Acuerdo de Saltsjöbaden de 1938. Como era de esperar, la propuesta desató uno de los debates políticos más encendidos de la historia moderna del país. No solo constituía una afrenta a los intereses de los empleadores, sino que además contradecía el llamado «socialismo funcional» de las élites del SAP, según el cual los objetivos del socialismo podían alcanzarse sin ninguna transferencia de propiedad.

¿Qué llevó a Meidner a formular una propuesta tan radical? Una respuesta evidente podría ser el clima político radical que atravesó a los países occidentales durante los años sesenta y setenta. ¿Simplemente estaba siguiendo el espíritu de la época? Las tendencias políticas generales del período pueden explicar por qué la propuesta fue adoptada con tanto entusiasmo por los activistas sindicales, pero no alcanzan para explicar el propio radicalismo de Meidner. Excepto por su colaboración con Hedborg, Meidner no se vinculó demasiado con los jóvenes radicales. Su radicalismo tenía raíces más profundas, ancladas en sus experiencias en la República de Weimar. Fueron sus encuentros juveniles con Marx los que fijaron la cuestión de la propiedad como un eje central de su pensamiento político.

Un pasaje central de la propuesta rendía homenaje al Manifiesto comunista:

La historia del industrialismo es la historia del surgimiento y de los conflictos entre clases: un pequeño grupo adquirió en una etapa temprana del industrialismo, y luego amplió, sus derechos de propiedad sobre los medios de producción. La gran mayoría popular solo pudo subsistir vendiendo su trabajo a los propietarios de los medios de producción.

En una entrevista posterior con una publicación de la LO, Meidner reconoció abiertamente su deuda con Marx. Bajo el capitalismo, el poder se ejercía a través de la propiedad. No había forma de esquivarlo: era necesario transformar las relaciones de propiedad vigentes.

La propuesta de Meidner no puso fin a las relaciones de clase capitalistas. Por el contrario, los empleadores suecos lanzaron una ofensiva política. Décadas después, Suecia se volvió notablemente más desigual y el Estado de bienestar se mercantilizó de manera significativa.

Aun así, Meidner dejó una huella más profunda en la socialdemocracia sueca que la mayoría. Pocos hubieran anticipado el debate explosivo que siguió cuando la LO le encargó redactar la propuesta de los fondos de los asalariados. Esa orientación radical se debió en gran medida a su biografía. Tras varias décadas como economista sindical, era una figura respetada y consolidada dentro del movimiento. Al mismo tiempo, debido a su formación intelectual en la República de Weimar, era marxista y plenamente consciente de las consecuencias políticas de la propiedad privada. Al combinar ambas dimensiones, Meidner formuló una visión de reformismo radical que todavía hoy despierta interés entre los socialistas.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.