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Contra el moralismo geopolítico futbolero

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Los comentaristas anglosajones perdieron la cabeza, mezclando las quejas por el «VAR-gentina» con la indignación por la cordial relación de Milei con Trump y Netanyahu. No hay que dejarse llevar por el moralismo, porque Argentina merece que la alentemos.

Imagen: Lionel Messi celebra el segundo gol del equipo durante el partido de semifinales del Mundial contra Inglaterra, el 15 de julio de 2026. (Shaun Botterill / Getty Images)

El Mundial es una ocasión para la alegría, el asombro y el descubrimiento: del entusiasmo de los hinchas, del talento de selecciones poco conocidas, de las nuevas proezas que desplegarán los favoritos de siempre. Pero también, según parece, una ocasión para que muchos redescubran las tentaciones de la demonización fácil y las generalizaciones políticas simplistas. Nos entusiasma ver a nuestra selección argentina mostrar una vez más por qué el fútbol es el deporte más bello, aunque acompañada de las polémicas de los sospechosos de siempre, como la prensa tory británica o nuestros rivales tradicionales de Brasil.

Sin embargo, resulta sorprendente ver cómo los medios progresistas de todo el mundo anglosajón retoman los planteos más ridículos e infundados sobre nuestro país en su conjunto. Todos esos artículos perezosos con títulos que juegan con cierta producción de Andrew Lloyd Webber son, sin duda, una señal. Los comentaristas anglosajones perdieron la cabeza, mezclando las amargas conspiraciones sobre el «VAR-gentina» con planteos simplificados sobre la raza y con la indignación (en este caso, la única justificada) por la relación servil del presidente argentino Javier Milei con Donald Trump y con Bibi Netanyahu.

Apretando los dientes y soportándolo, en esta vigilia previa a la final nos animamos a decir un par de cosas. Ante todo, permítanse disfrutar del partido, dejen que su belleza los invada, alienten a quien quieran. Vuelvan a ver una y otra vez, hasta quedarse dormidos, el gol de Sidny Lopes Cabral, de Cabo Verde, contra Argentina; busquen nuevos ángulos para descubrir otro toque de genialidad en la obra maestra colectiva que terminó en el cabezazo de Lautaro Martínez contra Inglaterra; disfruten del remo naíf de los noruegos, del talento prodigioso de Kylian Mbappé, de la elegancia de Mo Salah. Cierren los ojos e imaginen las aventuras de los muchos jugadores nacidos en barrios humildes que hoy desfilan como semidioses griegos. Pero no caigan en el moralismo, en el aplanamiento de los rasgos de naciones enteras, en la tentación de darle lecciones a hinchadas enteras.

Hay tres cosas que la gente debería saber sobre el fútbol antes de escribir sobre fútbol. Una es cómo juegan los equipos. Argentina jugó un Mundial irregular, pero también mostró algunas de sus mejores cualidades. Aunque más lenta que en 2022, sigue siendo un equipo bastante ofensivo, con un mediocampo sólido y laterales dinámicos que ayudan en el ataque. Genera espacios con una amplia variedad de estrategias, quebrando a rivales que levantado murallas de nueve jugadores, con Messi jugando desde el mediocampo hacia adelante, por izquierda y por derecha, y con delanteros que respondieron cuando hizo falta. Mostró fortaleza mental y física. Es un estilo que despierta admiración, respeto y temor entre prácticamente todos los que miran fútbol más de una vez cada cuatro años.

Otro aspecto a considerar son las comunidades que se crean en torno al fútbol y el sentido que le damos a esas comunidades, durante el Mundial y a lo largo de nuestras vidas. Dentro de las restricciones de la sociedad capitalista en la que existe, el fútbol es un espacio bastante horizontal de camaradería. Jugamos, celebramos y miramos fútbol, y después discutimos sin fin sobre cómo jugamos, celebramos y miramos. A pesar de las fuerzas opresivas del capital que aplastan al fútbol y a la vida social en general, el fútbol es, en muchos sentidos, un espacio desmercantilizado, sin ganancias ulteriores más allá de los logros simbólicos y el reforzado sentido de pertenencia a una comunidad determinada, ya sea un club de barrio o la selección nacional. Más que nada, el fútbol es un espacio en el que perdemos felizmente el tiempo. No es casual que los lugares donde en Argentina jugamos al fútbol de chicos (y después también) se llamen potreros, los pastizales donde los potrillos crecían en estado salvaje, los terrenos baldíos, intersticios del espacio urbano que sobreviven al poder devorador de las fuerzas del mercado.

Sin embargo, poco de esto llega a quienes, en la derecha y, quizás de manera más sorprendente, también en la izquierda, simplemente desean aplicar los patrones familiares del Norte Global a realidades desconocidas del Sur Global. Ciertas tribunas progresistas que escriben sobre el fútbol argentino se leen como una versión tragicómica de algo que ya hemos visto antes: no se trata de intentar comprender otras realidades, sino de insistir en encajarlas en categorías preestablecidas. De ahí las teorías sobre una supuesta composición racial de la selección argentina, las especulaciones simplistas sobre conexiones políticas y los supuestos verdaderamente notables sobre la capacidad del gobierno argentino o de las élites futbolísticas para coordinar conspiraciones.

