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Entrevistas y Conferencia de prensa realizadas a Miguel Enríquez

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«Quien hace revoluciones a medias no hace sino cavar su propia tumba»

Dos entrevistas a Miguel Enríquez

I

Entrevista y Conferencia de prensa realizada a Miguel Enríquez, líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en Chile, en octubre de 1973, a pocas semanas del golpe de Estado contra Salvador Allende

A su juicio ¿por qué cayó el gobierno de Chile?

Miguel Enríquez: La crisis del sistema de dominación que hacía años venía desarrollándose en Chile, cristalizó en el ascenso al gobierno de la Unidad Popular, al agudizar la crisis interburguesa y multiplicar el ascenso del movimiento de masas. Esto generó condiciones que permitían, si se hubiera utilizado el gobierno como instrumento de las luchas de los trabajadores, culminar en la conquista del poder por los trabajadores y en una revolución proletaria. Pero el proyecto reformista que ensayó la Unidad Popular se encarceló en el orden burgués, no golpeó al conjunto de las clases dominantes, con la esperanza de lograr una alianza con un sector burgués, no se apoyó en la organización revolucionaria de los trabajadores, en sus propios órganos de poder, rechazó la alianza con soldados y suboficiales, y prefirió fortalecerse al interior del aparato del Estado capitalista y en el cuerpo de oficiales de las Fuerzas Armadas, buscando sellar una alianza con una fracción burguesa. La ilusión reformista permitió a las clases dominantes fortalecerse en la superestructura del Estado y, desde allí, iniciar su contraofensiva reaccionaria, primero apoyándose en los gremios empresariales, luego en la pequeña burguesía y finalmente en el cuerpo de oficiales de las Fuerzas Armadas para entonces derrocar sanguinariamente al gobierno y reprimir a los trabajadores.

La ilusión reformista la pagaron y pagan hoy los trabajadores, sus líderes y partidos, que trágica y heroicamente la defendieron hasta el último minuto, con lo cual confirman hoy la frase del revolucionario francés del siglo XVIII Saint Just: «Quien hace revoluciones a medias no hace sino cavar su propia tumba».

¿El fracaso de la izquierda, en su opinión, cancela por un largo período la lucha por el socialismo en Chile?

Miguel Enríquez: No nos parece el momento de revivir antiguas diferencias en el seno de la izquierda pero, a la vez, nos parece necesario que los trabajadores y la izquierda obtengan todas las enseñanzas que la experiencia chilena entrega, para nunca más incurrir en errores.

Por ello preciso: en Chile no ha fracasado la izquierda, ni el socialismo, ni la revolución, ni los trabajadores. En Chile, ha finalizado trágicamente una ilusión reformista de modificar estructuras socioeconómicas y hacer revoluciones con la pasividad y el consentimiento de los afectados: las clases dominantes.

Ahora bien, la lucha lejos de cancelarse, recién comienza. Será larga y dura. El movimiento de masas y la izquierda no han sido aplastados. En las nuevas condiciones, la fortaleza de los trabajadores, del conjunto de la izquierda y de los revolucionarios, primero golpeados, recomponiéndose después, tiende otra vez a acrecentarse, al sumarse ahora sectores de la pequeña burguesía — ayer enardecidos en contra de la Unidad Popular — a la lucha contra la dictadura, como reacción a la sangrienta represión fascista de la Junta y frente a las medidas antipopulares y regresivas impuestas por ella. Progresiva, pero con solidez ahora, irá desarrollándose cada vez más una vasta resistencia popular a la dictadura fascista.

La Junta Militar dice haber intervenido después de que dos poderes del Estado declararon ilegítimo al gobierno de Allende, y en prevención a un «plan Z» con el cual la izquierda se proponía exterminar a todos los sectores democráticos, al cuerpo de oficiales e incluso a Allende. ¿Qué dice usted frente a ello?

Miguel Enríquez: En esas afirmaciones de la Junta Militar está el carácter ridículo y bufonesco de la dictadura gorila.

