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EXTRACTO NOVELA “CON LOS OJOS DE MI PADRE”

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07/07/2012 El tren de la fresa que une Madrid y Aranjuez ECONOMIA MADRID SOCIEDAD ESPAÑA EUROPA CEDIDA POR FFE

A pesar de mis doce meses de ausencia de aquel recordado último carro de tercera clase del tren de las tres y media de la tarde, fui recibido casi con abrazos por los patanes que lo usaban como forma de vida, ya que eran los mismos comerciantes y limosneros del año anterior quienes seguían existiendo en aquellos pasillos repletos de gallinas, bolsas y cajas.

Ni siquiera los productos que vendían, ni los «chamullos» y «chivas» que usaban para conseguir dinero, habían cambiado en ese año de obligada deserción a que mis padres me habían sometido. Incluso las melodías que el ciego Arturo ejecutaba con su enorme acordeón eran las mismas de siempre y, al igual que en los viajes de antaño, el “ciego” Arturito tenía mejor visión que cualquiera de los pasajeros, pero sabía ocultarla magistralmente tras unas gafas ordinarias, de montura de carey color café y vidrios oscuros.

Mi hermano menor, Pablo, me acompañaba ahora en los itinerarios quincenales por decisión de mi madre, quien me endilgó la tarea de llevarlo conmigo a Santiago para someterse a un tratamiento de ortodoncia, ya que el muchacho (tenía a la sazón sólo diez años de edad) presentaba un leve defecto en su dentadura. Con ello, mi querida “vieja” creía poder matar dos pájaros de un sólo tiro, pues pensaba que así lograría empujarme hacia la madurez, haciéndome responsable de la seguridad del pequeño chiquillo.

Pero el mocoso salió vivaracho, ingenioso y astuto, ganándose el cariño y admiración de todos los componentes de aquel carro con una facilidad sorprendente.

Pablito internalizó con magnífica celeridad el “modus vivendi” del convoy, tanto como las estaciones, paradas, valores, productos y posibilidades que ofrecía aquel viaje quincenal, enseñándome la parte alegre de la vida e impulsándome a obtener comida buena y gratis, ahorrando dinero para gastarlo en Santiago en el cine “Baquedano” y en el Estadio Nacional, los sábado y domingo respectivamente.

No bien subíamos al tren en Curicó, mi hermano hacía un rápido recorrido por el maloliente pasillo para ejecutar una productiva observación de tipo sociológico e indicarme luego dónde debíamos sentarnos.

Invariablemente, determinaba hacerlo junto a algún campesino que viajaba a la capital en medio de canastos y maletas viejas. Pablo le metía pronta conversación utilizando su chispa innata y una locuacidad infantil rayana en la ternura absoluta, robándole al huaso sonrisas amplias y conquistándole el corazón ancho que todos los habitantes del agro tienen dispuesto para solidarizar con el compañero de ruta.

De esa forma, antes que el tren hubiese recorrido cincuenta kilómetros, mi hermano y yo estábamos degustando las exquisiteces que el hombre llevaba para soportar el hambre en aquella travesía. Tortillas, huevos duros, trutros de gallina cocida, empanadas de pera y de alcayota, trozos de queque, una que otra gaseosa y hasta cigarrillos, amenizaban y acortaban el trayecto.

 

Arturo Alejandro Muñoz

 

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