Irónicamente, al intentar vincular a los jugadores con las visiones políticas de Milei, este intento de imponer desde arriba una mirada neoliberal y norteña repite el tipo de gesto que ha llevado a muchos a la indiferencia política o incluso a la adhesión momentánea a los movimientos de extrema derecha que respaldan a Trump, Milei y otros líderes globales. Lo que algunos «progresistas» del Norte Global necesitan entender es que la aplicación mecánica de la política identitaria al estilo estadounidense efectivamente enoja a mucha gente que no es de derecha ni racista.

En lugar de someter las fotos de la selección nacional a la regla racista de «una sola gota» para determinar si encajan dentro de nociones específicas de negritud, quienes comentan deberían empezar por considerar cuán profundamente Argentina fue y es moldeada por la negritud. En un artículo polémico y ampliamente malinterpretado publicado en el Washington Post durante el Mundial pasado, la historiadora Erika Edwards lanzó un ataque crítico contra el «mito de la Argentina blanca», subrayando la presencia antigua y continua de poblaciones negras en Argentina y la forma en que su historia difirió tanto del ejemplo estadounidense como de la comprensión popular. Nosotros agregaríamos que la negritud es sumamente polisémica en Argentina, de maneras bastante distintas a las de Estados Unidos. Más precisamente, este espacio del fútbol en la sociedad, vasto, heterogéneo y contradictorio, es etiquetado por distintos grupos como cosa de negros: por los orígenes mestizos de los jugadores, sí, pero también por la manera en que celebran y por cómo la gente celebra con ellos, por la música que les gusta.

Si cinco millones de personas dejan de trabajar y pasan un día siendo improductivamente felices, eso es cosa de negros. Si los futbolistas exhiben los hábitos y la jerga de su origen social modesto, entonces son negros; pero si en cambio tienen acceso a autos y ropa lujosos y los exhiben con orgullo, entonces son todavía más negros. Si la negritud se define por el peso opresivo de la mirada blanca, lo que hacemos en torno al fútbol es la negritud en su mejor expresión.

Las desigualdades raciales en nuestro país no encajan, ni podrían encajar jamás, en el patrón estadounidense. Verlas como versiones menores de las de Estados Unidos encaja exactamente en la definición de lo «imperial», en la práctica de «gobernar sobre» una multiplicidad de culturas por lo demás dispares. Este «gobernar sobre» desestima las particularidades, ignora formas de ver ajenas y, en general, espera que toda esa diversidad se subordine a esta mirada dominante y monolítica. Esto no es un rasgo exclusivo de los ideólogos de derecha; lamentablemente, se extiende también a algunos de quienes en otros contextos denunciarían al imperio. Esta mentalidad pasa completamente por alto dos hechos históricos: Argentina nunca fue una potencia colonial ni una economía basada en la esclavitud. Lo mismo se aplica a las críticas hacia nuestros jugadores por exhibir una bandera que reclama la soberanía argentina sobre las islas Malvinas.

Un último punto es qué hacemos con tanta alegría. Un domingo pasado en el potrero es felicidad. Una celebración de Mundial es carnaval, una excepción, encapsulada en sí misma y sin embargo desbordante por todos lados. Y sin embargo, como el propio carnaval, ni por un segundo esta maravillosa distracción oculta las dificultades de la vida cotidiana, algo de lo que incluso Messi habló después del partido contra Inglaterra. La gente celebra a pesar de la opresión, pero eso no cambia ni por un segundo los desafíos heréticos contra las crueldades que las distintas formas de poder ejercen sobre su existencia.

A pesar de tanto dramatismo, no existe una sola prueba que demuestre que una victoria futbolística haya beneficiado alguna vez a quienes están en el poder. La final del Mundial de 1978 en Buenos Aires se jugó a menos de tres kilómetros de un campo de concentración, donde los torturadores celebraron los goles de Argentina. Y también lo hicieron sus víctimas, aferrándose desesperadamente a esos fugaces momentos de felicidad en medio de su pesadilla. Y después, simplemente, siguieron luchando, como también lo hicieron sus compañeros y familiares. Hace falta algo más que un acto militante de ignorancia para desestimar esas experiencias y esos sentimientos como simples formas de falsa conciencia.

Celebramos que el Mundial haya provocado un «caso Argentina». Bien podría terminar contribuyendo a imaginar una salida de esta pesadilla global de derecha: los liberales y los radicales del Norte Global deberían dejar de acosar a quienes luchan por la igualdad de manera diferente, cuyas culturas no están marcadas por los mismos traumas que ellos tienen. Entendemos que su sentido de culpa los ciega de manera significativa —aunque no necesariamente irremediable— frente a la forma en que otras culturas conciben la lucha emancipatoria. Pero deberíamos tener presente que la lucha por la igualdad, en todos los niveles, es una lucha que aspira a crear una comunidad de iguales, no una no-comunidad de grupos e individuos dispersos y obsesionados con la identidad.

Cambiemos de rumbo: hablemos con todos, démosle la bienvenida a las formas rebeldes de encarar las luchas simbólicas —como las que ocurren, en parte, durante el Mundial—, no supongamos que la gente es racista solo por decir que no quiere que le digan cómo hablar o de qué reírse, comprendamos la pluralidad que hay detrás de la causa de la igualdad y hagamos lugar para todos en una coalición amplia, transnacional y pluralista, capaz de privar a los neofascistas de la ventaja que les ofrecen nuestros errores políticos sectarios.

Y alienten a Argentina, si quieren, en honor a la belleza desinteresada que el equipo le ofrece al mundo.

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