Después de haber bombardeado La Moneda, se preocupan de precisar que éste no es un golpe militar, sino un «pronunciamiento militar» para enseguida agregar que son «instituciones profesionales y no deliberantes». Afirman haber «intervenido» porque así lo exigía un poder fundamental del Estado, el Parlamento, para clausurarlo de inmediato; declaran como su objetivo «restaurar la legalidad» y crean decenas de campos de concentración a lo largo del país donde encarcelan a decenas de miles de chilenos por marxistas. Que el movimiento militar fue para terminar con el sectarismo que ahogaba a Chile, y acto seguido declaran ilegal y persiguen al 44 por ciento de la población que era izquierdista. Que su objetivo es reconstruir la economía del país y lo hacen ametrallando las fábricas y despidiendo a miles de obreros por ser «marxistas».

Afirman haber «intervenido» para prevenir un «plan Z» que quería asesinar a Allende el 19 de septiembre y ellos lo asesinaron por adelantado el 11. Que su acción militar fue para defender los derechos humanos y han fusilado por lo menos a un millar de personas, han causado la muerte de decenas de miles. Que lo fundamental de su acción es defender «los valores nacionales» y para ello hacen piras en las calles quemando libros, asaltan y saquean la casa de Pablo Neruda, intervienen militarmente las universidades y allanan con tropas la casa de Cardenales. Todo esto, según ellos, es por la defensa de los trabajadores y sus conquistas, y primero disuelven sus organizaciones, luego despiden a miles de ellos, suprimen el pago de horas extraordinarias, aumentan el número de horas de trabajo, un verdadero sistema de trabajo forzado, congelan los salarios, aumentan los precios, al menos en Linares devuelven fundos a sus antiguos propietarios y nombran delegados de gobierno en las fábricas del área social a los antiguos dueños. Afirman buscar las armas de los «extremistas» que hacen peligrar la vida de los ciudadanos y ellos desataron el genocidio en las poblaciones, asentamientos, fábricas y universidades.

Chile, es hoy un país sometido por sus Fuerzas Armadas a un régimen similar al de un país ocupado por Fuerzas Extranjeras. El país bajo «Estado de Sitio», todas las ciudades bajo «toque de queda», Tribunales Militares sin apelación, bajo el Código militar «en tiempo de guerra», encarcelamiento masivo de la población, pogromos contra los extranjeros, etcétera. El cuerpo de oficiales de las Fuerzas Armadas de Chile ha declarado la guerra al pueblo de Chile. Asistimos en plena década del setenta, y en América Latina, a una versión más grotesca y cavernaria aún del fascismo hitleriano.

La diferencia entre estos gorilas fascistas y sus antecesores hitlerianos, si la hay, es que los primeros no tienen el valor de asumir sus crímenes y buscan encubrirlos detrás de falsedades y montajes publicitarios como el «plan Z» o mascaradas histriónicas de legalidad.

¿Cuál es, a su juicio, la perspectiva de este gobierno?

Miguel Enríquez: No será duradera. Chile no tiene una burguesía industrial pujante y expansionista como la alemana de décadas pasadas, ni tiene el potencial económico del Brasil. Las condiciones mundiales y latinoamericanas de esta década no son las mismas que las de décadas pasadas; hoy está fortalecido el campo socialista, el pueblo indochino ha infligido importantes derrotas al imperialismo en Vietnam, Laos y Camboya, la Revolución cubana se ha consolidado en América Latina, la crisis interburguesa norteamericana y latinoamericana es cada vez mayor, el movimiento de masas va en ascenso en América Latina y es aún poderoso en Chile. La dictadura fascista chilena irá cada vez más manchando sus manos con sangre, cada vez irá tomando medidas más represivas y antipopulares, aumentará sus ya grandes contradicciones internas y de la Junta con otros sectores burgueses; a la vez que se irá fortaleciendo entre los trabajadores la Resistencia Popular a la dictadura, lo que terminará por derrumbarla.

Entonces, habiendo pasado la clase obrera y el pueblo por la más dramática escuela política: el conocimiento de la guerra de hierro de la dictadura burguesa imperialista, serán restauradas las libertades democráticas y se abrirá paso a un verdadero proceso revolucionario obrero y campesino.

A su juicio y según sus informaciones, ¿participaron o no los Estados Unidos en este pronunciamiento militar, como se afirma?

Miguel Enríquez: Un mes antes del golpe de Estado denunciamos, por cadena nacional de radios, la participación de un miembro de la embajada norteamericana en una reunión en un crucero de la Armada en el puerto de Arica, el 20 de mayo de este año a la 1 A.M., con todo el Alto Mando Naval y varios oficiales de alta graduación del Ejército de las divisiones del Norte, y luego, en los meses de junio y julio en cada barco de la Escuadra se embarcó un oficial de la inteligencia militar norteamericana, lo que jamás fue desmentido por la Armada.

