por Franco Machiavelo
Mientras el pueblo en Chile enfrenta noches congelantes, viviendas húmedas, enfermedades respiratorias y cuentas impagables de calefacción, la élite económica continúa hablando del cambio climático como si fuera una simple “externalidad” técnica y no la consecuencia histórica de un modelo depredador construido sobre la explotación de la naturaleza y de la vida humana.
El capitalismo tardío convirtió la Tierra en mercancía. Bosques arrasados, ríos privatizados, monocultivos forestales, zonas de sacrificio y ciudades levantadas bajo la lógica del negocio inmobiliario: todo subordinado a la acumulación infinita de capital. La naturaleza dejó de entenderse como equilibrio y pasó a ser tratada como un recurso desechable al servicio de corporaciones extractivistas.
La contradicción es brutal: el mismo sistema que destruye el clima vende después las “soluciones verdes” a precios inaccesibles para los trabajadores y jubilados. El pueblo pasa frío; las grandes empresas energéticas aumentan ganancias. Los barrios populares enfrentan heladas y contaminación; los sectores privilegiados viven aislados del deterioro climático detrás de muros, calefacción central y seguros privados.
Desde una mirada dialéctica, la crisis climática no es un accidente. Es la expresión material de las contradicciones internas del capitalismo: producir ilimitadamente en un planeta limitado. La lógica de maximizar ganancias inevitablemente entra en conflicto con los ciclos naturales y con la supervivencia colectiva.
En el actual período interglacial del planeta, alterado violentamente por la actividad industrial humana, los fenómenos extremos se intensifican. El frío que golpea hoy a sectores de Chile no contradice el calentamiento global; forma parte del desequilibrio climático general. Sequías prolongadas, lluvias torrenciales, incendios forestales y olas polares son distintas caras de una misma crisis sistémica.
Y como ocurre siempre bajo el capitalismo, los costos se socializan hacia abajo:
el trabajador que no puede calefaccionar su casa;
el adulto mayor que debe elegir entre medicamentos o gas;
las poblaciones levantadas con materiales precarios;
los niños expuestos a contaminación y humedad;
los territorios abandonados por el Estado pero saqueados por el mercado.
La tragedia climática revela también una lucha de clases ambiental. Porque quienes menos contaminan suelen ser quienes más sufren las consecuencias. Y quienes más enriquecieron destruyendo ecosistemas son los mismos que hoy intentan administrar la crisis sin modificar las estructuras económicas que la produjeron.
El frío actual no es solamente meteorología: es también el reflejo social de un modelo económico incapaz de garantizar dignidad, equilibrio ecológico y protección colectiva frente al colapso climático que ayudó a crear.











