por Margarita Labarca Goddard
Por ahora no pienso seguir escribiendo sobre Trump, Cerimedo ni Kast. Al fin y al cabo no son tan importantes y su destino es desaparecer pronto. Trump es un loco de atar y va perdiendo cada vez más apoyo. Cerimedo quiso eliminar a su mujer y a su hijo de una vez y ahora está preso y fuera del juego.
Kast, admirador de Pinochet tiene sólo una popularidad de menos del 30%, Entonces, mejor escribo sobre salud aunque no soy médico y así sale más claro.
La gente ahora vive mucho más que antes. Porque antes, digamos hasta la primera mitad del siglo XX no existían los antibióticos ni muchos medicamentos que hay ahora.
Pero hay que reconocer que las guerras han servido para algo, cosas que se inventaron para ganar batallas o para atender a los soldados, posteriormente fuero útiles para todo el mundo.
Por cierto, me estoy refiriendo a los países desarrollados o a las clases sociales más ricas. Todavía en muchos lugares de este planeta hay personas muy pobres que pueden morir de un resfrío mal cuidado, o niños que fallecen de desnutrición.
No intento comparar la cantidad de gente que murió en la segunda guerra mundial con los que sobrevivieron gracias a los inventos médicos, porque esos últimos se salvaron después y se siguen salvando ahora.
Según indican las cálculos, en la Segunda Guerra Mundial murieron entre 70 y 85 millones de personas en todo el mundo. Esta cifra equivale a un 3% de la población mundial de aquella época (1940), consolidándolo como el conflicto más mortífero en la historia humana.
Las bajas militares se estiman entre 21 y 25 millones de soldados muertos por todas las causas, lo que incluye a unos 5 millones de prisioneros que murieron en cautiverio.
Los muertos civiles fueron más, unos 50 a 55 millones. Esto representa aproximadamente dos tercios (un 60-67%) del total de fallecidos. De éstos, alrededor de 20 millones fueron soviéticos, que defendieron su Patria del avance alemán y lo lograron, pero allí perdieron la vida.
Es que a diferencia de otros conflictos, la mayor parte de las pérdidas humanas en esta guerra afectó a la población civil debido al Holocausto, los bombardeos masivos sobre ciudades, especialmente sobe Londres, las hambrunas y las enfermedades provocadas por la devastación.
Durante esa guerra aparecieron los antibióticos, pero eran sólo para los soldados. Acuérdense de la película EL TERCER HOMBRE, protagonizada por Orson Welles.
Al respecto tengo una experiencia familiar: un tío a quien no conocí porque vivía en Europa y era cónsul de Chile en Le Havre, Eugenio Labarca Labarca, murió de bronconeumomia el año 1939, pues los antibióticos que ya existían, no eran para los civiles.
También durante la segunda guerra mundial se inventaron muchas otras cosas que después llegaron a la población civil, como internet. El radar poco se usaba pero se perfeccionó para la guerra. El plástico se generalizó durante la segunda guerra mundial debido a la insuficiencia de caucho y luego se difundió por el mundo y se transformó en la maldición que es ahora.
Es difícil concebir un mundo sin plástico, pero así era hace 70 años.
Los plásticos llegaron a Chile por ahí del año 1955 o poco antes. Mi papá tuvo que viajar a Arica, que era puerto libre, y de allá trajo unas camisas de hombre que parecían de goma, y a mí me trajo un par de vestidos preciosos, uno amarillo y otro blanco, que pude lucir en la Universidad.
Anteriormente, y en la primera mitad del siglo XX, se moría gente de una infección cualquiera, de un resfrío que se convertía en bronconeumonía, como ocurrió con mi abuelo inglés Reginald Goddard Warren , que murió a los 45 años-. También montones de jóvenes adolescentes morían de tuberculosis. Este es el tema de la famosa novela La Montaña Mágica, de Thomas Mann.
También en mi familia humo un caso. Tuve tía a quien no llegué a conocer, Margarita Labarca Labarca, que murió de tuberculosis a los 17 años.
Los niños eran los que más morían de cualquier cosa. Por eso muchas mujeres tenían hasta 20 hijos, de los cuales perdían una gran cantidad, como ocurrió con los hijos de don Benito Juárez, para citar sólo un caso.
En mis recuerdos personales, en Chile hasta en los años 60 del siglo XX había niños que andaban sin zapatos “a pata pelá” se decía. Y naturalmente, eso los exponía a los resfríos y neumonías. De ahí el verso muy conocido de Gabriela Mistral “Piesecitos de niños, azulosos de frío, cómo os ven y no os cubren, Dios mío”.
¿Ahora no hay niños a pata pelá en Chile o en otros lugares? No lo sé, si algún lector lo sabe, por favor infórmenos.
Y ahora el promedio de los seres humanos vive mucho más.
Gracias a los antibióticos, ya generalizados, se han podido eliminar casi todas las infecciones . Hay mucha gente que vive más allá de los 90 años y se muere de un infarto o de un derrame cerebral. Este último caso es lo más temible y desagradable, pues uno se puede quedar medio idiota. Los infartos han existido siempre y no todos eran mortales. Se podía sobrevivir a un infarto, como fue el caso de Salvador Allende, que tuvo uno durante su campaña.
El último año de su vida, le dijo varias veces a mi padre que era su amigo: “Añoro el infarto”, porque se sabía fracasado, pero no tuvo esa suerte y se tuvo que pegar un tiro el 11 de septiembre en La Moneda, para no caer vivo en manos de un enemigo vil, cobarde y traidor.
Pienso que en sus últimos momentos debe haber sufrido mucho. No porque le tuviera miedo a la muerte, pues era un hombre muy valiente, sino porque al final comprendió que nos había embarcado a todos en una aventura demencial. Pobre, cuando supo que estaban bombardeando Tomás Moro, la casa familiar, se dio cuenta de lo que iba a pasar y se debe haber sentido muy responsable, terriblemente responsable.