Cada paso de la conspiración reaccionaria fue dirigido y planeado por la misión militar brasileña y la inteligencia naval norteamericana.

¿Qué tarea se proponen ustedes en la actual situación?

Miguel Enríquez: Solo en general: unir a toda la izquierda y a todo sector democrático dispuesto a impulsar la lucha contra la dictadura, reorganizar el movimiento de masas en nuevas formas y desarrollar la Resistencia Popular a la dictadura en todas sus formas, a lo largo del país.

Quienes declararon la guerra fueron los altos oficiales fascistas de las Fuerzas Armadas y no nosotros. Ellos han puesto las reglas del juego. Han llegado al extremo de establecer una norma, la más sanguinaria y no establecida en ningún tipo de guerra: todo el que resiste es ejecutado, que en otras palabras no es sino una guerra a muerte, una guerra sin prisioneros. Será una lucha larga y difícil, pero con certeza la clase obrera y el pueblo, con sus vanguardias a la cabeza, triunfarán. Muchos ya han caído y seguirán cayendo, pero han sido y serán reemplazados, la lucha no terminará hasta no derribar la Junta fascista, restaurar las libertades democráticas y abrir paso a un proceso revolucionario obrero y campesino.

¿Cuál es su apreciación de la solidaridad internacional que ha recibido la izquierda chilena y qué tareas ustedes le pedirían a los que fuera de Chile quisieran ayudarles?

Miguel Enríquez: La solidaridad internacional ha sido fundamental. El hecho de que distintos y numerosos países hayan rechazado el golpe de Estado, que sectores democráticos y revolucionarios de todo el mundo se hayan movilizado en contra del fascismo chileno, ha sido de enorme ayuda. En especial ha sido importante la solidaridad del campo socialista y de la Revolución cubana. De sectores democráticos y revolucionarios europeos, como de los distintos sectores latinoamericanos y en particular el del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) de Argentina, del Movimiento de Liberación Tupamaros (M.L.N.T.) de Uruguay y del Ejército de Liberación Nacional (ELN) Boliviano.

La presión internacional agudiza las contradicciones internas de la Junta fascista y de ella con otros sectores, a la vez que logra neutralizar al menos algunas de sus aristas más sanguinarias y brutales. En cuanto a qué se puede hacer en el exterior por la lucha antigorila y antifascista en Chile, todo es útil: difundir al máximo los crímenes y las bestialidades del régimen, promover el apoyo político y material para la Resistencia, extender los mítines de protesta, multiplicar las campañas de solidaridad; en la medida de lo posible, impedir que más gobiernos reconozcan al fascismo chileno y, en la medida de lo posible, impulsar el sabotaje exterior a la Junta fascista: no descargar en los puertos barcos chilenos y otras medidas. Hoy, una de las tareas prioritarias es exigir que no se ejecute y se libere, de inmediato, al secretario general del Partido Comunista chileno, Luis Corvalán, en este momento encarcelado; y exigir que se ponga fin a las ejecuciones y torturas a los detenidos.

¿Desea usted agregar algo?

Miguel Enríquez: Sí. Hoy, en el día del guerrillero heroico, rendir un homenaje en primer lugar a Salvador Allende, que entregó su vida defendiendo sus convicciones y a los miles de héroes y mártires que en calles, plazas, fábricas, poblaciones y campos de Chile, de todas las organizaciones de izquierda y a los trabajadores que derraman su sangre, combatiendo al fascismo, y a los que siguen cayendo o son hoy torturados. En especial, rendir un homenaje al miembro del Comité Central y fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), jefe del Comité Regional de Valdivia, de 24 años, Fernando Krauss y a nuestro militante y jefe del Comité Local de Panguipulli, José Gregorio Liendo, fusilados hace (…)

II

Entrevista realizada por el semanario francés Rouge al líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile, Miguel Enríquez, en junio de 1974. Publicada en Correo de la Resistencia, Boletín del MIR en la resistencia, N.° 1, junio de 1974, pp. 29–38.

