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El intolerable racismo de las sociedades desarrolladas

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Ello dificulta sentir odio intenso contra el terrorismo cuando este, cobardemente también, depreda ciudades de países altamente industrializados e invasores, los cuales han olvidado que las monedas tienen dos caras.

Arturo Alejandro Muñoz

EL DOMINGO 7 de Enero del 2010, se publicó en la prensa norteamericana una información sobre Tommy Hilfiger. A pesar de la globalización y de la rapidez en las comunicaciones, seguimos estando atrasados, si usted amigo lector no opina de la misma manera, analice entonces la siguiente nota:

La famosa entrevistadora negra de la TV norteamericana, Oprah Winfrey, en uno de sus programas más recientes entrevistó a Tommy Hilfiger, el diseñador de la ropa que lleva su nombre.

En el show, Oprah le pregunta si de verdad él había hecho el siguiente comentario:

“Si yo hubiera sabido que los negros americanos, los latinos colombianos, venezolanos, cubanos, mexicanos y los asiáticos comprarían mi ropa, no la hubiese diseñado tan buena. Desearía que ese tipo gente no comprara mi ropa, pues esta hecha para gente caucásica, de clase alta… y desearía dársela mejor a los cerdos”

Ante la pregunta de Winfrey de si realmente él había hecho tan cruda afirmación, Hilfiger respondió con un simple y escueto SÍ. Inmediatamente, Oprah le exigió que abandonara su show.

Pero el racismo -en este caso, anti latinoamericano- provenía de mucho antes:

“Algún día, después de ganada esta guerra, iremos a Sudamérica para apretar el cuello a esos países de estiércol que se dejan manejar por la judería que hierve en los Estados Unidos e Inglaterra regalándoles servilmente sus recursos naturales, sus futuros y hasta sus vidas” (Adolf Hitler, en la ‘Guarida del Lobo’, “Hitler, Anatomía de un dictador; conversaciones de sobremesa”, de Henry Picker)

Y la ‘judería’ a la que aludió Hitler, años más tarde, echaba nuevos y podridos duraznos al ponche racista…

“El gobierno francés no va a preocuparse en demasía por un montón de mugrosos latinoamericanos que pululan en calidad de mendicantes por las calles de París” (la ‘judeo-británica’ Claire Michelow en transmisión despachada para la TV israelita desde París el año 1968, con ocasión de “la revolución de las flores’).

No  se requiere de una profunda investigación sociológica para entender que el racismo deriva, generalmente, de una posición económica y tecnológicamente superior en relación a otros territorios ocupados por una raza distinta. Pese a que muchos expertos en estas materias han asegurado que tales diferencias, de existir, serían mínimas en el contexto de la larga sábana de la Historia, algunos gobernantes de las naciones supuestamente “desarrolladas y más cultas” –apoyados por poderosos comerciantes y empresarios – han insistido en marcar diferencias raciales, culturales y bélicas con las naciones menos favorecidas en esos mismos temas.

Es así  entonces que del racismo implícitamente reconocido se pasa a lo explícito, y de ahí, sin titubeos, a las invasiones, dominaciones, saqueos, genocidios, robos y apropiaciones, sin interesar al dominador el tipo de arma, elemento o tecnología que debe utilizar para lograr sus objetivos criminales.               

Por ello, de las grandes potencias (económicas, tecnológicas y bélicas) uno puede y debe esperar cualquier cosa, inclusive aberraciones que pudiesen ser inimaginables para la mayoría de la humanidad.

Nunca he olvidado el comentario de un querido profesor de mi liceo curicano allá por el año 1960, quien aseguraba sin hesitar siquiera que “toda potencia llega a ese estado de desarrollo y de fuerza mediante la apropiación violenta de territorios que no le pertenecen, del genocidio y del robo en descampado, impune y feroz”. ¿Era una exageración? Estoy, ahora, segurísimo que aquel comentario correspondía y sigue correspondiendo a la cruda realidad.

Para no viajar centurias en la Historia, remontémonos sólo a lo acaecido en el pasado siglo veinte. Para ello, basta que recordemos al imperio británico apropiándose de la India, China y vastos territorios en África, utilizando la fuerza bélica para aherrojar a los  tranquilos, simples y laboriosos habitantes de esas zonas.

