¡LA SECTA NEOLIBERAL!
¿O ESTÁS CONMIGO… O ESTÁS CONTRA MÍ?
En Chile no se gobierna: se comulga.
Antes de hablar, el político se lava la boca; antes de prometer, se persigna; antes de cambiar algo, pregunta en voz baja: ¿y qué dirán los mercados? ¡Amén!
Da lo mismo si viene vestido de rojo pálido o de azul corporativo. La pseudoizquierda y la derecha rezan el mismo credo, solo que unos lo hacen con culpa y otros con orgullo. Pero todos, sin excepción, obedecen al mismo dios: el neoliberalismo todopoderoso, invisible y muy bien financiado.
Este dios no camina sobre el agua, camina sobre las personas.
No multiplica los panes, multiplica la deuda.
No promete el cielo, promete crecimiento… algún día… para alguien… ¡quizás!
¿Pensiones miserables? Es el mercado, hermano.
¿Salud como negocio? Es eficiencia, hermana.
¿Educación endeudada? Es libertad de elegir… endeudarte.
Y si preguntas por qué siempre pierden los mismos, te miran raro, como si hubieras dudado del dogma. ¡Cuidado! Dudar es herejía.
Aquí el poder no grita: susurra.
No ordena: sugiere.
No reprime: enseña a obedecer.
El político aprende rápido qué no decir, hasta dónde llegar, a quién no molestar. Se vuelve un monaguillo del sistema: repite el libreto, sonríe en la TV y promete cambios que no cambian nada.
La oligarquía no necesita gobernar: ya gobierna.
El imperialismo no necesita invadir: ya está invitado.
Y la democracia… bueno, la democracia administra el ritual.
¿Quieres cambiar el modelo? Irresponsable.
¿Tocar los privilegios? Populista.
¿Poner la vida por delante del negocio? Radical peligroso.
Porque en esta secta la consigna es clara y se repite como mantra:
¡O estás conmigo, o estás contra mí!
O aceptas lo “posible”, o quedas fuera.
O obedeces, o te llaman “poco serio”.
La gran estafa no es solo económica: es emocional. Nos enseñaron a bajar la voz, a achicar los sueños, a agradecer migajas como si fueran banquetes. Llamaron “realismo” a la rendición y “madurez” a la cobardía.
Pero ojo…
Las sectas viven de la fe.
Y cuando la fe se quiebra, el altar se vacía.
Y cuando el altar se vacía… el miedo cambia de bando.
No es sorpresa. No es accidente. No es “voluntad popular” flotando en el aire como espíritu santo republicano.
Es el orden ganando, otra vez, vestido de democracia, hablando de futuro mientras administra el pasado.
Gana el neoliberalismo cuando gana la derecha.
Y también gana cuando “pierde” la derecha.
Porque el verdadero vencedor no es un candidato, sino el marco: el cerco invisible donde todo cambia para que nada cambie.
Unos celebran el triunfo del mercado con copa en alto.
Otros celebran haberlo “humanizado”, con culpa bien gestionada y lenguaje inclusivo.
Resultado: el mismo modelo, con distinto tono de voz.
El empresariado duerme tranquilo.
Las forestales no empacan.
Los bancos no rezan.
Las AFP no tiemblan.
Solo el pueblo vuelve a madrugar el lunes siguiente, con el voto aún caliente y el bolsillo frío.
La campaña habló de esperanza, de orden, de crecimiento, de responsabilidad.
Nunca habló de poder.
Nunca habló de quién manda cuando se apagan las cámaras.
Nunca habló de por qué, gane quien gane, el pueblo siempre pierde por puntos.
Aquí está el gran truco:
nos venden la elección como una final épica,
cuando en realidad es un amistoso entre socios,
arbitrado por el mercado
y transmitido por los mismos medios de siempre.
Así, el 14 de diciembre no gana un sector:
gana el consenso neoliberal.
Gana la idea de que no hay alternativa.
Gana el “no se puede”.
Gana el realismo dócil, ese que se disfraza de madurez política.
Y el pueblo… bueno, el pueblo participa, opina, vota, discute en redes,
y vuelve a casa con la vaga sensación de haber sido parte de algo importante,
mientras le explican —otra vez— que hay que esperar, tener paciencia, ser responsable.
Porque en esta democracia ejemplar,
ganan todos arriba
y pierde siempre abajo.
Pero tranquilos:
mañana nos dirán que fue una gran fiesta cívica.
Y eso, al parecer, también cuenta como victoria.












Y precisamente lo primero que destacaron los medios fue la reacción de los mercados después del»triunfo» de Kast. Los más contentos son los pobres que votaron por Kast , porque ya no les van a expropiar el fundo.