¿Cuál es la reacción del MIR frente a las acusaciones –principalmente del Partido Comunista– en cuanto a su responsabilidad en la caída de la Unidad Popular? Esta acusación fue también utilizada por la prensa burguesa «democrática» en Europa.

Miguel Enríquez: En realidad, estas acusaciones vienen fundamentalmente de dos sectores: el reformismo de izquierda y los burgueses. Nosotros sabemos que algunas personalidades de otros tantos partidos comunistas europeos se han dedicado a expandir la afirmación de que la caída del gobierno de la Unidad Popular se debió a la «impaciencia», al «ultraizquierdismo» y a la «precipitación» del MIR. De esta manera tratan de salvar al reformismo y a su política del fracaso en Chile, con el fin de ensayar lo mismo en otros países. Las acusaciones tienen como fundamento las frustraciones de la Unidad Popular, al no haber podido lograr una alianza con el Partido Demócrata Cristiano chileno. Nosotros vamos a responder lo más brevemente posible dada la magnitud del tema.

El gobierno de la Unidad Popular fue un gobierno pequeñoburgués de izquierda, cuyo eje se formó en la alianza del reformismo obrero con el reformismo pequeñoburgués.

La política que desarrolló en el curso de sus tres años fue reformista, y se caracterizó por su sumisión al orden burgués y por su tentativa de concretar un proyecto de colaboración de clases.

El reformismo no apreció el carácter que asumió el período de su gobierno, lo que hizo imposible que desarrollara con éxito su proyecto de colaboración de clases. El sistema de dominación capitalista entró en crisis. El movimiento de masas, cuyas movilizaciones y actividad iban aumentando después de 1967, había entrado en ebullición con la llegada de la Unidad Popular al gobierno. En el curso de estos tres años había multiplicado sus movilizaciones, al desarrollar sus niveles de organización y de conciencia mucho más allá de todo lo que antes se había visto en Chile.

En ese mismo momento, y en parte como consecuencia de ello, la crisis interburguesa continuó profundizándose. Fue eso lo que confundió al reformismo que, percibiendo que la lucha interburguesa se hacía cada vez más aguda, pretendió sellar una alianza con una de las fracciones en lucha. No comprendió que, si bien la lucha interburguesa aumentaba, las fracciones burguesas se daban cuenta, desde el comienzo, que el aumento del movimiento de masas, por su carácter, iba mucho más lejos que las tímidas reformas que la Unidad Popular se proponía y que amenazaban el sistema de dominación capitalista vigente. El conjunto de la clase dominante asumió desde el principio la defensa de dicho sistema y la lucha dirigida a derrocar el gobierno de la Unidad Popular. El aumento y la polarización de la lucha de clases cerró históricamente toda posibilidad de éxito para su proyecto de colaboración de clases.

Siempre detrás de este ilusorio proyecto de colaboración de clases, la Unidad Popular, bajo la ilusión de haber conquistado el poder, impulsó una política económica que funcionó en lo fundamental sobre el consumo y no sobre la propiedad de los medios de producción.

La redistribución drástica del ingreso hizo aumentar el consumo, a partir del cual aumentó la producción sobre la base de la utilización de la capacidad instalada, la que se agotó a mediados de 1972.

La Unidad Popular también trabajó sobre los medios de producción, pero de una manera limitada: nacionalizó la gran minería del cobre y la banca y se propuso integrar al área social solamente 91 grandes empresas industriales –que eran en realidad entre 500 y 800–, olvidando explícitamente todas las grandes empresas de construcción y de distribución. En el campo, a lo largo de 1971, se limitó a la expropiación de un poco más de 1.000 fundos, que aumentaron más tarde a 1.300, pero solo fueron fundos que tenían una superficie superior a 80 hectáreas de riego básico, y sobre las cuales los latifundistas tenían un derecho a reserva de 40 hectáreas, que podían ser escogidas entre las mejores tierras. Por otra parte, esto les permitió olvidar explícitamente las grandes empresas agrícolas, cuya extensión era entre 40 y 80 hectáreas, que producían en 1973 cerca del 50 por ciento de toda la producción agrícola de Chile. De 4.500 que había en 1970, subieron a 9.000 en 1973.

