El Clarín de Chile
Edison Ortiz
El fútbol ha muerto, aunque su cadáver todavía se mueva y genere miles de millones de dólares en derechos de transmisión. Lo que hoy consumimos bajo el rótulo de «Copa del Mundo» no es más que un gigantesco parque de diversiones para corporaciones, un producto audiovisual ultraprocesado donde el juego es apenas una excusa para vender membresías, refrescos y apuestas en línea. Nos arrebataron la última trinchera de la cultura popular. Lo que antes era un rito de pertenencia colectiva, hoy es un festival VIP blindado contra el hincha común.
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Detrás de la pirotecnia de pantallas LED y estadios climatizados, este mundial ha terminado de consolidar las cinco grandes irregularidades que sepultan definitivamente la justicia deportiva en favor del negocio absoluto.
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1. El fixture de laboratorio y los favoritismos invisibles
Ya no se disimula la manipulación de los calendarios para proteger a las marcas globales y asegurar la permanencia de las grandes estrellas y las selecciones más vendedoras hasta las fases finales. El diseño del fixture, con descansos asimétricos y traslados sospechosamente cómodos para ciertas potencias, hacen parte de ello (es el caso del beneficio sistemático a la Argentina de Messi y otras franquicias comerciales, como ejemplo).
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2. La gentrificación de las tribunas o el hincha expulsado
La tribuna ya no canta; consume. El Mundial actual ha consumado el proceso de elitización más agresivo de la historia del deporte. Con precios de entradas que equivalen a varios sueldos mínimos de cualquier país latinoamericano y paquetes turísticos ridículamente inaccesibles, la FIFA logró su viejo anhelo: extirpar al hincha de verdad, aquel que hereda la pasión y entiende el fútbol como una experiencia comunitaria. En su lugar, los estadios se han llenado de turistas del espectáculo, espectadores de selfi y silencio que solo reaccionan cuando la pantalla gigante les ordena hacer la ola. Se ha esterilizado el ambiente; se ha cambiado la pasión de las clases populares por el consumo silencioso de las clases globales.
3. El secuestro del tiempo: publicidad y el absurdo del descanso anticipado
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La dictadura de las pautas comerciales ha colonizado el reglamento de juego de una manera obscena. La última gran aberración la vemos en el manejo del tiempo de descuento y las interrupciones forzadas. Los partidos se estiran de forma artificial con adiciones absurdas de diez o doce minutos, no para recuperar juego real, sino para abrir ventanas de visualización de anuncios en las transmisiones televisivas. Peor aún es la instalación de sutiles pausas previas al minuto 45 para preparar el «show de medio tiempo«, interrumpiendo el flujo natural del juego para complacer a los patrocinadores. El fútbol ya no dura noventa minutos de corrido; es una serie de micro-eventos publicitarios pausados donde la pelota molesta a la tanda comercial.
4. La impunidad de la corporación FIFA
Detrás de cada decisión organizativa asoma la sombra de una organización que opera por encima de los estados nacionales. La FIFA funciona hoy como un sindicato mafioso transnacional que impone leyes de excepción, exenciones fiscales de privilegio y censura férrea a cualquier voz disidente. La asignación de sedes bajo sospecha de sobornos masivos y el sometimiento de las federaciones locales a los caprichos del poder central de Zurich evidencian que las reglas no aplican para todos. La impunidad con la que se manejan los flujos de dinero y las decisiones arbitrales, ahora sofisticadas a través de una tecnología VAR que interviene con criterios de conveniencia política, demuestra que la justicia en la cancha es una utopía convenientemente archivada.
5. El saqueo de Sudamérica y la profecía de Marcelo Bielsa
El daño más profundo e irreversible de este modelo globalizado recae sobre el fútbol sudamericano. Hace poco, Marcelo Bielsa desnudó con dolorosa lucidez esta realidad en una conferencia de prensa que retumbó como una declaración de principios: el fútbol europeo y la corporación global están destruyendo las raíces del juego. El viejo continente ya no solo nos compra a las figuras consagradas; ahora saquea a nuestros jóvenes antes de que alcancen a debutar en Primera, destruyendo el tejido social de nuestros clubes.
Sudamérica se ha convertido en una simple cantera de materia prima barata para el entretenimiento de las audiencias del hemisferio norte. Al despojar a nuestros clubes de su identidad y de sus talentos, nos quitan el sentido de pertenencia. Como advirtió Bielsa, la globalización del fútbol no busca democratizar el juego, sino estandarizarlo y vaciarlo de su contenido cultural para transformarlo en un producto predecible y consumible por las masas desinteresadas del primer mundo.
Epílogo apocalíptico: el fin del juego de la gente
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Lo que hoy presenciamos es el fin de una era. El fútbol, aquella hermosa y salvaje religión laica que permitía a los postergados del mundo rebelarse, aunque fuera por noventa minutos, contra los poderosos, ha sido domesticado, empaquetado y vendido en cuotas mensuales.
Nos han robado la cancha. Se llevaron el olor a pasto húmedo, la mística del barrio, la picardía del potrero y la hermosa irracionalidad del desahogo colectivo para cambiarlas por una experiencia aséptica de realidad aumentada y cuentas de cobro digitales. El juego ya no nos pertenece; les pertenece a los fondos de inversión, a los jeques y a los burócratas de traje impecable que jamás han sentido el frío de un tablón un domingo de invierno.
El fútbol del pueblo ha muerto a manos del éxito corporativo. Lo que queda es apenas un holograma brillante, un simulacro costoso para entretener a un planeta anestesiado. El último bastión de la pasión popular ha caído, y en su lugar solo queda el silencio sepulcral de un estadio lleno de gente rica mirando sus teléfonos celulares.
Edison Ortiz











