Jana N., publicado por primera vez en la edición de febrero de “Solidarität”, periódico de Sol (CIT Alemania)
[Foto y texto de @anjmotahed en X. «31 de enero. Concentración y sentada de estudiantes de la Universidad de Mashhad en conmemoración del difunto Parsa Saffar. Durante este evento, los estudiantes exigieron la liberación de Amin Pourfarhang»]
Irán comenzó el año con un levantamiento masivo, ya que su prolongada crisis económica chocó con la ira popular. Si bien la represión se ha intensificado, la pregunta decisiva es si la resistencia puede desarrollar las estructuras y la alternativa política necesarias para enfrentar a un estado autoritario arraigado.
Las recientes protestas surgieron de una prolongada crisis social que ha reducido progresivamente las posibilidades de supervivencia. La inflación, el desempleo y la inseguridad permanente se han convertido en características estructurales de la vida, mientras que las sanciones han profundizado la volatilidad sin debilitar hasta ahora la capacidad coercitiva del régimen. Estas sanciones, impuestas por las potencias imperialistas, han amplificado la inflación y la escasez, afectando con mayor dureza a la población general, a la vez que han proporcionado al régimen un pretexto para culpar a fuerzas externas y una herramienta de control social. El momento decisivo llegó con el colapso de la moneda, que transformó las penurias crónicas en una emergencia social inmediata. Esta ruptura se hizo visible en el bazar, no como un actor social unificado, sino como un espacio donde comerciantes y trabajadores asalariados se vieron arrastrados a la crisis, lo que indicó que incluso los mecanismos que tradicionalmente estabilizaban al régimen estaban fallando.
Las protestas subsiguientes adoptaron una forma descentralizada y desigual, condicionadas por las condiciones locales en lugar de un marco nacional unificado, lo que reveló las deficiencias en la capacidad del sistema para garantizar la estabilidad económica básica. El malestar se extendió persistentemente a través de regiones y estratos sociales: las ciudades más pequeñas y las regiones periféricas se movilizaron con decisión, mientras que las universidades y los barrios obreros se convirtieron en centros de resistencia. Los manifestantes volvieron a estar unidos por el rechazo al régimen, más que por un programa político plenamente definido. En respuesta, el régimen brutalizó a los manifestantes con cortes de comunicación, violencia indiscriminada y una represión agresiva que se extendió a hospitales y espacios privados. Se han reportado cifras alarmantes de decenas de miles de activistas muertos y encarcelados. Esto indica un Estado dispuesto a defender su poder sin piedad.
Confusión política
Lo que amenaza al movimiento no es solo la represión, sino la confusión política. El régimen autoritario se sustenta mediante un aparato permanente: fuerzas armadas, prisiones, propaganda y una clara cadena de mando. Figuras como Reza Pahlavi, hijo del sha derrocado, reivindican un liderazgo transicional, sin ofrecer estructuras democráticas ni, obviamente, una ruptura con el sistema capitalista que defienden. Las masas trabajadoras y pobres deben confiar en su propio poder y luchar por sus organizaciones independientes, por difícil que sea en las condiciones actuales. El régimen podría consolidar su control por un tiempo, pero eso no durará.
Un camino socialista hacia adelante debe construirse en torno al poder político independiente de la clase trabajadora. Esto implica, por ejemplo, la formación de comités y consejos obreros (shora) elegidos democráticamente en centros de trabajo, barrios y universidades, capaces de coordinar la lucha y tomar decisiones colectivas. Unificados a nivel regional y nacional, estos órganos pueden organizar huelgas generales para impulsar la lucha y llamar a las bases del aparato estatal a romper con el régimen. Esto podría paralizar el régimen económica y políticamente, allanando el camino para su derrocamiento.
Un partido socialista revolucionario, cuya construcción urge, podría encontrar un gran eco en dichos comités, ya que el objetivo debe ser expropiar el poder político y económico de la élite gobernante y ponerlo bajo el control democrático de los trabajadores y los oprimidos para garantizar una vida digna para todos. La solidaridad internacional debe fortalecer este proceso oponiéndose al imperialismo y apoyando material y políticamente la autoorganización de los trabajadores en Irán.