Sobre el plano político, su proyecto de colaboración de clases se expresó no solo en su subordinación a la institucionalidad burguesa sino también a la legalidad en los momentos en que la clase dominante controlaba poderosas instituciones del aparato del Estado: el Parlamento, el poder Judicial, la Contraloría, la mayoría de los cuerpos de oficiales de las Fuerzas Armadas, etcétera, a partir de las cuales, en los hechos, gobernó a Chile. Todas estas concesiones y vacilaciones no fueron gratuitas ni indiferentes al movimiento de masas, única fuente posible de fuerza real del gobierno.

Todas estas concesiones –olvidar las grandes empresas, prometer a los norteamericanos el pago de la deuda externa, legitimar a la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas, etcétera– fortificaron a la clase dominante que, apoyada por el bloqueo del crédito norteamericano, logró mantener en sus manos –gracias a estas concesiones– enormes cantidades de poder y de riqueza, que no dudó en descargar con furor empresarial sobre el gobierno, la clase obrera y el pueblo; saboteando la producción a partir de las empresas que conservaba en sus manos, acaparando, especulando, creando el mercado negro y favoreciendo la inflación, acentuando la presión militar, etcétera.

Además, todas estas concesiones fueron hechas hiriendo y golpeando los intereses de los sectores populares. Mientras, dejaba intactas las grandes empresas industriales, agrícolas, de construcción, de distribución, etcétera, cerraba el paso a la lucha de los trabajadores; no apoyando las movilizaciones directas de la clase obrera, combatiéndolas e incluso haciendo acciones represivas contra ella; atacando todo trabajo político en el seno de las Fuerzas Armadas. A la vez que esto fragmentó a la izquierda, dividió y confundió a los trabajadores que veían al gobierno como un instrumento para sus luchas.

En el terreno político, el reformismo favoreció a la vía parlamentaria y los ensayos frustrados de alianza con el Partido Demócrata Cristiano. Además, cada vez que esta alianza se frustraba, el reformismo no se apoyaba en las masas, sino que se refugiaba en el aparato del Estado constituyendo gabinetes cívico-militares, aumentando así, al interior del Estado, el peso de la institucionalidad y, en particular, de la alta oficialidad reaccionaria de las Fuerzas Armadas.

Pero, empecinado en sus vacilaciones, el reformismo debió ceder frente a las presiones del movimiento de masas. Su amplia base de apoyo popular, el carácter masivo y decidido de las movilizaciones directas del pueblo, obligaron al gobierno a poner bajo su control más de 300 grandes empresas, derribaron la fortaleza de la burguesía agraria con las tomas de fundos de 40 a 60 hectáreas, y motivaron la ocupación de numerosas empresas de construcción, de viñas y de algunas firmas distribuidoras. Pero estas concesiones del reformismo a los trabajadores, que primero fueron combatidas y luego reprimidas –expulsión de campesinos de los fundos, desalojos de obreros de las fábricas, etcétera–, fueron limitadas y desordenadas. De esta manera, el gobierno primero cedió frente a la presión del movimiento de masas, para luego negarle su apoyo y abandonarlo, lo que fragmentó, dispersó y confundió a las masas.

A pesar de todo, la legitimación del gobierno de estas conquistas del movimiento de masas despertó la cólera de la clase dominante. Fue así como el gobierno se sometió al orden burgués; y buscando sellar una alianza con una fracción burguesa hizo todo tipo de concesiones a la institucionalidad y a la clase dominante, e hirió de esta manera los intereses de la clase obrera y el pueblo, al crear en él la confusión.

La clase dominante jamás perdió de vista el carácter revolucionario y anticapitalista que asumió el movimiento de masas. Arremetió contra el gobierno desde el principio a pesar de las promesas y limitaciones que el proyecto reformista les ofrecía.

De esta manera, el gobierno de la Unidad Popular no tuvo la fuerza que le habría dado una alianza con una fracción burguesa, reforzó a la clase dominante y debilitó y dispersó su verdadera fuente de poder: el movimiento de masas.

Estos problemas se vieron multiplicados después de la tentativa fracasada del golpe de Estado del 29 de junio, y la amenaza subsecuente del nuevo golpe. El gobierno no tomó medidas contra los verdaderos conspiradores, no cambió a los oficiales superiores, solo detuvo a quienes estaban directamente implicados.

El movimiento de masas, dirigido por la clase obrera, desarrolló altos niveles de organización y conciencia. Ocupó cientos de fábricas, se organizó en cordones industriales –semejantes a los consejos obreros– y en comandos comunales, que reagrupaban a obreros, campesinos, pobladores y estudiantes; logrando, incluso, desarrollar masivamente formas materiales y orgánicas de autodefensa.