Recordemos a Estados Unidos (que dejó caer dos bombas atómicas en un mismo país: Japón) invadiendo el sudeste asiático, Panamá, Aruba, República Dominicana, Afganistán, Irak…y apoyando a su socio principal –Israel- en la ocupación violenta, racista y genocida, de territorios árabes en Gaza y Líbano, amparando el asesinato masivo de cientos de indefensas familias palestinas  en los campamentos  Sabra y Chatila.

La ex Unión Soviética invadiendo Rumania, Polonia, Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría y parte de Alemania, para imponer –por la fuerza de sus armas- una situación política que en absoluto representaba el sentir de los habitantes de esos países.

Y no olvidemos al régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler en Alemania (1933-1945), el que luego intentó imponer en una decena de países invadidos por la Wermacht poniendo en práctica el sistema más horroroso del que se tenga registro en el siglo pasado…aunque hoy está siendo replicado, en una u otra medida, por el Estado de Israel en los territorios que el ejército sionista invade y ocupa a sangre y fuego con el decidido e interesado apoyo de los gobiernos de EEUU, Francia e Inglaterra.

¿Será necesario llamar la atención, en estos asuntos, respecto de los genocidios y del racismo inclemente llevado a efecto por las “cultas y muy cristianas potencias europeas” en África? Para confirmarlo ahí está la Historia de Sudáfrica, la de Congo, Bechuanalandia, Ghana, Abisinia, Angola, Argel, Confederación Malí, Zaire, etc., cual más cual menos, bañada por la sangre de sus habitantes luego de las masacres que los “cristianos” europeos desataron allí –durante siglos- en busca de esclavos, petróleo, diamantes, caucho, oro, cobre, plutonio, frutas, tierras y poder absoluto en beneficio de una raza ‘superior’.

En suma, de las grandes potencias (sin importar su credo político) yo también espero cualquier horror, aberración, crimen y despropósito…cometidos, claro está,  contra  países y naciones menos adelantadas bélica y económicamente, pero que pueden significarle a la potencia invasora la apropiación de importantes recursos naturales gratuitamente.

Y si esa nación menos poderosa tiene –ante el mundo- una buena imagen de paz interior, avance económico y mejoras tecnológicas, no me caben muchas dudas que entonces la gran potencia, para agenciarse lo que de esa nación desea, implementará “nuevas fórmulas” a objeto de asegurarse la requisición (por la vía ‘legal’) de los recursos impetrados.

Por ello, todo es posible…aunque en los fríos hechos sea muy difícil (todavía) demostrarlo. Pero no debemos olvidar lo que ese querido profesor decía en los años ’60: las potencias llegan a ser potencias y a mantenerse como tales mediante la MALDAD desplegada contra las naciones no poderosas.

Y esa maldad en su inicio tiene dos puntas: la ambición económica y el racismo, puntas que por supuesto logran atarse conformando un nudo aberrante. Lo que manifestó con absoluto desparpajo el sujeto llamado Tommy Hilfiger ante las cámaras de televisión en el programa de Oprah Winfrey, refleja y resume el verdadero hálito que inunda el ‘alma blanca’ de la nación que hoy es –todavía- primera potencia mundial, pero amenazada por la ambición económica y también racista de otra poderosa república que viene creciendo a pasos agigantados y dispuesta a barrer con quienes se opongan a su dominio: China.

El comentario con el cual deseo cerrar este apurado artículo seguramente provocará  el disenso de algunos lectores, pero me permito hacerlo ya que el desarrollo de la Historia de la Humanidad pareciera protocolizar –infortunadamente- la veracidad de mi opinión (subjetiva, aun). Las próximas guerras que experimentará nuestro planeta tendrán como motivos el agua dulce y el racismo.   

Una de esas causas es nueva (el agua), y la otra es tan antigua como la humanidad misma, pero ambas conforman el nudo aberrante del que hablamos líneas arriba, agregando a ello que el racismo es el elemento disociador por excelencia, pues impide la solidaridad, los acuerdos y la templanza en el gobierno de las propias necesidades.  
 
Y como en todo orden de cosas, es también una moneda con dos caras…eso no hay que olvidarlo.

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