La clase dominante utilizó una doble táctica: por una parte, reforzó su ofensiva a través del paro de los camioneros, de atentados, de acusaciones a los ministros en el Parlamento, del bloqueo de la Contraloría y de las declaraciones de los presidentes del Senado y la cámara de Diputados; y por la otra, permitió que una minoría del PDC –bien intencionada, pero sin fuerza– abriera un diálogo con el gobierno, exigiéndole primero concesiones, luego un consenso, más tarde la capitulación y finalmente la renuncia.

Bajo la ilusión de este diálogo, el gobierno comenzó su capitulación, comprometiendo así su suerte en el curso de la semana: constituyó el gabinete del diálogo, enseguida un gabinete cívico-militar. Golpeó al movimiento obrero, devolviendo a los patrones decenas de industrias que habían sido tomadas recientemente por los trabajadores. Combatió el poder popular –los cordones y los comandos–, dio curso a acciones represivas, aquí y allá, desalojando a los obreros de las industrias ocupadas, deteniendo en las calles a los obreros de algunos cordones y poblaciones. Combatió furiosamente a la izquierda revolucionaria, acusándola de subversiva y permitió decenas de allanamientos militares en fábricas y fundos en búsqueda de armas. En algunos de estos allanamientos se torturó salvajemente a obreros y campesinos, como fue el caso de Nehuentúe, en la provincia de Cautín, y en la Industria Sumar en Santiago. Se tomaron medidas legales contra los marineros de La Escuadra que preparaban medidas de autodefensa en caso de un golpe militar, con lo que el gobierno apoyó las torturas brutales que los oficiales de la Marina ejercieron sobre los marineros, permitiendo, a su vez, la persecución legal del procurador de la Marina contra los secretarios generales del PS, del MIR y del MAPU.

Con estas acciones, el gobierno reforzó la ofensiva de la clase dominante y de la alta oficialidad reaccionaria; frustró, confundió y desarticuló la tropa antigolpista de las Fuerzas Armadas y dividió a la izquierda, abriendo el camino al golpe de Estado.

Aquí está la responsabilidad de la política reformista. Y éste es un hecho que muchos han tratado de esconder o de oscurecer. Muchos de estos cuadros y militantes reformistas, afrontaron más tarde heroicamente a la dictadura; otros se asilaron y el resto hoy está en Chile, haciendo frente a la represión gorila.

Durante los tres últimos años, nosotros hemos alertado a los trabajadores y a la izquierda de la catástrofe hacia la cual la política reformista los arrastraba; y hemos hecho, frente a las masas y como partido, todo lo que nosotros podíamos hacer para evitarla.

Las masas no fueron «ultraizquierdistas» cuando multiplicaron sus movilizaciones en defensa de sus intereses. Continuaron su marcha –después de llevar a la Unidad Popular al gobierno– por el único camino que la historia les ofrecía. No fueron las masas las que impidieron la alianza entre la Unidad Popular y la Democracia Cristiana, sino la lucha de clases en un país subdesarrollado y dependiente como Chile.

La clase obrera y el pueblo solo pueden constituirse en fuerza social –como lo fueron al llevar a la Unidad Popular al gobierno– en la medida en que como clase realicen sus intereses. Y esto, objetivamente, en Chile capitalista, no puede ni podrá obtenerse sino atacando los intereses de clase dominante, una de cuyas fracciones –con el PDC como representante político– lo comprendió también.

La clase dominante asumió desde el comienzo la defensa del sistema capitalista, la lucha contra los avances de los trabajadores y la destrucción de lo que ellos habían creado: el gobierno de la Unidad Popular.

Las masas no se equivocaron avanzando, como la historia no se equivoca. Ni el PDC –partido burgués– fue alejado por la extrema izquierda. Lo que arrastró a Chile hacia la catástrofe gorila que vivimos hoy día, fue la política reformista, que sistemáticamente golpeó, frustró y finalmente destruyó la fuerza social que la había llevado al gobierno y su fuente fundamental de fuerza, la clase obrera y el pueblo.

Nosotros no hemos sido «impacientes» ni «ultraizquierdistas». Nosotros dirigimos, en la medida de nuestras fuerzas, la marcha histórica de los trabajadores contra la clase dominante y el sistema capitalista, en las fábricas, en los fundos, en los liceos y universidades, y en los cuarteles. Pero no fuimos capaces de arrebatarle al reformismo la conducción del movimiento de masas. Ésa fue nuestra debilidad y nuestra falla, ninguna otra.

Hoy día nos quedamos en Chile para reorganizar el movimiento de masas, buscando la unidad de toda la izquierda y de todos los sectores dispuestos a combatir la dictadura gorila, preparando una larga guerra revolucionaria, a través de la cual la dictadura gorila será derrotada, para luego conquistar el poder para los trabajadores e instaurar un gobierno de obreros y campesinos.

¿Estas acusaciones significan la voluntad, el deseo de aislar al MIR del resto de la izquierda?

Miguel Enríquez: No es ésta la polémica central hoy en Chile. Nuestro objetivo es obtener la unidad de toda la izquierda. Pero lo que ha ocurrido en Chile es una lección para todos los pueblos del mundo. Raras veces el desastre provocado por la política reformista ha sido tan evidente. Los ataques que algunos personajes y partidos europeos nos lanzan, nos obligan a responder y hacer que la verdad se imponga por encima de la desfiguración de los hechos.

¿Cuál es la posición del MIR en cuanto al acercamiento, a nivel de direcciones, con el PS, el PC, el MAPU, la IC, etcétera…?

Miguel Enríquez: Creo que ya lo hemos explicado. Fundamentalmente, el sentido de estas acusaciones es ocultar la responsabilidad histórica del reformismo, borrar su derrota en Chile y tratar de aplicar, de nuevo, su política en otras partes. Nosotros respondemos aclarando la realidad de los hechos, ya que tergiversando lo que ha ocurrido, impiden a los pueblos del mundo la posibilidad de extraer las lecciones que la experiencia chilena ofrece, para evitar los errores cometidos en Chile.

No es el socialismo ni la política revolucionaria lo que ha fracasado en Chile, sino una débil e ilusoria tentativa reformista.

Es necesario que el reformismo asuma su responsabilidad histórica y no busque más disculpas entre los revolucionarios. Al mismo tiempo, la experiencia y condiciones exigen hoy en Chile la unidad de todas las fuerzas de izquierda y de todos los sectores dispuestos a luchar contra la dictadura, en el seno de un frente político de la resistencia.

Estamos en contacto con todas las fuerzas de izquierda y otras en Chile. El paso que hemos dado al lanzar al exterior un llamado conjunto a toda la izquierda es un avance importante en la unidad de todas estas fuerzas y ha sido bastante útil aquí en Chile.

¿Cuál es la posición del MIR frente a la alianza táctica con todos los demócratas –alianza denominada «frente amplio»–, en tanto que significa un peligro inminente de una restauración del sistema burgués?

Miguel Enríquez: Nosotros impulsamos la unidad de todas las fuerzas dispuestas, en la práctica, a luchar contra la dictadura, en el seno de un frente político de la resistencia, como ya hemos mencionado. En este frente, nosotros creemos que deben entrar todas las organizaciones de izquierda de la ex-UP, nosotros, y también una parte del PDC, la «progresista» o «pequeñoburguesa democrática» que antes y después del golpe, se pronunció abiertamente contra él.

La base fundamental de la lucha contra la dictadura será la clase obrera y el pueblo. Como consecuencia de su experiencia reciente, una experiencia trágica de dictadura burguesa, según la forma de democracia representativa, es muy difícil creer que los trabajadores la acepten otra vez.

El otro sector del PDC, llamado «democrático» por algunos, fue dirigido por Frei, y apoyó sin condiciones las agresiones de la clase dominante contra los trabajadores y el gobierno, incitó y preparó las condiciones del golpe militar. Hay que recordar las declaraciones de Frei exigiendo los allanamientos para buscar armas, la declaración del Congreso sobre la ilegitimidad del gobierno, etcétera.

Reconoció y aplaudió el golpe militar, inmediatamente después y también con posterioridad. Asimismo, participa en la dictadura gorila, aportando técnicos, un ministro y algunos subsecretarios de Estado. A pesar de que, a través de la prensa y algunos grupos de presión, reclama con timidez la moderación de la Junta en su política represiva y económica. Lo hace con cuidado a fin de acumular fuerza en su lucha contra la fracción burguesa hegemónica, para participar en la mayor medida posible de la riqueza y el poder que el Estado controla en Chile, como es la renta del cobre, las exenciones fiscales, créditos del Estado, etcétera…

Trata, como los anteriores movimientos populistas, de colocar detrás de él al grueso de la población golpeada por la política de la Junta, buscando sumar también el apoyo popular del reformismo, para caerle encima cuando haya tomado el poder.

Con ese sector ni la clase obrera, ni el pueblo, ni los revolucionarios pueden hacer una alianza que decapite su programa y sus métodos de lucha, pero sí pueden aprovechar las grietas abiertas por la lucha interburguesa intensificada.

En caso de que haya un vacío de nivel directivo en el PC y el PS, ¿cómo analiza el MIR el acercamiento revolucionario a las bases y cómo piensa asumir la dirección del movimiento revolucionario?

Miguel Enríquez: La conducción de la lucha contra la dictadura gorila no se gana por decreto o por declaraciones. Ella será conquistada en la lucha misma. La lucha contra la dictadura gorila no es, fundamentalmente, una lucha de partidos políticos contra la dictadura, es la lucha de la clase obrera y de todo el pueblo contra un sector del cuerpo de oficiales de las Fuerzas Armadas. Es por esto que, a fin de organizar a todos los sectores del pueblo dispuestos a combatir la dictadura, sean o no militantes de partido, impulsamos en la base –y con cierto éxito– la constitución de un movimiento de resistencia popular contra la dictadura gorila, mediante la formación de comités en cada fábrica, fundo, población, liceo, universidad, repartición pública, etcétera.

¿Cómo concilia tácticamente el acercamiento con los sectores democráticos y el desarrollo de la lucha armada en el Sur? ¿Cuál es el grado de organización del movimiento armado en este momento? ¿En qué plazo piensa que se puede desarrollar paralelamente la reorganización de los sindicatos y de los frentes de masas?

Miguel Enríquez: Solo serán parte de la resistencia, evidentemente, los sectores dispuestos a impulsar o apoyar en la práctica la lucha en todos los terrenos contra la dictadura. En consecuencia, los problemas de conciliación de tácticas no deberían ser fundamentales. La reorganización del movimiento de masas se desarrolla progresivamente desde hace algunos meses. Lo que dirigirá la lucha armada en Chile será fundamentalmente aquello que evite el aislamiento de las vanguardias de las masas, aquello que incorpore progresivamente a la clase obrera y al pueblo a formas de lucha armada. A partir del movimiento de resistencia popular, surgirá el Ejército Revolucionario del Pueblo, única fuerza capaz de enfrentar al Ejército gorila y derrocar la dictadura.

¿El fracaso del proceso chileno podría ser, a su juicio, el fin de los partidos tradicionales?

Miguel Enríquez: El fracaso en Chile de un proyecto reformista debería tener como consecuencia, al menos en nuestro país, el fin del predominio de las ilusiones reformistas en el seno de la clase obrera y el pueblo. Pero el reformismo, como proyecto político, no desaparece como consecuencia de una derrota. Será la experiencia adquirida por los trabajadores y los militantes de izquierda –y la que venga de la lucha misma– orientada por una táctica y una estrategia revolucionarias, la que deberá desterrar al reformismo de la conducción de las masas.

¿Un nuevo sistema de comunicaciones podría poner fin al aislamiento de la izquierda chilena y permitiría crear un frente común contra el imperialismo?

Miguel Enríquez: Pienso que, desde el punto de vista de su aislamiento del resto del mundo, es la dictadura gorila la que está más aislada. La clase obrera, el pueblo y la izquierda chilena han recibido y reciben un apoyo enorme de los países socialistas, de Cuba revolucionaria y de los sectores revolucionarios y progresistas del mundo.

Los revolucionarios del Cono Sur de América Latina han constituido una Junta coordinadora entre el ERP de Argentina, el MLN-Tupamaros de Uruguay, el ELN de Bolivia y el MIR de Chile, que no solamente quiebra todo aislamiento posible, sino que significa un enorme progreso para la lucha revolucionaria. En todo caso, cualquier iniciativa que contribuya a unir y a reforzar la lucha contra el imperialismo y por la revolución, será siempre considerada como positiva por nosotros.

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